Del 26 al 29 de marzo, representantes de decenas de organizaciones de la pseudizquierda de todo el mundo se reunieron en Porto Alegre, capital del estado sureño brasileño de Rio Grande do Sul, con motivo de la denominada “I Conferencia Internacional Antifascista por la Soberanía de los Pueblos”. Con 4.000 participantes y un “foro de autoridades y parlamentarios” de unos 40 países, el evento fue celebrado por sus organizadores como un “salto cualitativo en la coordinación internacional” de la izquierda.
El documento adoptado por la conferencia, denominado Carta de Porto Alegre, reconoce los signos explosivos de la crisis imperialista mundial y una creciente radicalización social. Declara:
Esa misma semana tuvo lugar la caravana Nuestra América a Cuba; más de un millón de personas salieron a las calles en Argentina, luchando por la memoria y contra Milei; hubo cientos de miles en la movilización antifascista en el Reino Unido, y especialmente la gran e histórica manifestación “No Kings” (Sin reyes) en los Estados Unidos, donde millones de estadounidenses se reunieron en cientos de ciudades, declarando una vez más a Trump enemigo de la humanidad.
El sistema capitalista-imperialista está atravesando una profunda crisis y un agudo declive económico, social y moral. La respuesta de las potencias imperialistas a su declive ha sido el fomento del fascismo en todas partes, la imposición de políticas neoliberales, la agresión militar contra naciones más débiles y su recolonización.
Pero lejos de representar un paso adelante en la construcción de un movimiento internacional contra el fascismo y la guerra, la Conferencia de Porto Alegre fue una plataforma para fuerzas políticas decididas a bloquear el desarrollo de una respuesta revolucionaria e independiente de la clase trabajadora ante la profundización de la crisis capitalista mundial.
Las fuerzas pseudoizquierdistas reunidas en Porto Alegre, como reconoce la propia “Carta”, “son diversas y presentan diferentes análisis, estrategias y tácticas, programas y políticas de alianza”. Cada una persigue su propia agenda nacionalista sin principios, y son incapaces de llegar a un acuerdo sobre las causas de la crisis internacional y la respuesta necesaria a la misma. Pero convergen en torno a un imperativo fundamental: la necesidad de canalizar la creciente radicalización de las masas de vuelta hacia las podridas estructuras políticas del Estado burgués.
La conferencia fue convocada por las direcciones de los partidos que sostienen al gobierno del presidente Luiz Inácio Lula da Silva y que participan en una campaña para su reelección en las elecciones de octubre en Brasil. Estos son: el propio Partido de los Trabajadores (PT) de Lula, el Partido Socialismo y Libertad (PSOL) y el Partido Comunista de Brasil (PCdoB). Entre estas organizaciones, el papel más activo en la organización del evento lo desempeñó la facción interna del PSOL, el Movimiento de Izquierda Socialista (MES).
Con sus orígenes políticos en el morenismo —la tendencia fundada por el difunto revisionista argentino Nahuel Moreno—, el MES surgió como una corriente interna del PT, con su actividad concentrada en la política electoral en Rio Grande do Sul. Después de que su figura principal, la entonces diputada federal Luciana Genro, fuera expulsada del PT al inicio del primer mandato de Lula (2003–2006), el MES se unió a otras corrientes de la pseudoizquierda para fundar el PSOL.
En el ámbito de las relaciones internacionales, el MES pasó más de dos décadas con el estatus de “organización simpatizante” del Secretariado Unificado pablista —que se presenta fraudulentamente como la “Cuarta Internacional”–. El último congreso de la internacional pablista, celebrado en febrero de 2025, aprobó la admisión del MES como organización miembro de pleno derecho en Brasil.
