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¿Por qué son hostiles los sindicatos al socialismo?

La huelga de 46.000 trabajadores estadounidenses de General Motors no solo enfrenta a los obreros en una batalla contra una poderosa empresa transnacional sino también contra el sindicato United Auto Workers (UAW). El escándalo de corrupción cada vez más amplio ha confirmado lo que los trabajadores ya habían descifrado tras décadas de traiciones: el UAW se ha transformado en una organización criminal hostil a los intereses de los trabajadores.

La transformación del UAW es parte de un proceso universal. En todo el mundo, los sindicatos, incluidos aquellos como el UAW que fueron fundados por medio de amargas luchas encabezadas por trabajadores de tendencia socialista, ahora protagonizan la aplicación de los dictados de la gerencia.

Una transformación tan profunda solo puede explicarse por medio de un examen histórico de los sindicatos en sí.

Los huelguistas en los asientos de automóvil durante la ocupación de fábrica en la huelga sentada en Flint, Michigan, de 1936-47

Para ayudarles a los trabajadores en la actualidad estamos republicando artículos sobre la historia del United Auto Workers y la evolución de los sindicatos.

Hoy publicamos el texto de una conferencia de David North, presidente del Partido Socialista por la Igualdad en los Estados Unidos y del Consejo Editorial Internacional del World Socialist Web Site. Lo pronunció en la Escuela de Verano sobre el Marxismo y los Problemas Fundamentales del Siglo Veinte en enero de 1998. Desde entonces fue republicada como el sexto capítulo del libro La Revolución rusa y el siglo veinte inconcluso, el cual puede ser adquirido aquí en inglés en Mehring Books.

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Dos cuestiones controvertidas

Por más de un siglo, la historia del movimiento marxista ha tenido que lidiar con dos temas o “interrogantes” políticas que han sido la fuente de controversias excepcionalmente persistentes: la "cuestión nacional” y la cuestión de los sindicatos (“trade unions” en inglés).

¿Por qué persisten tanto? ¿Si existe alguna, cuál es la relación entre ambas? Planteo que podremos encontrar la respuesta si analizamos las condiciones históricas que engendraron al movimiento obrero moderno. El Estado nación burgués, tal como surgió de las luchas revolucionarias y democráticas de los siglos dieciocho y diecinueve, ofreció el impulso económico y el marco político para la evolución de la clase obrera europea y estadounidense. El proceso de consolidación nacional se vinculó, aunque en formas y grados diferentes, a las cuestiones generales democráticas que eran de suma importancia para la clase obrera.

La actitud de la clase obrera hacia la nación tenía un carácter por obligación bastante complejo, contradictorio y ambivalente. Por una parte, el crecimiento del tamaño y fuerza de la clase obrera, además del mejoramiento de su nivel de vida, por lo general se vincularon a la consolidación del Estado nación y a la expansión de su poderío económico e industrial. Por otra parte, la evolución de las luchas económicas y sociales de la clase obrera objetivamente la colocaban en una posición hostil hacia el Estado nación, el cual, a fin de cuentas, protegía los intereses de la burguesía.

La naturaleza contradictoria de la cuestión nacional dentro del movimiento marxista surgió debido a esa complejidad de la relación entre los trabajadores y el Estado nación burgués. En ninguna parte del mundo hemos visto a las masas cruzar el puente entre el nacionalismo y la conciencia socialista internacionalista naturalmente y sin sufrimiento. En la vida de todo ser humano, las experiencias de la juventud influyen fuertemente el resto de su vida. Eso sirve de analogía con la evolución de la conciencia social de clases. La adhesión histórica de la clase obrera al nacionalismo tiene su explicación en las condiciones que la engendraron y en las luchas que tomaron lugar durante sus etapas formativas. La conciencia social siempre va retrasada, o para ser más preciso, no refleja de manera directa e inmediata, y en forma científica, el ser social, el cual es muy complejo y contradictorio. De la misma manera, la influencia del nacionalismo sobre el movimiento obrero no disminuye en proporción directa a —o con la misma velocidad de— la expansión del dominio objetivo de la economía mundial sobre el Estado nación y la naturaleza cada vez más internacional de la lucha de clases.

Además, la tenacidad de la opresión nacional durante el siglo veinte, a pesar de que su causa esencial sea de índole socioeconómica, ha fortalecido las distintas formas de conciencia nacionalista. Sin embargo, más allá del vigor de las influencias nacionales, los marxistas tienen la responsabilidad de basar su programa en el análisis científico de la realidad social, no en la atracción de prejuicios antiguos y conceptos anticuados. Una de las características más comunes del oportunismo es la adaptación del programa político a los prejuicios del momento a cambio de ventajas tácticas y de corto plazo. El oportunismo procede de cálculos prácticos y coyunturales, no de consideraciones basadas en principios y de carácter histórico y científico.

Al negar las consecuencias políticas y económicas de la globalización de la producción sobre el Estado nación, los oportunistas por lo general le atribuyen a esta forma política e históricamente caduca potencialidades progresistas que carece. Insisten, pues, en glorificar la demanda de la autodeterminación nacional a pesar de que ésta se haya convertido en la insignia de todos los movimientos patrióticos reaccionarios en todos los rincones del mundo.

Los marxistas no creen que el Estado nación carezca de relevancia. Sigue siendo un elemento poderoso en la política mundial, a pesar de que, desde el punto de vista del desarrollo e integración internacional de las fuerzas productivas, sea una barrera al progreso humano. Al elaborar sus tácticas, el movimiento socialista no ignora esta realidad política. En la medida en que el Estado nación siga siendo la unidad básica de la organización política y económica de la sociedad burguesa, la cuestión nacional —a la cual más bien podríamos llamar en este momento de la historia como el “problema nacional”— persiste. Pero las tácticas marxistas provienen de una interpretación científica del carácter obsoleto del Estado nación. A través de sus tácticas, el movimiento trotskista trata de poner en práctica la estrategia que le da orientación a la Cuarta Internacional como el Partido Mundial de la Revolución Socialista. Esta insistencia sobre la supremacía de la estrategia internacional es lo que distingue al Comité Internacional de la Cuarta Internacional (CICI) de todos los grupos nacional reformistas y oportunistas

Estas consideraciones de principios tienen la misma urgencia en cuanto a la cuestión de los sindicatos, la cual tiene que ver con el papel de estas formas muy antiguas de organización proletaria en el desarrollo de las luchas revolucionarias de la clase obrera por el socialismo. La aparición del proletariado moderno ocurrió dentro del contexto de la evolución histórica del Estado nación. Las organizaciones del proletariado y sus actividades tomaron forma dentro de los límites establecidos por el Estado nación. Esto fue especialmente cierto para los sindicatos, cuyos adelantos y prosperidad dependieron en gran parte del éxito industrial y comercial de “sus propios” Estados nacionales. Por consiguiente, así como hay causas profundamente objetivas para explicar la actitud ambivalente de la clase obrera hacia el Estado nación, también existen razones objetivas profundas detrás de la ambivalencia, e incluso hostilidad, de los sindicatos hacia el socialismo. El movimiento socialista ha derramado muchas lágrimas sobre este tema durante más de un siglo.

Claro, no era posible anticipar la gravedad de los problemas que obsesionarían las relaciones entre los partidos revolucionarios marxistas y los sindicatos durante los primeros años de la existencia de ambos. La actitud de los marxistas hacia los sindicatos inevitablemente ha reflejado las condiciones y circunstancias de los tiempos. La cuestión de los sindicatos no se nos plantea en 1998 tal como en 1847. Ha pasado mucha historia durante 151 años y el movimiento socialista, que ha tenido suficiente oportunidad para familiarizarse con el sindicalismo, ha aprendido mucho acerca del carácter de los sindicatos. Sin embargo, en las páginas de la prensa radical “izquierdista” no aparece nada de esta sabiduría que se ha acumulado.

