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8 de mayo: Cómo se está borrando de la memoria la victoria de la Unión Soviética sobre los nazis

Los días 8 y 9 de mayo de 1945, la Segunda Guerra Mundial llegó a su fin. El Ejército Rojo entró en Berlín; el régimen de Hitler había sido derrotado. La campaña de exterminio de los nazis contra la Unión Soviética y su búsqueda de un «espacio vital en el Este» terminaron en una derrota catastrófica. Hoy, 81 años después, el imperialismo alemán intenta borrar esta humillación.

La bandera soviética izada sobre el Reichstag el 2 de mayo de 1945.

La campaña ideológica en torno al 81.º aniversario del fin de la guerra este año se caracterizó por un revanchismo descarado. Se pretende borrar de la memoria la victoria de la Unión Soviética sobre Alemania. El día conmemorativo del 8 de mayo se está utilizando de manera cada vez más abierta y descarada como una oportunidad para falsificar la historia y crear las condiciones ideológicas para las guerras del presente.

Mientras los visitantes de los monumentos soviéticos en Berlín depositaban coronas de flores en honor a los soldados del Ejército Rojo y conmemoraban a las víctimas del terror nazi, el gobierno alemán se está rearmando a un ritmo sin precedentes desde 1945. Una nueva guerra mundial ya se está desarrollando en varios frentes. La guerra en Ucrania ha entrado en su cuarto año, y la guerra de agresión de Estados Unidos e Israel contra Irán amenaza con incendiar toda la región.

Alemania está, en efecto, una vez más en guerra con Rusia y se arriesga a una escalada nuclear. En las semanas previas al aniversario, el gobierno alemán presentó la nueva Ley de Reclutamiento, publicó una estrategia militar alemana por primera vez desde el fin de la guerra y acordó una «asociación estratégica» con Ucrania que prevé la producción conjunta de armas y la explotación económica de Ucrania. Se está reforzando la brigada blindada alemana en Lituania, que está estacionada permanentemente en las inmediaciones del territorio ruso.

Cuanto más agresivamente avivan los imperialistas alemanes la guerra contra Rusia, menos pueden tolerar que la gente recuerde los crímenes nazis de la última guerra mundial —y quién fue fundamental para derrotar a los fascistas. La victoria del Ejército Rojo sobre la Alemania nazi, la lucha de millones de trabajadores soviéticos de todas las nacionalidades que dieron su vida para defender los logros de la Revolución de Octubre, está siendo borrada de la memoria colectiva. Porque es esta memoria la que se interpone en el camino de la nueva política de guerra.

La clase dominante está intentando por todos los medios imaginables demonizar a la Unión Soviética y desterrarla de la conciencia pública. El 8 de mayo, las prohibiciones de símbolos, banderas y canciones soviéticas volvieron a estar en vigor alrededor de los monumentos soviéticos en Berlín y en el Museo de Karlshorst —el lugar donde se firmó la rendición en mayo de 1945. A un visitante incluso se le negó la entrada al museo porque llevaba una bufanda de la asociación antifascista VVN (Asociación de Víctimas de la Persecución Nazi). Su madre había sido una judía perseguida, y su padre, un comunista y combatiente de la resistencia, había sido torturado por las SA (Sturmabteilung, o División de Asalto), informa el periódico Neues Deutschland.

El gobierno apenas se atreve a pronunciar las palabras «Unión Soviética». El canciller Friedrich Merz se contentó con una breve publicación en X, en la que declaró, entre otras cosas, con motivo del 81.º aniversario: «El 8 de mayo de 1945 trajo la liberación: para millones de personas, para Alemania, para Europa».

¿Liberación de qué y por quién? Ni una palabra sobre el hecho de que fue principalmente el Ejército Soviético el que liberó a Alemania del fascismo. En la conferencia de prensa federal del 8 de mayo, el periodista Tilo Jung preguntó al portavoz adjunto del Gobierno, Steffen Meyer, por qué Merz no había mencionado a la Unión Soviética. Cuando volvió a preguntarle directamente a Meyer quiénes habían sido los liberadores, este se negó a responder. El Gobierno no solo se niega a reconocer la lucha del Ejército Soviético, sino que quiere convertirla en un tema tabú.

El expresidente federal Joachim Gauck fue más explícito en el acto conmemorativo oficial celebrado en la Cancillería del Estado de Sajonia, en Dresde. Admitió que los vencedores soviéticos habían desempeñado un papel importante en el derrocamiento del «sanguinario régimen nazi», pero añadió inmediatamente que el ejército liberador se había convertido en un ejército de opresión. Para Gauck, la lucha contra el fascismo se convierte en un episodio que quedó rápidamente eclipsado por los crímenes soviéticos. Se trata de una distorsión calculada de la historia.

Gauck es un especialista en explotar la historia del estalinismo y de la RDA (Alemania Oriental) para la propaganda anticomunista. No es casualidad que el antiguo jefe de la Agencia de Archivos de la Stasi fuera elegido presidente federal en 2012, un año antes de que Alemania proclamara abiertamente el retorno a una política agresiva de gran potencia. Esta vez, bajo el pretexto de la «capacidad de defensa», abogó por el rearme. El mantenimiento de la paz no debe «confundirse con pacifismo, inacción, ilusiones y indefensión», según Gauck. «La paz es una virtud muy importante; la indefensión no lo es».