Al explicar el proceso de organización del evento en Brasil y a nivel internacional, y destacar las fuerzas políticas involucradas —todas directamente vinculadas al establishment político burgués de sus propios países—, el MES escribió en un balance de celebración de la Conferencia Antifascista:
El origen de este triunfo... radica en la unidad entre el PSOL de Rio Grande do Sul y el PT de Porto Alegre, incorporando posteriormente a otros actores como el PCdoB, el MST y Andes, este último responsable, junto con la Fundación Lauro Campos y Marielle Franco, la Fundación Rosa Luxemburg y un esfuerzo del propio MES-PSOL, como garantes estructurales del encuentro. El alcance internacional solo fue posible gracias al esfuerzo global realizado por el Comité para la Abolición de las Deudas Ilegítimas (CADTM), con el camarada Eric Toussaint al frente, para conectar a la Cuarta Internacional (que estuvo representada por docenas de secciones y miembros) y otros sectores que se sumaron al llamado a un frente antifascista internacional, publicado para amplificar la conferencia.
La presencia de diferentes corrientes revolucionarias y socialistas internacionales fue cualitativamente significativa, como la DSA [Socialistas Democráticos de Estados Unidos] (donde la corriente Bread & Roses desempeñó un papel central), parlamentarios de la izquierda europea, con especial peso de La France Insoumise y otros grupos antifascistas de Francia (NPA [Nuevo Partido Anticapitalista], Après, Attac [Association pour la Taxation des Transactions financières et pour l’Action Citoyenne], Le Digue y Jovem Guarda); los dirigentes y parlamentarios del Partido de los Trabajadores de Turquía; la delegación argentina fue la más numerosa, con cerca de 200 personas (compuesta por el comité con Vientos del Pueblo, Libres del Sur, el MST [Movimiento Socialista de los Trabajadores], que tiene una relación histórica con nosotros y se está desarrollando a través de la Liga Socialista Internacional, y la UP [Unidad Popular]); la delegación uruguaya con un autobús del PIT/CNT [Plenario Intersindical de Trabajadores / Convención Nacional de Trabajadores], en la que destacaron el PCU [Partido Comunista del Uruguay] y el Partido de la Victoria Popular. Además de las importantes delegaciones de América del Norte, con decenas de cuadros y dirigentes, como las de Puerto Rico (de Democracia Socialista y Movimiento Victoria Ciudadana, entre otros movimientos) y México (MSP [Movimiento Socialista de los Trabajadores — Poder Popular], ONPP [Organización Nacional del Poder Popular], PRT [Partido Revolucionario de los Trabajadores], así como dirigentes de los trabajadores de la electricidad). De Sudáfrica vinieron compañeros de Zabalaza, así como de Australia, militantes de la Alianza Socialista y de Izquierda Verde.
Resumiendo el horizonte político de la Conferencia, estrictamente limitado a promover frentes electorales con los llamados partidos burgueses “democráticos”, el MES declaró en el mismo artículo:
La unidad expresada en la actividad, con el papel de liderazgo del MES-PSOL y diversos sectores de la Cuarta Internacional, sin exclusión ni imposición de otros sectores, es un paso adelante. La actividad de Porto Alegre nos arma, en el terreno nacional e internacional, para los desafíos que se avecinan, donde la propia elección brasileña será un capítulo clave en la confrontación con el imperialismo y Trump. Tendremos tres elecciones decisivas y polarizadas, con probable interferencia de las grandes empresas tecnológicas: la elección presidencial colombiana, las elecciones generales brasileñas y las elecciones intermedias estadounidenses.
Esta orientación —subordinar la “lucha antifascista” al calendario electoral burgués y a frentes con partidos del establishment— no es un nuevo punto de partida. Es la continuación directa de la política que el PT, el PSOL y el PCdoB han aplicado en Brasil durante los últimos cuatro años en respuesta a la conspiración fascista de Bolsonaro. Que la conferencia propusiera internacionalizar este modelo es, en sí mismo, una confesión de su verdadero carácter.
El golpe de Estado del 8 de enero de 2023 en Brasil y el fraude del “antifascismo” de la pseudoizquierda
Resulta especialmente revelador que la conferencia, celebrada en el propio Brasil y que, según se afirma, surgió a raíz del episodio del 8 de enero, se negara a analizar esa experiencia. El propio coorganizador de la conferencia, Eric Toussaint, en una entrevista en vísperas del evento, identificó el 8 de enero de 2023 como su origen directo: “El 8 de enero de 2023, poco después de perder las elecciones presidenciales frente a Lula, Jair Bolsonaro intentó un golpe de Estado en Brasil. ... Estos episodios pusieron de relieve el peligro que representa el avance de la extrema derecha. De este despertar surgió la idea de organizar una iniciativa antifascista a escala internacional”.