A través de gran parte de su historia, el movimiento socialista persiguió fervorosamente una relación con los sindicatos. No obstante, a pesar de mucho cortejo y galanteo, el romance ha dejado mucho que desear. A pesar de muchas declaraciones de afecto e interés, los pretendientes socialistas han sido una y otra vez pateados y apuñalados en la espalda por los objetivos de sus deseos. Aun cuando los socialistas han creado sus propios sindicatos y tratado de darles una formación marxista impecable, los herederos le han pagado con la ingratitud más despiadada. Tan pronto les aparecía la oportunidad, tendieron a rechazar los ideales excelsos de los veteranos socialistas y a satisfacer sus necesidades en los antros capitalistas del placer.

¿Deben someterse los socialistas a la autoridad de los sindicatos?

Nos parece que algo debería haberse aprendido de tantas experiencias malaventuradas. Pero como los vejancones tontos en los cuentos de Boccaccio, los radicales envejecidos y desdentados, aún tienen el afán de hacerse los cornudos. Las organizaciones “izquierdistas” actuales todavía insisten en que el movimiento socialista tiene el deber de atender lealmente todas las necesidades y caprichos de los sindicatos. Insisten en que los socialistas tienen que reconocer que los sindicatos son las organizaciones obreras por excelencia, la forma que mejor representan los intereses de la clase obrera. Arguyen que los sindicatos son la dirigencia auténtica e incontestable de la clase obrera, los árbitros con la última palabra acerca de su destino histórico. Desafiar la autoridad de los sindicatos sobre la clase obrera, poner en tela de juicio de alguna manera el supuesto derecho “natural” de los sindicatos de ser los voceros de la clase obrera, equivale a cometer un sacrilegio político. Según los radicales, es imposible concebir un movimiento obrero genuino que los sindicatos no dominen o dirijan formalmente. Solo se puede emprender efectivamente la lucha de clases basándose en los sindicatos. Y por último, cualquier esperanza que aún haya para que se desarrolle un movimiento socialista de masas depende de “convertir” a por lo menos sección importante de los sindicatos a una perspectiva socialista.

Vayamos al grano: el Comité Internacional rechaza todas estas aseveraciones que el análisis teórico y la experiencia histórica refutan. Según la opinión de nuestros adversarios políticos, nuestra negativa en doblegarnos ante la autoridad de los sindicatos equivale a un agravio contra la majestad. Esto no nos irrita demasiado, porque a través de las décadas nos hemos acostumbrado a oponernos a la opinión pública “izquierdista”, o mejor dicho, pequeñoburguesa. Consideramos su amargura la mejor señal de que el Comité Internacional va por el rumbo debido.

La postura de los radicales se basa en una premisa crucial: que los sindicatos son “organizaciones obreras” puesto que son asociaciones de masas. Por lo tanto, todo el que rechace la autoridad de los sindicatos, por definición, se opone a la clase obrera. El problema con esta teoría es que convierte los sindicatos en abstracciones ahistóricas que carecen de todo significado. No cabe duda de que los sindicatos tienen una gran cantidad de miembros obreros, pero este también es el caso, en los Estados Unidos, del Orden de los Elks, los masones, los Veteranos de Guerras Extranjeras y la Iglesia Católica.

Además, las alusiones a la gran cantidad de obreros que pertenecen a los sindicatos no pueden reemplazar un análisis escrupuloso de la composición social de estas organizaciones, sobretodo de sus capas dirigentes, es decir, de sus burocracias dominantes. No es automático que estas organizaciones representen en realidad los intereses de la clase obrera solo porque tengan a masas de obreros como miembros. Efectivamente, es imperante analizar si es que existe, dentro de los sindicatos mismos, algún conflicto objetivo entre los intereses de la mayoría de los miembros y los de la burocracia dirigente, y hasta qué grado las políticas de los sindicatos reflejan los intereses de esta burocracia y no de los miembros.

Incluso si concediéramos que los sindicatos son “organizaciones obreras”, esta definición añade muy poco a la suma total del conocimiento político. Después de todo, podríamos continuar el juego de definiciones al simplemente preguntarnos: ¿Y qué precisamente se quiere decir con “organización obrera?" No bastaría replicar, “¡Pues una organización de obreros!”. Al tratar de comprender la naturaleza de los sindicatos, la pregunta más acertada sería: “¿Cómo se relacionan estas organizaciones con la lucha de clases en general y la liberación de los trabajadores de la explotación capitalista en particular?”.

Es hora de descartar la terminología vacía y encontrar una definición más profunda con base en un meticuloso análisis histórico del papel que los sindicatos han desempeñado en las luchas de la clase obrera y el movimiento socialista. No se trata solamente de producir ejemplos de crímenes y éxitos según lo que uno esté dispuesto a encontrar. Más bien el propósito de este análisis es descubrir la esencia de este fenómeno social, es decir, cuáles son las leyes subyacentes que se expresan, de manera operacional y práctica, en las acciones y la política de los sindicatos.

¿Por qué los sindicatos traicionan a la clase obrera?

Nuestros adversarios radicales nunca tratan de hacer semejante análisis; por lo tanto, ni siquiera pueden contestar seriamente la pregunta más obvia y elemental: “¿Por qué han fracasado los sindicatos tan miserablemente en defender, para no decir elevar, los niveles de vida de la clase obrera?”. Durante el último cuarto de siglo, la posición social de la clase obrera ha empeorado drásticamente no sólo en Los Estados Unidos, sino en todo el mundo. Los sindicatos han sido incapaces de defender a la clase obrera contra la embestida del capital. Puesto que este fracaso se ha demostrado muchas veces en el ámbito internacional durante las últimas décadas, es inevitable buscar sus causas objetivas —por un lado, en el ambiente socioeconómico en que existen los sindicatos actualmente y, más fundamentalmente aún, en la naturaleza propia de los sindicatos—. Es decir, si asumimos que el ambiente repentinamente se tornó hostil en 1973, ¿qué fue acerca de los sindicatos que los rindió tan vulnerables a este cambio y tan incapaces de adaptarse a las condiciones nuevas?

Consideremos ahora la respuesta de la Spartacist League (Liga Espartaquista) a este problema. En una censura furiosísima contra el Partido Socialista por la Igualdad que publicaron en cuatro ejemplares sucesivos de su periódico y que consta de miles de palabras (entre las cuales los adjetivos y adverbios ofensivos constituyen un porcentaje extraordinario), los espartaquistas niegan rotundamente que existan razones de carácter objetivo para el fracaso de los sindicatos. Más bien todo se explica por “las políticas derrotistas y traidoras de los falsos dirigentes de la AFL-CIO” [Federación Estadounidense del Trabajo-Congreso de Organizaciones Industriales]. Es casi imposible imaginar una explicación más trivial. ¡Un paleontólogo podría declarar igualmente que los dinosaurios se extinguieron porque no tenían ganas de seguir viviendo! Los espartaquistas se rehúsan a explicar por qué los dinosaurios en la dirigencia de la AFL-CIO decidieron seguir una “políticas derrotistas y traidoras”. ¿Acaso son simplemente gente vil? Y si son tan malévolos, ¿cómo es que tantos llegaron a ocupar la dirigencia de los sindicatos, no sólo en los Estados Unidos sino en todo el mundo? ¿Existe algo en la propia naturaleza de los sindicatos que los hace atraer a tanta gente vil que entonces decide seguir “políticas derrotistas y traidoras"? Podríamos hacernos otra pregunta: ¿qué induce a la Spartacist League a respaldar con tanto entusiasmo organizaciones que atraen a tanta gente vil que se consagra a traicionar y derrotar a los obreros que presuntamente representan?

El problema de un enfoque subjetivo no es solo que esquiva todos los problemas verdaderamente difíciles, sino que les permite a la Spartacist League y a otros grupos radicales —a pesar de sus abusos verbales contra los “dirigentes falsos”— dejar abierta la posibilidad de redimir eventualmente y, como consecuencia, apoyar la continua subordinación de la clase obrera a los sindicatos y, por consiguiente, a los mismos dirigentes falsos.

