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Perspectiva

Roger Waters en concierto: el arte y la política en tiempos de crisis

Roger Waters, el famoso músico, activista, cofundador de Pink Floyd y su principal fuerza creativa de 1968 a 1984, está realizando una gira para presentar su concierto y rendición multimedia This Is Not a Drill (No es un simulacro) en todo Norteamérica. Se espera que al menos un millón de personas asistan.

La gira, la cual se detuvo en Detroit el 23 de julio, utiliza el amplio catálogo artístico de la élite gobernante en EE.UU. y todo el mundo. Casi todas las canciones abordan problemáticas contemporáneas: la guerra imperialista, el fascismo, el veneno del nacionalismo, la situación crítica d ellos refugiados, las víctimas de la opresión estatal, la pobreza global, la desigualdad social, el ataque a los derechos democráticos y el peligro de la aniquilación nuclear.

Roger Waters durante un concierto en 2018 (AP Photo/Silvia Izquierdo) [AP Photo/Silvia Izquierdo]

Un evento tan inusual e importante merece una consideración especial, especialmente porque eleva a un nivel más urgente y suscita en forma de una experiencia para un gran número de personas la cuestión de la relación entre el arte y la política en un periodo de crisis sin precedentes.

El concierto en Detroit fue una experiencia musical, visual e intelectual extraordinaria. This Is Not a Drill incorpora muchas canciones memorables del repertorio de Pink Floyd cuando lo lideraba Waters pero nunca se transforma en una gira nostálgica. De hecho, Waters no quiere que nadie “se olvide de sus problemas por un rato”. Su principal preocupación en toda la noche fue garantizar que las canciones correspondan a los eventos sociales y políticos en curso.

Interpreta su canción menos conocida de su trabajo en solitario llamada “The Powers That Be” (Los poderes establecidos) de 1987, contra el trasfondo de grabaciones de la policía y bombardeos militares. Las imágenes culminan conmemorando textualmente a casi dos docenas de víctimas de la violencia policial en EE.UU. y otros países. Las protestas furiosas de la audiencia se intensificaron con cada muerte anunciada.

Durante la penetrante canción contra la guerra de 1992, “The Bravery of Being Out of Range” (La valentía de estar fuera de rango), Waters incorpora imágenes de cada presidente estadounidense desde Ronald Reagan con descripciones de sus políticas exteriores asesinas y coloca las palabras “Criminal de Guerra” sobre cada una. En cuanto a Joe Biden, Waters declara que “Apenas está comenzando”. En el crescendo de la canción con el refrán, “Veterano, ¿a quién más matarás?”, aparece una repentina explosión roja y audiovisual sobre la audiencia para generar una sensación de lo que sería ser atacado por un dron o avión militar.

Al final de la espeluznante canción “Run Like Hell” (Corre como alma que lleva el diablo), las imágenes animadas se transforman en grabaciones de un helicóptero arrojando misiles sobre un barrio residencial. El texto explica que son grabaciones de diez civiles y periodistas asesinados en Irak en 2007. Añade que el video fue “filtrado valientemente por Chelsea Manning” y “publicado valientemente por Julian Assange”. Luego, aparecen en grande las consignas “¡Liberen a Julian Assange!” y “¡Encierren a los asesinos!”, generando uno de los gritos más estruendosos de la noche.

El concierto concluye con una nota alta e inquietante que se desarrolla de forma sumamente expresiva. La banda de Waters primero toca una mezcla de las canciones del legendario álbum Dark Side of the Moon (El lado oscuro de la luna) de 1973 —“Us and Them” (Nosotros y ellos), “Any Colour You Like” (Del color que gustes) y “Brain Damage” (Daño cerebral)—. El coro cada vez más alto de cada canción se combina con fotografías de personas de todo el mundo que gradualmente se van multiplicando hasta llegar a cientos de ellas. Son retratos de una gran variedad de seres humanos —víctimas adolescentes de las guerras, trabajadores industriales, madres, niños enfermos, personas sin hogar—. Crea una imagen humana y unificadora que culmina con un amplio panorama al final de “Brain Damage”. Es un recuerdo de Waters de lo mucho que tenemos que perder en el mundo.

A esta mezcla la sigue inmediatamente la canción menos conocida pero poderosa “Two Suns in the Sunset” (Dos soles al atardecer) de 1983. Waters introduce la canción con referencias a los peligros actuales de una guerra nuclear, claramente refiriéndose a la guerra instigada por EE.UU. y la OTAN contra Rusia en Ucrania, que involucra a las mayores potencias nucleares del mundo. Las imágenes campestres y luminosas al inicio, mostrando a una persona manejando por el campo, dan un giro aterrador. Descubrimos que el brillo proviene de un hongo nuclear que incinera a enormes masas de personas.