Toussaint fue aún más lejos, al presentar el amplio frente electoral de 2022 como un modelo probado: el PT, el PCdoB y el PSOL habían demostrado que es “posible detener el peligro neofascista”, al superar sus desacuerdos para asegurar la candidatura de Lula. Que la conferencia surgida del 8 de enero rechazara cualquier examen serio de lo que ha ocurrido en Brasil desde entonces —de los resultados concretos de esa estrategia y de lo que revelan sobre el carácter del “frente amplio” como respuesta al fascismo— no es una omisión casual. Es una necesidad política.
El fascismo como producto de la crisis capitalista
Para entender por qué, hay que partir de lo que el PT y sus aliados ocultan deliberadamente: el ascenso de Bolsonaro y su conspiración fascista no fue una aberración política, una desviación patológica del orden burgués normal. Fue, por el contrario, el resultado histórico directo de la crisis de los propios gobiernos del PT. A lo largo de 13 años en el poder federal, el PT subordinó a los sindicatos y movimientos sociales a la gestión del Estado burgués, aplicó políticas de ajuste y austeridad cuando las circunstancias lo exigían y trató el desarrollo capitalista nacional como su horizonte estratégico.
Este proyecto político se derrumbó catastróficamente bajo el peso de las contradicciones acumuladas del capitalismo brasileño en 2015-2016. El resultado no fue simplemente la destrucción de los gobiernos del PT, sino que generó una desilusión masiva y un rechazo de todo el orden político establecido entre la clase trabajadora, abriendo el espacio para que la extrema derecha explotara la ira popular. La conspiración fascista no fue, además, el proyecto personal de un líder excéntrico: de las 37 personas imputadas por la Policía Federal, 25 eran militares en servicio activo o en la reserva, incluidos generales de cuatro estrellas, el excomandante de la Armada y el exministro de Defensa. Se encontraron planes detallados para el asesinato de Lula, el vicepresidente Alckmin y el juez de la Corte Suprema Alexandre de Moraes escritos a máquina dentro del propio palacio presidencial de Planalto. Bolsonaro fue un síntoma de la trayectoria del régimen burgués en su conjunto —y del propio PT.
El “Frente Amplio” como neutralización de la clase trabajadora
Toda la política del PT, el PSOL y el PCdoB ante esta amenaza partió de la premisa opuesta: Bolsonaro debía ser tratado como una aberración, no como un producto del capitalismo en crisis; la “democracia burguesa” debía defenderse en alianza con sus propias instituciones, no a través de la movilización independiente de la clase trabajadora. En la práctica, esto significó ceder a los tribunales y generales burgueses —precisamente las fuerzas que habían participado o tolerado la conspiración— la responsabilidad de desarmar la amenaza fascista. En la toma de posesión de Lula el 1 de enero de 2023, el presidente proclamó que «la democracia fue la gran ganadora». Ocho días después, los partidarios de Bolsonaro saquearon las sedes de los tres poderes del Estado en Brasilia, tolerados por los comandantes militares mientras acampaban a las puertas mismas del Cuartel General del Ejército. El propósito no declarado de esta política era neutralizar a la clase trabajadora como fuerza política independiente. La perspectiva de que el fascismo es una aberración, manejable dentro del régimen existente, conduce inexorablemente a la conclusión de que la movilización autónoma de los trabajadores —que inevitablemente pondría en tela de juicio no solo a Bolsonaro, sino al sistema capitalista que lo produjo— era innecesaria y peligrosa.
De la debacle electoral a la nueva ofensiva fascista
Los resultados de esta estrategia comenzaron a surgir claramente en las elecciones municipales de octubre de 2024. La campaña de Guilherme Boulos a la alcaldía de São Paulo fue emblemática: promovido por el propio Lula como el candidato capaz de “barrer el bolsonarismo de São Paulo”, el líder del PSOL adoptó posiciones cada vez más de derecha: prometiendo “equilibrio fiscal”, reforzando el aparato policial y llegando incluso a participar cordialmente en una transmisión en vivo con Pablo Marçal, el candidato más abiertamente fascista en la contienda. El resultado fue una derrota aplastante, concentrada precisamente en las periferias más pobres de la ciudad. La «izquierda populista» no solo fracasó, sino que su capitulación ante las posiciones de la derecha no le ganó nuevos votantes.