Esta perspectiva se ve reflejada con detalle en un artículo de Peter Taaffe, dirigente principal del Partido Socialista británico, anteriormente conocido como la Militant Tendency (Tendencia Militante). [2] El Sr. Taaffe produce un efecto más cómico que convincente cuando usa la fraseología radical para cubrir su servilismo a la burocracia laborista. Inicialmente ofrece una breve lista de los países donde los funcionarios sindicales han cometido traiciones atroces contra la clase obrera. Al igual que con el capitán Louis de la policía en la película Casablanca, la corrupción que rodea a Taaffe lo horroriza profundamente, inclusive cuando la burocracia lo soborna políticamente. Taaffe nos informa que el comportamiento de los funcionarios sindicalistas suecos ha sido “escandaloso”, que el de los burócratas belgas es “descarado y abierto”; que los dirigentes irlandeses están inmiscuidos en un “espectáculo escandaloso” de traición; que en Reino Unido los trabajadores “han pagado un precio muy caro por la impotencia de sus dirigentes derechistas”; y penosamente señala la capitulación de los dirigentes sindicales en Brasil, Grecia y los Estados Unidos.

Taaffe no va más allá que decir que el problema de los sindicatos es que a los dirigentes les falta talento y sufren de una ideología falsa: aceptar el mercado capitalista. Las organizaciones son esencialmente sanas. Basándose en esta evaluación subjetiva, Taaffe critica a los “pequeños grupos de la izquierda”, pero verdaderamente se refiere a las secciones del Comité Internacional, las cuales insisten, basándose en Trotsky, en que las traiciones que los sindicatos han cometido expresan una tendencia objetiva fundamental de su desarrollo. De acuerdo a Taaffe, esta manera de plantear el problema es “unilateral” y erra al no reconocer que los dirigentes sindicales derechistas, “bajo la presión de una clase obrera lista para batallar”, pueden “ser forzados a separarse del Estado y a encabezar un movimiento de oposición obrera”. [3]

Por consiguiente, escribe Taaffe, “la tendencia principal durante el próximo período” en Reino Unido y doquier serán los obreros “obligando a los sindicatos a luchar por ellos”. El destino de la clase obrera depende de “la regeneración de los sindicatos”. [4]

Cierta facción del difunto Workers Revolutionary Party (WRP, Partido Revolucionario de los Trabajadores) promueve una lógica similar. Insiste en que hay que evitar a todo costo cualquier lucha por crear nuevas formas de organización obrera que se opongan al dominio de los sindicatos. "Todos los argumentos simplistas que glorifican a las bases y que parten de la proposición abstracta de que los líderes están en cama con el Estado y que hay que crear organizaciones alternativas y vincularlas entre sí serán totalmente incapaces de comprender la nueva situación". [5]

No poseo ninguna información especial acerca de los encuentros amorosos de los funcionarios sindicales británicos o de cualquier otro país, pero el oportunismo que practican no es para nada una "proposición abstracta." Al contrario, los patronos y el Estado a diario les piden a los funcionarios sindicalistas que rindan sus servicios traicioneros y estos pretendientes rara vez se desencantan.

La posibilidad de una redención de los sindicatos en el futuro parece todavía menos posible cuando se comprende que las características y atributos de las burocracias dirigentes son el reflejo subjetivo de características y procesos sociales objetivos. Las críticas contra los dirigentes sindicales son apropiadas e incluso necesarias siempre que no sean una simple sustitución de un análisis profundo de la naturaleza del sindicalismo.

Nuestro objetivo, pues, es iniciar un estudio del sindicalismo. Nos basamos en un repaso histórico de ciertas etapas en la evolución de esta estructura específica del movimiento obrero. El movimiento socialista ha acumulado, durante más de ciento cincuenta años, una masa enorme de experiencia histórica. Esta experiencia justifica que los socialistas se declaren a sí mismos los mejores y más tristes expertos sobre el tema del sindicalismo.

No es nuestra intención sugerir que el sindicalismo represente un error histórico que nunca debió haber ocurrido. Sería ridículo sostener que un fenómeno tan universal como el sindicalismo carezca de raíces profundas en la estructura socioeconómica del capitalismo. No hay duda de que existe un vínculo definido entre el sindicalismo y la lucha de clases, pero sólo en el sentido de que la organización de los obreros dentro de los sindicatos deriva su impulso objetivo de la existencia de un conflicto definido entre los intereses materiales de los patronos y los de los obreros. De ninguna manera se puede concluir de este hecho objetivo que los sindicatos, como estructuras organizacionales específicas y determinadas socialmente, se identifican con, o buscan llevar adelante, la lucha de clases (a la cual, en el sentido histórico, le deben su existencia). Más bien, la historia nos muestra pruebas contundentes de que los sindicatos se han consagrado más a la supresión de la lucha de clases que a otra cosa.

La expresión más intensa y avanzada de la tendencia de los sindicatos a suprimir la lucha de clases está en su actitud hacia el movimiento socialista. No existe ilusión más trágica, sobre todo para los socialistas, que la que imagina que los sindicatos son aliados confiables, ni hablar de inevitables, en la lucha contra el capitalismo. La evolución orgánica del sindicalismo no procede en dirección al socialismo, sino en su contra. A pesar de las circunstancias de sus orígenes —es decir, aun cuando los sindicatos en uno que otro país le hayan debido su existencia directamente al impulso y dirigencia que los socialistas revolucionarios les brindaron— la evolución y consolidación de los sindicatos invariablemente acaban resistiendo ese tutelaje socialista y produciendo esfuerzos decididos para zafarse de éste. Una explicación de esta tendencia es necesaria para poder llegar a un entendimiento científico del sindicalismo.

Los sindicatos como forma social

Debemos mantener en cuenta que cuando estudiamos al sindicalismo, estamos analizando una organización social particular. No se trata de una colección adventicia, amorfa y accidental de individuos sino de una conexión históricamente desarrollada entre personas organizadas en clases y arraigadas en ciertas relaciones específicas de producción. Es también imprescindible que evaluemos la índole de la forma misma. Todos sabemos que existe una relación entre forma y contenido. Esta relación por lo general se concibe como si la forma fuera simplemente la expresión del contenido. Desde ese punto de vista, la forma social podría conceptualizarse como una mera expresión superficial, plástica e infinitamente maleable de las relaciones sobre las cuales se basa. Pero las formas sociales pueden comprenderse más a fondo si se les considera elementos dinámicos en el proceso histórico. Decir que “el contenido toma forma” significa que la forma le imparte cualidades y características bien definidas al contenido que la expresa. Es a través de la forma que el contenido existe y evoluciona.

Quizás sea posible clarificar el propósito de este desvío hacia la esfera de las abstracciones y categorías filosóficas haciendo referencia a ese famoso trozo del primer capítulo del primer tomo de El capital, donde Marx pregunta lo siguiente: “¿De dónde mana, pues, el carácter enigmático del producto de la mano de obra una vez que ésta asume la forma de mercancía? Obviamente de la forma misma”. Es decir, cuando un producto de la mano de obra asume la forma de mercancía—una transformación que ocurre solo hasta cierta etapa de la sociedad— éste adquiere una cualidad peculiar y fetichista que antes no existía. Una vez que las mercancías se venden y se compran en el mercado, las verdaderas relaciones entre la gente, de las cuales las mercancías mismas son producto, necesariamente asumen la apariencia de una relación entre cosas. El producto de la mano de obra es el producto de la mano de obra, pero una vez que asume la forma de mercancía dentro del marco establecido por las nuevas relaciones de producción, adquiere propiedades sociales nuevas y extraordinarias.

De la misma manera, una asociación de trabajadores es una asociación de trabajadores. Pero cuando esta asociación se convierte en sindicato, adquiere, a través de esa forma, propiedades muy nuevas y específicas a las cuales los trabajadores inevitablemente se subordinan. ¿Qué queremos precisamente decir con esto? Los sindicatos representan a la clase obrera en un papel socioeconómico muy determinado: como vendedores de una mercancía, la fuerza de trabajo. Puesto que ha nacido de las relaciones de producción y formas de propiedad del capitalismo, los sindicatos buscan asegurarle a esta mercancía el mejor precio que se pueda obtener bajo las condiciones prevalentes del mercado.