La sabiduría convencional presentada en incontables revistas literarias y musicales y enseñada en todos los cursos de arte y teatro argumenta que el arte y la política—como si fueran agua y aceite—no se deben combinar. Utilizan regularmente varios ejemplos del pasado como advertencia para intimidar a los artistas jóvenes e inculcarles que involucrarse con cuestiones sociales es un error. En términos más generales, prevalece la noción de que el elemento estético se vale por sí mismo y representa un valor que no tiene nada que ver con las vidas y las preocupaciones de las masas de la población, como si el artista que crea una forma estética y la audiencia que la disfruta fueran máquinas vacías, una que crea la forma y la otra que la admira.

Según la versión oficial, si el artista tiene opiniones fuertes, más vale que se las guarde para sí mismo. Y muchos artistas y músicos, por desgracia, se atienen a estas nociones. Pero Waters no es uno de ellos. Toda la gira de conciertos es una refutación deliberada y consciente de esas ideas. Un mensaje de apertura en la exposición multimedia lo explica: “Si eres una de esas personas que aman a Pink Floyd, pero no soportan la política de Roger, harías bien en irte al bar ahora mismo”. ¡Qué apropiado y elocuente! En realidad, ¿cómo podría ser significativo el arte en nuestra época de agitación y sufrimiento inauditos si no tuviera el elemento de la protesta? ¿Qué estaría diciendo a su público? El artista que acepte la falsa dicotomía entre el arte y la política, que se mantiene en “su lugar”, acabará por no significar nada para nadie y, desde luego, no perdurará.

Los poderes fácticos reconocen el peligro. Aunque This Is Not a Drill ha recibido una cierta cobertura noticiosa favorable, es evidente la falta de información sobre ella en la prensa convencional. Waters denunció recientemente a los medios de comunicación de Toronto después de que éstos se negaran a dar una cobertura significativa de su actuación de dos noches en esa ciudad. Los críticos prefieren su música sin el desagradable enfado.

La decisión de ignorar las actuaciones de Waters en Toronto tiene que ver con su oposición a la guerra de Estados Unidos y la OTAN contra Rusia en Ucrania. El músico ha adoptado una posición de principios sobre el conflicto. Aunque se opone firmemente a la reaccionaria invasión rusa, Waters comentó que una “insurgencia prolongada en Ucrania sería genial para los halcones mafiosos de Washington. Es lo que sueñan”.

Es imposible no sentirse conmovido por la actuación musical de Waters, interesada socialmente e informada históricamente, gracias a la fusión de un trabajo artístico serio y un análisis político incisivo. Waters no presenta una perspectiva política sistemáticamente desarrollada, ni mucho menos el programa de una tendencia concreta. Lo que encuentra expresión en This is Not a Drill es una profunda indignación contra la injusticia, contra la guerra, contra la hipocresía y las mentiras oficiales.

Waters, a sus 78 años, con la energía y el espíritu de un individuo de la mitad de su edad, no está realizando una gira nostálgica. Otros artistas de su edad siguen viajando y tocando sus viejos éxitos, presumiblemente ganándose la vida. La inmensa mayoría de ellos –sobre todo aquellos cuyo arte estaba arraigado en las luchas contra la guerra de Vietnam y por los derechos civiles de los años 60— perdieron su rabia hace décadas. Hicieron la paz social y artística con la sociedad. Tienen que seguir interpretando su material original porque no tienen nada nuevo e importante que decir. Lo peor de todo es que incluso pueden tener un Kennedy Center Honor, esa “ancha cinta del color del arco iris” de la vergüenza, colgada al cuello por los presidentes de EE.UU. cuyas manos están empapadas de sangre.

Waters, en cambio, no es una “leyenda”, es decir, una reliquia. Sigue siendo un artista vivo, que trabaja y piensa. Sigue comprometido, sigue avanzando. Su obra es la respuesta de un artista serio a las condiciones de su tiempo.

La actuación de tres horas fue un tour de force, que cuenta con la participación de músicos excelentes. Waters demuestra en la práctica, en cada actuación de esta gira, la verdad de la propuesta de León Trotsky de que “una protesta contra la realidad... siempre forma parte de una obra realmente creativa”, y que toda nueva tendencia en el arte –y una instalación-concierto de este tipo debe considerarse una “nueva tendencia”— “ha comenzado con una rebelión”.

Waters es un artista serio y, por lo tanto, inquebrantablemente honesto, audaz en sus concepciones sobre el mundo. Su sorprendente arte y su oposición al sistema social existente se entrelazan, se alimentan mutuamente. No se trata de un “izquierdismo” artificial, injertado en un “radicalismo” artificioso y superficial que se cuida de no sobrepasar los límites aceptados. Waters absorbió la “rebelión” en sus huesos y médula hace mucho tiempo, y sigue viviéndola y respirándola. Inspira al público a pensar de forma crítica, a sentir indignación contra lo que existe, y a creer que es posible y necesario crear un mundo nuevo y mejor.

(Publicado originalmente en inglés el 26 de julio de 2022)

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