La catástrofe se agravó en septiembre de 2025, cuando la Corte Suprema condenó a Bolsonaro a 27 años de prisión. Este veredicto fue aclamado por la pseudoizquierda como la confirmación definitiva de su estrategia. Pero la condena no puso fin a la ofensiva fascista; le proporcionó una nueva plataforma. Una campaña de “amnistía” obtuvo la mayoría en el Congreso, los gobernadores de los estados más poderosos del país encabezaron manifestaciones masivas en apoyo a Bolsonaro, y Flávio Bolsonaro emerge hoy como segundo en las encuestas presidenciales. El gobierno de Lula ha respondido buscando construir un nuevo “frente amplio” que incorpore precisamente a los partidos que votaron a favor de la amnistía para los golpistas.
La “Conferencia Antifascista Internacional” rechazó cualquier examen honesto de esta experiencia, a pesar de que se desarrolló en el mismo país que acogió el encuentro y fue declarada su razón de ser. Esto es más que una omisión intelectual. Es una confesión de que el modelo político que la conferencia buscaba internacionalizar no sobreviviría al escrutinio de su propia historia reciente. La catástrofe brasileña no es un accidente: es el resultado necesario de una política que niega las raíces capitalistas del fascismo, subordina a la clase trabajadora al Estado burgués en crisis y transforma la “lucha antifascista” en una tapadera política para la administración del orden existente.
El legado del Foro Social Mundial
La catástrofe de los últimos cuatro años no es, sin embargo, meramente el resultado de errores tácticos o de un oportunismo coyuntural. Es la expresión de una perspectiva política a más largo plazo cuyas raíces se hunden mucho más allá del ciclo de Bolsonaro. El PT y sus aliados de la pseudoizquierda no solo no supieron responder al fascismo, sino que ellos mismos crearon las condiciones históricas para su surgimiento. Lo hicieron subordinando a la clase trabajadora al Estado burgués durante décadas y promoviendo, en cada momento de crisis, la ilusión de que el orden capitalista podía reformarse desde dentro mediante frentes electorales y presión institucional. Para comprender plenamente lo que representa la Conferencia de Porto Alegre, es necesario situar este programa político dentro de su genealogía histórica.
No es casualidad que la conferencia se celebrara en Porto Alegre y que la “Carta de Porto Alegre” respalde explícitamente la celebración del próximo Foro Social Mundial (FSM) en Benín en agosto de 2026. La elección de la ciudad fue deliberadamente simbólica. Como explicó el propio Toussaint, se buscaba evocar la tradición del FSM, fundado en Porto Alegre en 2001. Esta conexión es profundamente reveladora, porque la trayectoria del FSM es el reflejo exacto de lo que la Conferencia Antifascista promete repetir.
El FSM fue, según Toussaint, “en gran medida fruto de una unión entre el Partido de los Trabajadores de Brasil de Luiz Inácio Lula da Silva y ATTAC”. Esta última surgió como un centro de estudios semioficial del Partido Socialista francés cuyo programa político máximo era un “impuesto Tobin” sobre las transacciones financieras. Se eligió Porto Alegre como sede de las primeras reuniones del FSM porque el PT había gobernado la ciudad durante cuatro administraciones consecutivas, presentando el “Presupuesto Participativo” como un supuesto “primer paso” hacia el socialismo a través del Estado burgués. Lejos de ser una plataforma autónoma de la clase trabajadora, el FSM fue financiado por la Fundación Ford, el Banco Mundial, la Comisión Europea, las Naciones Unidas y gobiernos europeos, con el 60 por ciento de su financiamiento proveniente de ONG que funcionan como instrumentos políticos de los gobiernos y las corporaciones que las financian.