Por supuesto, existe una gran diferencia entre lo que acabo de describir en términos teóricos entre “el objetivo esencial” de los sindicatos y sus actividades en la vida real. La realidad práctica —es decir, las traiciones diarias de los intereses más elementales de la clase obrera— corresponde muy poco a la “norma” teórica. Esta divergencia no contradice el concepto teórico, pero es en sí el resultado de la función objetiva socioeconómica de los sindicatos. Al basarse sobre las relaciones de producción capitalistas, la misma esencia de los sindicatos los obliga a adoptar una actitud fundamentalmente hostil hacia la lucha de clases. Al dedicar sus esfuerzos a asegurar contratos con los patronos que fijan el precio de la fuerza de trabajo y determinan las condiciones generales en que la plusvalía se le extrae a los obreros, los sindicatos se ven obligados a garantizar que sus miembros suministren su fuerza de trabajo según las condiciones impuestas por los contratos que se han negociado. Como Gramsci señaló: “El sindicato representa la legalidad y tiene que buscar obligar a sus miembros a respetar esa legalidad”.

La defensa de la legalidad significa la supresión de la lucha de clases. Es por esto por lo que los sindicatos, debido a su naturaleza, terminan por socavar su propia habilidad para lograr incluso los objetivos limitados a los que oficialmente se dedica. He ahí la contradicción con la que el sindicalismo se estrella. El conflicto entre el sindicalismo y el movimiento revolucionario no surge en ningún sentido fundamental de las imperfecciones y defectos de los dirigentes sindicalistas (aunque estas cualidades existen en abundancia), sino de la naturaleza de los propios sindicatos. En el núcleo de este conflicto se puede encontrar la oposición orgánica de los sindicatos al desarrollo y la extensión de la lucha de clases. Esta oposición se hace mucho más acérrima, amarga y mortífera justo cuando la lucha de clases amenaza las relaciones de producción del capitalismo, es decir, las bases socioeconómicas del sindicalismo mismo.

Esa oposición tiene de blanco al movimiento socialista, pues éste representa a la clase obrera en su capacidad histórica como antítesis revolucionaria a las relaciones de producción capitalistas, no en su papel limitado como vendedora de la fuerza de trabajo. La historia verifica concluyentemente estos dos aspectos críticos y esenciales de los sindicatos: la tendencia de éstos a suprimir la lucha de clases y su hostilidad al movimiento socialista. La historia del movimiento sindical en Inglaterra y en Alemania nos enseña lecciones y conocimientos importantes.

El sindicalismo en Inglaterra

Inglaterra tiene la reputación de ser el gran hogar del sindicalismo moderno, donde la clase obrera logró éxitos notables por medio de este tipo de organización. Esta fue la impresión que Eduard Bernstein ciertamente se llevó de los sindicatos durante su estadía en Inglaterra hacia finales de la década de 1880 y durante la década de 1890. Los supuestos logros del sindicalismo inglés convencieron a Bernstein de que eran las luchas económicas de estas organizaciones, no los esfuerzos políticos del movimiento revolucionario, que desempeñarían el papel decisivo para el progreso de la clase obrera y la transformación gradual de la sociedad hacia el socialismo.

Bernstein, fundador del revisionismo moderno, anticipó todo lo que dicen los radicales pequeñoburgueses de hoy. El hecho de que sus argumentos tengan 100 años no significa por sí solo que no tengan ningún valor. Después de todo, yo mismo tengo que admitir que me estoy valiendo de argumentos que también llegan a los 100 años: los de Rosa Luxemburgo contra el mismo Bernstein. Pero mientras que los argumentos de los partidarios modernos de Bernstein han sido completamente refutados, los de Luxemburgo tienen la ventaja de que se han visto confirmados durante el último siglo. Es más, los críticos contemporáneos de Bernstein han indicado que sus observaciones exageraron excesivamente los logros económicos del sindicalismo británico. En realidad, la ascendencia del sindicalismo, cuya elevación a papel dominante en el movimiento obrero había comenzado en los 1850, expresaba la degeneración política y el estancamiento intelectual que aparecieron después de la derrota del cartismo ( C hartism ), el gran movimiento político revolucionario de la clase obrera británica. El movimiento cartista fue la culminación de una extraordinaria fermentación política, cultural e intelectual que afectó a capas amplísimas de la clase obrera durante las décadas que siguieron a la Revolución Francesa. Años después de la derrota final de los cartistas durante 1848-1849, Thomas Cooper, quien fue uno de sus dirigentes más destacados, comparó la visión revolucionaria del viejo movimiento a la visión obtusa y pequeñoburguesa de los sindicatos. En su autobiografía se puede leer lo siguiente:

“Es verdad que en los viejos tiempos del cartismo los obreros de Lancashire andaban por los miles cubiertos de andrajos; y muchos por lo regular no tenían que comer. Pero mostraban su inteligencia por doquier. Se les veía en grupos, debatiendo la gran doctrina de la justicia política: que todo adulto de mente sana debería tener voz y voto en las elecciones de hombres encargados de promulgar las leyes según las cuales los gobernarían; o debatían seriamente las doctrinas del socialismo. Ahora no se ven grupos en Lancashire, pero se escuchan obreros bien vestidos que, con las manos en los bolsillos, conversan acerca de las cooperativas, de las acciones que han invertido en éstas, y de establecer consorcios”. [7]

Los sindicatos engendraron un nuevo tipo de dirigente que remplazó a los antiguos cartistas revolucionarios: un caballero tímido, hambriento por hacerse respetar como miembro de la clase media, y que pregonaba el nuevo evangelio del compromiso entre las clases. Theodore Rothstein, historiador socialista del cartismo, lo expresó de esta manera:

“Hombres de gran talento, temperamento y profunda sabiduría que pocos años atrás habían hecho temblar los cimientos mismos de la sociedad capitalista, que llegaron a ser seguidos por cientos de miles de trabajadores en las fábricas, ahora se habían convertido en figuras solitarias paseándose en la oscuridad, sin que los entendiera ya la mayoría. Solo pequeños grupos selectos los comprendían. Fueron remplazados por hombres nuevos que no poseían ni una fracción de su intelecto, talento y carácter, pero que también atraían a cientos de miles de obreros con el evangelio superficial de “cuidar sus centavos” y la necesidad de llegar a un acomodo con los patronos en este tema, aun cuando esto significaba que perderían su independencia como clase”. [8]

En cuanto al sindicalismo, Rothstein ofreció la siguiente evaluación:

“La característica principal de esa perspectiva mental era aceptar la sociedad capitalista. Eso llegó a expresarse en la negativa de participar en toda acción política y la aceptación de las enseñanzas de la economía política vulgar, que predicaba la armonía entre los intereses de la clase empleadora y la trabajadora”. [9]

Los apologistas del sindicalismo responden que había sido necesario que los obreros británicos se retiraran de la acción política para que la clase concentrara sus energías en las oportunidades más prometedoras de la lucha económica. El hecho de que el surgimiento del sindicalismo no estuviera asociado con la intensificación de las luchas económicas, sino con su rechazo general por parte de los nuevos dirigentes de la clase obrera, refuta esta teoría. Durante el apogeo del sindicalismo británico, desde principios de los 1870 hasta mediados de los 1890, los salarios de los obreros se estancaron. Sólo la caída estrepitosa de los precios de los alimentos básicos, como la harina, las papas, el pan, la carne, el té, el azúcar y la mantequilla, previno que el sindicalismo perdiera todo el respeto de los obreros.

Durante las primeras décadas del siglo diecinueve, cuando los sentimientos revolucionarios eran ampliamente acogidos entre los obreros, la burguesía inglesa resistió con amargura toda tendencia hacia una combinación. Pero ya para fines de siglo ésta apreciaba el enorme servicio que los sindicatos le rendían a la estabilidad del capitalismo, especialmente en su capacidad de barrera al resurgimiento de tendencias socialistas en la clase obrera. Tal como el economista burgués alemán Lujo Brentano escribió: “Si los sindicatos fracasan en Inglaterra, de ninguna manera significaría el triunfo de los patronos. Significaría el fortalecimiento de tendencias revolucionarias en todo el mundo. Inglaterra, que hasta ahora se había vanagloriado de no tener ningún partido obrero revolucionario de importancia, podría desde ese momento en adelante hacerle competencia al continente”. [10]

Marx y Engels vivieron en Inglaterra como exiliados revolucionarios durante el período del surgimiento del sindicalismo. Aun antes de llegar a Inglaterra, habían reconocido el significado objetivo del sindicalismo como respuesta de los trabajadores a los intentos de los patronos de disminuir sus salarios. En oposición al teórico pequeñoburgués Pierre-Joseph Proudhon, quien negaba la utilidad de los sindicatos y las huelgas debido a que los aumentos salariales obtenidos por esos métodos sólo conducirían al aumento de precios, Marx insistió en que ambos—los sindicatos y las huelgas—eran elementos necesarios en la lucha de la clase obrera en defensa de su nivel de vida.

Marx ciertamente criticó correctamente el punto de vista de Proudhon, pero es necesario recordar que estos primeros escritos datan de cuando los sindicatos todavía se encontraban en pañales. La experiencia de la clase obrera con esta nueva forma era muy limitada. En esa época no se podía descartar la posibilidad de que los sindicatos evolucionaran en instrumentos poderosos de lucha revolucionaria, o por lo menos en precursores de instrumentos semejantes. En 1866, Marx expresó esperanzas en esto al hacer la siguiente observación: “como centros de organización” los sindicatos desempeñaban para la clase obrera el mismo papel “que las municipalidades medievales habían desempeñado para la clase media”. [11]

No obstante, incluso en esa época, a Marx le preocupaba que “los sindicatos todavía no han comprendido totalmente el poder que tienen para actuar contra el sistema de esclavitud salarial mismo”. Pero era en esta dirección, sin embargo, que tenían que evolucionar:

“Aparte de sus objetivos originales, ahora tienen que aprender a actuar deliberadamente como núcleos de organización de la clase obrera en su interés general de emancipación total. Han de asistir a todo movimiento social y político que vaya en esa dirección. Puesto que se consideran y actúan como paladines y representantes de toda la clase obrera, tienen que reclutar a sus filas a los trabajadores que no pertenecen a los sindicatos. Tienen que cuidar los intereses de los trabajadores en los oficios peor pagados, tales como los obreros agrícolas, cuyas circunstancias excepcionales los han vuelto impotentes. Tienen que convencer al mundo en general que sus esfuerzos, lejos de ser mezquinas y egoístas, tienen como objetivo la emancipación de millones de oprimidos”. [12]

Marx trató de darle una orientación socialista a los sindicatos. Le advirtió a los obreros que “no exageraran para sí mismos” el significado de las luchas que los sindicatos entablaban. A lo sumo, los sindicatos “luchan contra los efectos, no las causas de esos efectos; retrasan el movimiento descendente; aplican paliativos en vez de curar la enfermedad”. Era necesario que los sindicatos emprendieran una lucha contra el sistema que era la causa de la miseria obrera. Por lo tanto, Marx le propuso a los sindicatos que abandonaran la consigna conservadora de “Un jornal justo por una jornada laboral justa” y la reemplazaran con la demanda revolucionaria, “Abolición del sistema de salarios”. [13]

Pero el consejo de Marx no causó mucha impresión. Hacia fines de la década de 1870, sus observaciones, y también las de Engels, sobre el sindicalismo se tornaron más críticas. Ahora que los economistas burgueses expresaban mayor aprobación por los sindicatos, Marx y Engels se esforzaron en matizar su apoyo anterior. Distinguieron su punto de vista del de los pensadores burgueses como Lujo Brentano, cuyo entusiasmo por los sindicatos derivaba de su deseo en “convertir a los esclavos asalariados en esclavos asalariados contentos” [14], según Marx y Engels.

Para 1879, era posible detectar en los escritos de Engels sobre el sindicalismo un tono inconfundible de desagrado. Notó que los sindicatos habían introducido estatutos administrativos que prohibían acciones políticas, prohibiéndole “a la clase obrera participar en toda actividad general como clase". En una carta fechada 17 de junio, 1879, Engels se quejó de que los sindicatos habían conducido a la clase obrera a un callejón sin salida: “De ninguna manera se debería ocultar el hecho de que, en este momento, no existe aquí ningún movimiento obrero genuino, en el sentido continental de la palabra, Por consiguiente, no creo que te perderás mucho, por lo menos por ahora, si no recibes ningún informe sobre las actividades de los SINDICATOS por estos lugares”. [16]

En un artículo comparando a la Inglaterra de 1885 con la de 1845, escrito seis años después, Engels no hizo ningún esfuerzo por esconder el desdén que le tenía al papel conservador de los sindicatos. Al formar una aristocracia dentro de la clase obrera misma, cultivaban las relaciones más amistosas con los patronos y así se aseguraban puestos muy cómodos para sí mismos. Con sarcasmo mordaz, Engels escribió que los sindicalistas “hoy día son gente amabilísima con quien negociar, sobre todo para cualquier capitalista sensato en particular y para toda la clase capitalista en general”. [16]

En verdad, los sindicatos habían ignorado casi por completo al grueso de la clase obrera para quienes “el estado de miseria y la falta de seguridad en que actualmente viven es tan horrible como siempre, o aún peor. El distrito de la zona este de Londres es un pantano cada vez más grande de miseria y desolación estancadas, donde la inanición reina cuando no hay trabajo, y la degradación física y moral cuando lo hay”. [17]

Hacia finales de la década de 1880, el desarrollo de un nuevo movimiento sindicalista militante entre los sectores más explotados de la clase obrera hizo renacer las esperanzas de Engels. Los socialistas, inclusive Eleanor Marx, participaron activamente en este movimiento. Engels reaccionó a este acontecimiento con entusiasmo y notó con gran satisfacción: “Estos sindicatos nuevos, que se constituyen de hombres y mujeres no calificados son totalmente diferentes a las antiguas organizaciones de la aristocracia obrera y no pueden adoptar las mismas costumbres conservadoras... Y se han organizado bajo circunstancias muy diferentes. Todos los dirigentes, hombres y mujeres, son socialistas, agitadores socialistas también. En ellos veo el verdadero principio del movimiento aquí”. [18]

Pero no transcurrió mucho tiempo antes que los “nuevos” sindicatos comenzaran a exhibir las mismas tendencias conservadoras que los viejos. Esta fue una temprana verificación del concepto teórico que hoy consideramos crítico al análisis de los sindicatos; es decir, que la posición y la condición sociales de los sectores determinados de trabajadores organizados en los sindicatos no determinan el carácter de estas organizaciones. Lo más que se puede decir de estos factores es que sólo influyen ciertos aspectos secundarios de las políticas de os sindicatos, quizás haciendo que algunos sindicatos sean más o menos militantes que otros. Pero a fin de cuentas, es la forma sindical, cuya estructura mana de —y está incrustada en— las relaciones sociales y de producción capitalistas, y, debemos añadir, los límites impuestos por el Estado nación, la que ejerce la influencia decisiva que determina la orientación de su “contenido”, la asociación de obreros.

La socialdemocracia alemana y los sindicatos

En el continente europeo, Alemania en particular, ya se estaba tomando lecciones teóricas de estas primeras experiencias con el sindicalismo. Los socialistas alemanes consideraban que los sindicatos ingleses no eran los precursores del socialismo, sino la expresión del dominio político e ideológico de la burguesía sobre la clase obrera. Esta actitud crítica no fue sólo consecuencia de aprendizajes teóricos; reflejaba también una relación muy diferente de fuerzas dentro del movimiento obrero entre el partido político marxista y los sindicatos. En Alemania, había sido el Partido Socialdemócrata (SPD, por sus siglas en alemán), no los sindicatos, el que le dio el impulso al desarrollo del movimiento obrero de masas. Entre 1878 y 1890, el periodo de las Leyes Antisocialistas de Bismarck, había tenido gran éxito estableciendo su autoridad política como la dirigencia de la clase obrera. Los llamados sindicatos “libres” se establecieron bajo iniciativa del SPD, principalmente como agencias reclutadoras del movimiento socialista.