El momento políticamente más revelador en la historia del FSM ocurrió en enero de 2003, en la tercera edición del foro. Luiz Inácio Lula da Silva —recién juramentado como presidente de Brasil— se dirigió a 100.000 participantes en Porto Alegre y, horas más tarde, abordó un avión con destino a Davos, donde se reunió con banqueros y jefes de Estado. Su gobierno estaba en ese momento elevando las tasas de interés al 25,5 por ciento y comprometiéndose a pagar una deuda de 260 mil millones de dólares en los términos del FMI. La directora gerente del FMI, Anne Krueger, elogió públicamente las políticas económicas del nuevo gobierno. El FSM sirvió así como tapadera ideológica para un partido que se había convertido en el guardián de la austeridad burguesa justo en el momento en que se presentaba como la vanguardia de “otro mundo posible”.
Nada expone mejor la continuidad entre el FSM y la Conferencia de 2026 que el hecho de que el mismo PT que organizó Porto Alegre 2001 organizó Porto Alegre 2026. Además, el Lula que voló de Porto Alegre a Davos en 2003 es el mismo Lula que hoy recorta el gasto público en 327 mil millones de reales y lidera las encuestas electorales con el apoyo de un PSOL que votó, en marzo de 2026, a favor de respaldar a Lula en la primera vuelta sin presentar ningún candidato propio.
La trayectoria del FSM también documentó el espectacular fracaso de todas las experiencias políticas que el foro promovió. El FSM de Caracas (2006) celebró a Hugo Chávez y su “socialismo del siglo XXI”, un proyecto que culminó en el colapso económico de Venezuela, el secuestro de Nicolás Maduro y la imposición del control neocolonial de EE. UU. sobre Venezuela y su riqueza petrolera.
El “altermundismo” europeo abrazado por el FSM dio lugar a Syriza en Grecia y a Podemos en España, partidos que llegaron al poder con una retórica radical y procedieron a aplicar la austeridad impuesta por las instituciones financieras internacionales. En Porto Alegre no se presentó ningún balance de ninguna de estas experiencias. La Carta simplemente retoma el lema del FSM —“otro mundo es posible”— y lo redefine como un “futuro socialista, ecológico, democrático, feminista y antirracista”, sin decir una palabra sobre lo que les sucedió a todos los gobiernos que prometieron exactamente eso.
Lo que necesita la clase trabajadora
La I Conferencia Internacional Antifascista por la Soberanía de los Pueblos no representa un paso adelante en la lucha contra el fascismo y el imperialismo. Representa, por el contrario, un nuevo capítulo en la historia de la contención política de la lucha de la clase trabajadora por parte de los aparatos de la pseudoizquierda. Esta es una historia cuyos capítulos anteriores incluyen el FSM, la Marea Rosa, Syriza y Podemos. En cada caso, la radicalización de las masas fue canalizada hacia el marco de la política burguesa, y el resultado fue el debilitamiento, no el fortalecimiento, de la resistencia de la clase trabajadora frente al fascismo y el imperialismo.
La clase obrera latinoamericana pagó un precio devastador en la segunda mitad del siglo pasado por la subordinación de la clase obrera, por parte de la socialdemocracia, el estalinismo y el pablismo, a diversas formas de nacionalismo burgués, lo que desarmó políticamente a las masas frente a brutales dictaduras. La perspectiva que ofrece la Conferencia de Porto Alegre —el “frente amplio” con los partidos burgueses, la subordinación de la lucha de clases al calendario electoral, un “internacionalismo” que es, en la práctica, una colección de diversas campañas nacionales— es la repetición de esa misma política catastrófica en nuevas circunstancias.
Para evitar traiciones y derrotas aún más devastadoras en un momento de profundización de la crisis capitalista mundial y del auge real del fascismo, el único camino a seguir para los trabajadores brasileños y latinoamericanos es construir una dirección política independiente de la clase obrera, rompiendo con el PT, el PSOL y todos los partidos que subordinan la lucha de los explotados a los intereses de las clases dominantes. Esto requiere la construcción de secciones del Comité Internacional de la Cuarta Internacional en todos los países de América Latina. Representa la única tradición política que analizó y predijo la trayectoria de capitulación de estas tendencias, y que defiende la unidad internacional de la clase trabajadora no como retórica electoral, sino como un programa para la revolución socialista mundial.
(Artículo publicado originalmente en inglés el 21 de abril de 2026)
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