Con la asistencia de SPD, del cual obtuvieron sus cuadros dirigentes y conocimientos políticos, los sindicatos comenzaron a extender su influencia durante la década de 1890. Pero los efectos duraderos de la prolongada depresión industrial mantuvieron bajo el número de socios. Tan tarde como 1893, la proporción entre los votantes socialdemócratas y los miembros de sindicatos era de ocho a uno. Aun así, hubo cierta consternación dentro del SPD de que los sindicatos podrían tratar de competir con el partido para ganar mayor influencia sobre la clase obrera. Los sindicatos negaron esto rotundamente. Su dirigente Carl Liegen, en el congreso del partido de 1893 efectuado en Colonia, los definió como “agencias reclutadoras del partido”.

Sin embargo, al terminar la depresión industrial en 1895, los sindicatos alemanes comenzaron a crecer rápidamente; la relación de fuerzas cambiaba y hacía aumentar las tensiones entre el partido y los sindicatos. Para 1900, la el número de miembros de los sindicatos había alcanzado los 600.000. Cuatro años después, llegó al millón. A medida que caía la proporción entre votantes socialdemócratas y miembros sindicales, aumentaba significativamente la dependencia del SPD en los votos de los sindicalistas.

Aunque los mismos dirigentes sindicalistas se rehusaron a darle apoyo político a Bernstein cuando éste desplegó la bandera del revisionismo por primera vez, por lo general se entendía en los círculos del partido que sus teorías sólo acabarían por reorientar el movimiento socialista alemán hacia el modelo inglés, en el cual los sindicatos reformistas reemplazarían al partido revolucionario como eje del movimiento obrero.

Al oponerse a Bernstein, los teóricos principales de la socialdemocracia se fijaron muy bien en los esfuerzos de éste por pintar a los sindicatos como baluartes indispensables del movimiento socialista. Fue Rosa Luxemburgo, claro, la que tomó las riendas de la batalla. Su obra de mayor importancia referente a este tema, fue Reforma o revolución. Esta obra hizo trizas el argumento de Bernstein de que las acciones de los sindicatos efectivamente contrarrestaban los mecanismos explotadores del capitalismo y conducirían, aunque gradualmente, a la socialización de la sociedad. Luxemburg insistió en que esto era completamente falso: el sindicalismo no conducía a la abolición de la explotación de clases; al contrario, buscaba asegurar para el proletariado, dentro de la estructura explotadora del capitalismo, el mejor precio en forma de salarios que el mercado permitiera.

Las fluctuaciones del mercado y la dinámica general de la expansión capitalista restringían los esfuerzos de los sindicatos para aumentar los salarios de los trabajadores. La sociedad capitalista, advirtió Luxemburgo, no iba en rumbo “hacia una época del progreso victorioso de los sindicatos, sino hacia tiempos en que las privaciones de los sindicatos aumentarán”. [19] Es decir, más allá de las conquistas pasajeras, si la misión de los sindicatos permanecía arraigada en de las pautas dictadas por el sistema capitalista, éstos siempre se encontrarían cumpliendo “el martirio de Sísifo.” Los dirigentes sindicales nunca le perdonaron a Luxemburgo que se valiera de esta metáfora con alas, que ofrecía tan devastadoramente apta y presciente evaluación de las actividades de los sindicatos.

Este resumen no es del todo justo al análisis de Luxemburgo sobre las causas objetivas de la incapacidad de los sindicatos de lograr más que una mitigación —y sólo temporal— de la explotación de la clase obrera bajo el capitalismo. Quiero referirme a otro aspecto de su crítica contra el pensamiento de Bernstein muy pertinente para hoy día: la negativa de Luxemburgo a aceptar que la práctica de los sindicatos tiene un contenido socialista innato o implícito, o que las acciones de los mismos necesariamente avancen la victoria de la causa socialista. Luxemburgo nunca negó que los sindicatos, siempre que fueran dirigidos por los socialistas, podrían rendir un servicio clave para el movimiento revolucionario. En verdad, ella esperaba que su crítica contribuyera a que eso ocurriera. (Si este objetivo era posible o no, como ya veremos, es otro asunto.) Pero también advirtió contra toda ilusión en que hubiera tendencias orgánicamente socialistas en el sindicalismo tal como éste aparecía.

“Son precisamente los sindicatos ingleses”, escribió Luxemburgo, “como representantes clásicos de la mentalidad estrecha, recta y satisfecha, que comprueban que el sindicalismo, por sí solo, carece de todo carácter socialista. A decir la verdad, bajo ciertas circunstancias, éste puede hasta llegar a ser obstáculo para la expansión de la conciencia socialista, tanto como la conciencia socialista puede ser obstáculo para éxitos puramente sindicales”. [20]

Esta cita sigue siendo un reproche magnífico a todos los que se adaptan servilmente a los sindicatos y a sus burocracias; a los que no pueden concebir un movimiento obrero sin forma sindicalista. Pero como claramente lo afirma Luxemburgo, entre el sindicalismo y el socialismo no existe ningún vínculo orgánico o inquebrantable. Ambos no viajan, por naturaleza, sobre trayectorias paralelas hacia un destino común. Al contrario, según Luxemburgo, el sindicalismo, por su propia índole, “es carente de todo contenido socialista” y socava el progreso de la conciencia socialista. Además, los principios políticos de los socialistas, principios que les requieren basarse en los intereses históricos de la clase obrera, son contrarios a los objetivos prácticos de los sindicatos.

En Inglaterra, los sindicatos evolucionaron sobre las ruinas del cartismo e independientemente del movimiento socialista. Los sindicatos alemanes, por otra parte, nacieron bajo la tutela directa del movimiento socialista. Sus dirigentes habían asiduamente estudiado a Marx y Engels. Sin embargo, los sindicatos alemanes, en su esencia, no estaban más consagrados al socialismo que sus contrapartes ingleses. Al comenzar el siglo veinte, con el ingreso de cientos de miles de miembros nuevos, los sindicatos adquirieron confianza nueva y empezaron a mostrarse incómodos con la influencia y la subordinación del sindicalismo a los objetivos políticos del partido. Una plataforma nueva expresó esta inquietud: la neutralidad política. Cierto sector creciente de dirigentes sindicalistas comenzó a sostener que no había razón por la cual sus organizaciones le debían una lealtad especial a las campañas políticas del SPD. Según los argumentos, era verídico que el dominio del SPD le costaba a los sindicatos la posibilidad de atraer a obreros desinteresados u opuestos a la política socialista. Entre los representantes principales de esta tendencia se encontraba Otto Hué, quien insistió en que los sindicatos sólo podían servir los “intereses profesionales (no de clase)” de sus miembros si se adoptaba una postura de neutralidad política. Hué escribió: “Bajo condiciones de neutralidad sindicalista, los dirigentes sindicalistas son y deben ser indiferentes respecto a dónde terminen políticamente los trabajadores”.

Los sindicatos y la “huelga de masas”

Entre 1900 y 1905, las tensiones entre el partido y los sindicatos escalaron. Los dirigentes sindicalistas, en sus papeles de delegados a los congresos del SPD, continuaron votando a favor de la ortodoxia socialista. Su hostilidad innata hacia el socialismo como movimiento revolucionario no había llegado al punto en que estaban listos para desafiar directamente el compromiso político del SPD con la lucha por el poder estatal. Los sucesos de 1905 en el interior y el exterior de Alemania cambiaron esto.

La revolución que estalló por toda Rusia tuvo un impacto sobre la clase obrera alemana. Los trabajadores siguieron con interés intenso el reportaje detallado de la prensa socialista acerca de la lucha revolucionaria. Los acontecimientos rusos, por otra parte, coincidieron con e inspiraron la erupción de huelgas enconadas por toda Alemania, sobre todo entre los mineros del Ruhr. A pesar de su militancia, los huelguistas se toparon con la resistencia inflexible de los patronos de las minas. La intransigencia de los dueños cogió a los sindicatos de sorpresa ya que no tenían una respuesta efectiva. Las huelgas fueron desconvocadas, estremeciendo la confianza de los obreros en la efectividad de las tácticas sindicalistas tradicionales.

En esta nueva situación, Luxemburgo, con el apoyo de Kautsky, arguyó que los acontecimientos en Rusia eran de significado para toda Europa y que le habían revelado a los trabajadores alemanes una forma nueva de la lucha de masas: la huelga política. La idea de una huelga política de masas encontró apoyo popular en la clase obrera. Pero los líderes sindicalistas se horrorizaron con las implicaciones de la lógica de Luxemburgo. Según su parecer, si los trabajadores ponían en práctica las teorías de Luxemburgo, los sindicatos se verían atrapados en “aventuras revolucionarias” insignificantes que los oficiales sindicales pensaban que no les incumbían. Las huelgas de masas les costarían a los sindicatos una enorme cantidad de dinero y podrían llegar a vaciar las cuentas bancarias y las reservas líquidas de las cuales los dirigentes estaban orgullosísimos.

Para prevenir semejante catástrofe, los dirigentes sindicalistas decidieron atacar de manera provisoria a Luxemburgo y los otros radicales del SPD. En el congreso de sindicatos celebrado en Colonia en mayo de 1905, se estableció una comisión única para producir una resolución que definiera la actitud de los sindicatos hacia la cuestión de la huelga de masas. Theodore Bömelburg, vocero de la comisión, declaró: “Para que nuestras organizaciones progresen tiene que haber paz en el movimiento obrero. Tenemos que hacer desaparecer el debate acerca de la huelga de masas, y que las soluciones [de los problemas] del futuro permanezcan flexibles hasta que aparezca el momento oportuno”. [21]

En lo que fue una declaración de guerra contra la izquierda del SPD, el congreso adoptó una resolución que prohibió todo debate interno en los sindicatos acerca de la huelga política. Esta les advertía a los obreros: “No permitan que la recepción y diseminación de tales ideas los distraiga de los deberes diarios y pequeños para fortalecer las organizaciones obreras”. [22]

La rebelión de los dirigentes sindicales contra el partido causó un terremoto en el SPD. Kautsky declaró que el congreso había revelado que los sindicatos se habían enajenado profundamente del partido. Notó con ironía que le parecía absurdo que durante el año “más revolucionario de toda la historia” los sindicatos proclamaran “su deseo por la paz y la tranquilidad”. Para Kautsky era evidente que los dirigentes sindicales se preocupaban más por las cuentas bancarias de la organización que por “la calidad moral de las masas”.

El odio de los dirigentes sindicales hacia la izquierda del SPD alcanzó dimensiones patológicas. Rosa Luxemburgo en particular se convirtió en el blanco perenne de los insultos vitriólicos. Otto Hué, quien editaba el diario de los mineros, les urgió a todos los que tuvieran un exceso de energía revolucionaria que se largaran a Rusia “en vez de fomentar debates sobre la huelga general desde sus residencias de verano”. [23] Los ataques contra Luxemburgo se intensificaron, aun cuando ella languidecía en una cárcel polaca después de haber sido arrestada por actividades revolucionarias. Harto de los ataques personales feroces contra Luxemburgo, quien aún era su amiga y aliada, Kautsky criticó vigorosamente la persecución de “una dirigente de la lucha de clases proletaria”. Escribió que no era Luxemburgo la que ponía en peligro las relaciones entre el partido y los sindicatos, sino los funcionarios sindicales, que sentían “un odio mezquino de estos elementos contra toda forma del movimiento obrero que adopte cualquier objetivo más ambicioso que el aumento salarial de cinco centavos la hora…”. [24]

Durante cierto período, los dirigentes del SPD lanzaron un contraataque a los funcionarios sindicales, pero de la manera más cautelosa posible. En el congreso del partido que se llevó a cabo en Jena en septiembre de 1905, Bebel introdujo una resolución llena de astucia literaria que reconocía la validez de la huelga política de masas, pero sólo como arma defensiva. A cambio, los sindicatos aceptaron la fórmula de Bebel, pero sólo por un breve período. En el congreso del partido en Mannheim en septiembre de 1906, los sindicatos le exigieron al SPD que adoptara una resolución que establecería el principio de la “igualdad” entre los sindicatos y el partido, lo cual consiguieron. Esto significaba que, referente a cualquier asunto que directamente afectara a los sindicatos, el partido tenía que elaborar una postura aceptable para ellos. Haciendo caso omiso a las objeciones estrenuas, los dirigentes del partido colaboraron con los funcionarios sindicales para poner fn burocráticamente al debate y hacer que la resolución se adoptara a la fuerza.

Desde ese momento en adelante, la comisión general de los sindicatos rigió el SPD. Notó Luxemburgo que ahora la relación entre los sindicatos y el partido se parecía al cuento de la esposa campesina astuta, quien le aconsejó a su esposo: “Cuando tengamos problemas, usaremos el siguiente sistema: cuando estemos de acuerdo, tú decides. Cuando no estemos de acuerdo, yo decido”.

En sus disputas con Luxemburgo y las fuerzas revolucionarias dentro del SPD, los funcionarios sindicales se acostumbraron a proclamar que ellos conocían los deseos del obrero común mucho mejor que los teóricos revolucionarios. Según ellos, Luxemburgo y los otros revolucionarios de su índole tenían las cabezas llenas de abstracciones y visiones utópicas y en realidad no tenían ninguna solución práctica para los problemas que los obreros sufrían en las minas o en los talleres de las fábricas. Estaba bien que los teóricos tuvieran sus sueños de un cataclismo revolucionario en el futuro y de la utopía que éste engendraría, pero en el aquí y el ahora a los trabajadores les importaba más esos pocos marcos extra en sus cheques semanales.

Quizás haya sido cierto que los argumentos de los funcionarios sindicales reflejaban la actitud de muchos sectores de obreros cuando estalló el debate acerca de la huelga de masas. Es posible que si la cuestión se hubiera puesto a voto en 1905 o 1906, la mayoría de los obreros habrían votado por la política de Legien y en contra de Luxemburgo. Sin embargo, al considerar la actitud de los trabajadores hacia el debate entre los marxistas y los dirigentes sindicales reformistas, vale recordar lo siguiente: los funcionarios estaban “comprometidos” institucional y constitucionalmente a políticas arraigadas en que los sindicatos dependen orgánicamente de las relaciones de producción capitalistas y del Estado nación. Pero la clase obrera, como fuerza social revolucionaria, no estaba similarmente comprometida al programa gradualista de adaptación reformista.

La evolución de las contradicciones implícitas del sistema capitalista comenzó a desgarrar la tela social alemana de compromisos sociales. A medida que las tensiones entre las clases aumentaban, los trabajadores adoptaban una actitud más agresiva y hostil hacia los patronos y el Estado. Ya para 1910-1911 había signos muy evidentes que los argumentos de Luxemburgo habían comenzado a adquirir una audiencia mayor entre capas obreras más amplias. El descontento de los trabajadores con sus sindicatos oficiales aumentó notablemente, sobre todo después de las huelgas de 1912-1913, que fracasaron debido a la resistencia acérrima de los patronos.

El comienzo de la Primera Guerra Mundial en 1914 detuvo temporalmente el proceso de radicalización. Para 1915-1916, sin embargo, el descontento social de la clase obrera, exacerbado por la guerra, comenzó a desmoronar las barreras impuestas por los sindicatos oficiales. Los antiguos argumentos burocráticos contra la huelga política de masas fueron refutados decisivamente en octubre-noviembre de 1918 al estallar la Revolución alemana. El carácter revolucionario del movimiento de masas se puso de manifiesto, como lo habían anticipado Luxemburgo teóricamente y la Revolución rusa en la práctica, en la creación de nuevas formas de organización —comités de base y especialmente consejos obreros— que emergieron en oposición a los sindicatos oficiales.

Las experiencias de las clases obreras alemana e inglesa sometieron al sindicalismo a su mayor prueba histórica. Si dispusiéramos de mayor tiempo, podríamos ampliar y verificar nuestro análisis del conflicto fundamental entre el socialismo y el sindicalismo con numerosos ejemplos que toman en cuenta a más países y todas las décadas del siglo hasta llegar a nuestros propios tiempos.

La necesidad de la consciencia socialista

El propósito de esta charla no es dar todos los ejemplos posibles del carácter traicionero de los sindicatos, sino el de corroborar la necesidad de la conciencia socialista y la lucha por desarrollarla en la clase obrera. He ahí el significado esencial del partido marxista revolucionario. Incluso si estallara un renacimiento de militancia sindicalista espontánea —y esto es inimaginable fuera de rebeliones explosivas de las bases contra las antiguas organizaciones burocráticas—, el progreso de un movimiento tan prometedor a lo largo de líneas revolucionarias dependería de la labor independiente del partido marxista, luchando por conferir una conciencia socialista a la clase obrera.

Todos aquellos que insisten en la autoridad incuestionable de los sindicatos se oponen a la lucha por el marxismo en la clase obrera. Esto se ha expresado de la manera más explícita en los escritos recientes de Cliff Slaughter [25], quien critica severamente a aquellos marxistas (es decir, al CICI) “que siguen pensando en que su deber es ‘concienciar', ‘politizar' e ‘intervenir políticamente' en las luchas espontáneas de la clase obrera que empiezan a surgir...”. [26]

Esa declaración evidencia el rechazo de Slaughter hacia el marxismo y su aceptación del anarquismo de clase media. Ya casi estamos llegando al término de un siglo que ha visto las tragedias históricas más horribles. Es incalculable el precio pagado con sangre por los innumerables fracasos y traiciones de las luchas revolucionarias del siglo. La cantidad de víctimas reclamadas por las revoluciones traicionadas llega a los cientos de millones. Durante esta década hemos visto los resultados humillantes y horribles de la desorientación de la clase obrera en la antigua Unión Soviética. Pero aun así, en medio de esta desorientación política universal, Slaughter critica ferozmente a todo aquel que trate de combatir esta desorientación basándose en la ciencia socialista.

La glorificación cínica de la espontaneidad, es decir, del nivel prevaleciente de la conciencia y de las formas organizacionales actuales, no puede defender los intereses de la clase obrera. En el caso de Slaughter y otros exmarxistas similares, la subordinación a la espontaneidad solo sirve para cubrir su colaboración con las burocracias sindicales y laboristas. No ofrecemos ninguna disculpa por insistir en que el futuro de la clase obrera depende del vigor de nuestras intervenciones políticas y del éxito de nuestros esfuerzos para elevar su consciencia.

Nos arraigamos en los cimientos establecidos por los grandes fundadores y representantes del socialismo científico. Rechazamos la declaración de Slaughter porque ésta representa una repudiación de los principios elementales que han sido la razón por la cual el movimiento marxista ha existido desde sus principios. El proletariado es el sujeto activo histórico del proyecto socialista. Pero el socialismo no surgió —ni pudo surgir— directamente de la clase obrera. Este tiene, por decirlo así, su propia historia intelectual. Marx nunca pretendió que su concepto de la misión histórica del proletariado se acoplaba a cualquier “opinión pública” compartida por la gran mayoría de los obreros en cierto momento de su evolución. Es absurdo sugerir que Marx consagró toda su vida a formular ideas que sólo repetían lo que el obrero promedio pudiera pensar por sí mismo.

Si la espontaneidad de la lucha de clases produjera la conciencia socialista, no habría necesidad de organizar esta escuela internacional. ¿Qué razón habría para organizar conferencias acerca de la historia, la filosofía, la economía política, la estrategia revolucionaria y la cultura si la clase obrera, con sus organizaciones de masas existentes y su nivel de conciencia histórica y política actual, pudiera automáticamente elevarse al nivel de las tareas que el desarrollo de la crisis mundial del capitalismo le plantea?

Consideremos el contexto político de esta escuela. En este momento, mientras nos reunimos, las economías del sudeste de Asia están en caos. Casi de la noche a la mañana, la existencia de cientos de millones de personas se ha puesto en peligro. En Indonesia, el valor de la moneda declinó 22 por ciento antier. Durante seis meses, la rupia indonesia ha perdido casi el 80 por ciento de su valor. El Fondo Monetario Internacional exige que se establezca un régimen de austeridad bestial. Bajo estas condiciones es inevitable que estallen luchas sociales masivas.

No obstante, ¿no depende el resultado de estas luchas de que la clase obrera asimile las lecciones trágicas de su propia historia, que constituye otro capítulo de pesadilla en la historia del siglo veinte? ¿No es imprescindible que los obreros, estudiantes e intelectuales indonesios estudien los eventos de 1965-66, es decir, cómo el Partido Comunista más grande fuera de la URSS y China, con más de un millón de miembros, resultara impotente ante el golpe de Estado de Suharto? Más de medio millón de personas fueron asesinadas en esa contrarrevolución. Los ríos de Sumatra y Balí se atoraron con los cadáveres de los muertos. Las ejecuciones de los prisioneros arrestados después del golpe continuaron hasta principios de los años noventa. ¡Cuántas cuestiones y problemas que todavía no se han podido resolver y clarificar! Las lecciones estratégicas de ese período constituyen las bases para la venganza histórica de los trabajadores indonesios contra los crímenes de la burguesía indonesia, asistida por el imperialismo estadounidense y, puedo añadir, el australiano también.

No es un problema únicamente indonesio; sino una tarea histórico-mundial. Llegamos al final de esta escuela tal como empezamos: haciendo hincapié en que el futuro de la humanidad en el siglo veintiuno depende de la asimilación de las lecciones de las experiencias estratégicas históricas del veinte. Si tuviera que decir en pocas palabras cual es la conclusión mayor a la que hemos llegado después de analizar este siglo tan doloroso, es esta: que el destino de la humanidad está inevitablemente vinculado a la lucha por la consciencia y la cultura socialistas dentro de la clase obrera internacional, lucha que tiene su expresión política esencial en la construcción del Partido Mundial de la Revolución Socialista.

Notas (nuestras traducciones al español)

[1] Esta conferencia fue pronunciada el 10 de enero de 1998 en la Escuela Internacional sobre el Marxismo y los Problemas Fundamentales del Siglo Veinte, celebrada en Sídney, Australia.

[2] Peter Taaffe, “Trade Unions in the Epoch of Neo-Liberalism,” Socialism Today.

[3] Ibid.

[4] Ibid.

[5] Workers International Press, Número 1, febrero de 1997, p. 21.

[6] Karl Marx, Capital, Tomo I (Nueva York: International Publishers, 1967), p. 76.

[7] Citado en Theodore Rothstein, From Chartism to Labourism (Londres: Lawrence and Wishart, 1983), pp. 183–184.

[8] Ibid., p. 195.

[9] Ibid., p. 197.

[10] Ibid., p. 273.

[11] Karl Marx and Frederick Engels, Collected Works, Volume 20 (Nueva York: International Publishers, 1985), p. 191.

[12] Ibid., p. 192.

[13] Ibid., p. 149.

[14] Karl Marx and Frederick Engels, Collected Works, Volume 27 (Nueva York: International Publishers, 1992), p. 98.

[15] Karl Marx and Frederick Engels, Collected Works, Volume 45 (Moscú: Progress Publishers, 1991), p. 361.

[16] Ibid., Volume 26 (Moscú: Progress Publishers, 1990), p. 299.

[17] Ibid.

[18] Citado en Hal Draper, Karl Marx’s Theory of Revolution, Volume 2: “The Politics of Social Classes” (Nueva York: Monthly Review Press, 1978), p. 111.

[19] Rosa Luxemburgo, Reform or Revolution (Nueva York: Pathfinder Press, 1976), p. 36.

[20] “Die englische Brille,” en Rosa Luxemburgo Gesammelte Werke, Volume 1/1 (Berlín: Dietz Verlag, 1990), p. 481, (traducción al inglés por D. North).

[21] Carl E. Schorske, German Social Democracy: 1905–1917; the Development of the Great Schism (Cambridge, MA: Harvard University Press, 1983), pp. 39–40.

[22] Ibid., p. 40.

[23] Ibid., p. 41.

[24] Citado en Richard B. Day and Daniel Gaido, ed. and trans., Witnesses to Permanent Revolution (Leiden, The Netherlands: Brill Academic Publishers, 2009), p. 45.

[25] Cliff Slaughter fue líder del Workers Revolutionary Party británico, el cual rompió políticamente con el Comité Internacional de la Cuarta Internacional en 1986.

[26] Cliff Slaughter, “Review of Istvan Mezsaros’ ‘Beyond Capital,’” Workers International Press, Número 3, (Londres, junio de 1997).

(Artículo republicado en inglés el 28 de septiembre de 2019)

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