Hitler habría estado totalmente de acuerdo. ¿Acaso no era el propósito de la Wehrmacht —como sugiere el nombre [en alemán, «Wehrhaft» significa «defensivo»]— salvaguardar las capacidades defensivas de los alemanes, de hecho de toda Europa, contra la amenaza que representaba el bolchevismo soviético? Los gobiernos alemanes siempre han justificado todas las guerras como «mantenimiento de la paz».

El Berliner Zeitung señaló: «Ni una palabra sobre los 27 millones de muertos en la Unión Soviética. Ni una mención a que el Frente Oriental soportó el peso de la guerra». El llamado de Gauck al rearme ante la guerra en Ucrania parecía una «explotación de la fecha histórica para la política de seguridad actual».

El ministro de Cultura, Wolfram Weimer, conocido por sus ataques reaccionarios contra artistas, libreros y cineastas de izquierda, emitió un comunicado de prensa el 8 de mayo en el que se busca en vano cualquier mención a la Unión Soviética o al Ejército Rojo. Hubo dos referencias a la «guerra de aniquilación», pero no se informa contra qué país se dirigió.

Weimer escribió que los crímenes nazis «no deben relativizarse ni ponerse en duda». Viniendo de un nacionalista de extrema derecha como Weimer, esto es pura farsa. De hecho, él mismo está impulsando la reescritura de la historia. Con su apoyo, dice Weimer, se está revisando actualmente la exposición permanente del Museo de Berlín-Karlshorst sobre la guerra de exterminio nazi. La intención es «incorporar los resultados de investigaciones recientes con perspectivas europeas más amplias». Además, se establecerá en el museo una nueva red de expertos en relaciones germano-rusas, cuyo objetivo es «abordar críticamente los mitos históricos del actual gobierno ruso».

Detrás de estas formulaciones académicamente enrevesadas se esconde una agenda revisionista concreta: las narrativas históricas nacionalistas y antisoviéticas, que prevalecen en los países bálticos y de Europa del Este y que ya se difundieron en una exposición especial del museo sobre el Pacto Hitler-Stalin, se están abriendo paso ahora en la exposición permanente.

La campaña contra los monumentos soviéticos

Los ataques contra la Unión Soviética se hacen más evidentes en la campaña reavivada contra los monumentos soviéticos, que conmemoran a los aproximadamente 13 millones de soldados soviéticos que cayeron en combate. Hoy en día, son una espina clavada para la clase dominante porque le recuerdan al mundo entero lo que produce la guerra.

Tras la demolición de cientos de monumentos soviéticos en Ucrania y los Estados bálticos en los últimos años, junto con la erección de nuevos monumentos a colaboradores fascistas como Stepan Bandera, ahora se están realizando esfuerzos en Alemania para poner fin a la conmemoración de la victoria del Ejército Rojo. La campaña avanza paso a paso.

En los tratados de 1990 con la URSS y posteriormente con Rusia, la República Federal de Alemania se comprometió a preservar y mantener los monumentos y las tumbas de guerra soviéticos en Alemania. Por lo tanto, la demolición, como ha ocurrido en Ucrania, no es legalmente posible sin más. En cambio, se exige un «rediseño» y una «contextualización» de los monumentos conmemorativos.

Monumento soviético en el parque Treptower (Berlín) [Photo by Gavailer / wikimedia / CC BY-SA 4.0]

La atención se centra en los tres monumentos conmemorativos de Berlín: el del Tiergarten, donde están enterrados unos 2.500 soldados; el del Treptower Park, el mayor monumento de este tipo en Alemania, donde descansan 7.200 soldados; y el de la Schönholzer Heide, en el distrito de Pankow, el mayor cementerio militar soviético, con unos 13.200 soldados caídos del Ejército Rojo. El monumento de Dresde también está siendo cuestionado: se trata del memorial más antiguo dedicado al Ejército Rojo en Alemania, inaugurado inmediatamente después de la guerra en 1945.

Los llamamientos a la remoción o modificación de los monumentos no son nuevos. Ya en 2014, al inicio de la crisis de Ucrania, la prensa de derecha Springer había pedido el desmantelamiento del monumento en el Tiergarten. Tras la invasión reaccionaria de Rusia a Ucrania en febrero de 2022, el tanque soviético que se encuentra allí fue cubierto con una bandera ucraniana y el monumento en el Parque Treptower fue pintado con esvásticas y consignas antirrusas.

Ahora la ofensiva entra en una nueva fase. Los socialdemócratas (SPD) y los Verdes presentaron mociones en la Cámara de Representantes del Estado de Berlín pidiendo una «contextualización» de las citas de Stalin en el monumento de Treptow y la inclusión de los demás Estados sucesores de la Unión Soviética en el manejo de los monumentos —varios de los cuales están aplicando una política de remoción rigurosa de los monumentos soviéticos—. El Partido de Izquierda de Berlín aceptó dicha moción en las comisiones.

En la semana previa al aniversario del 8 de mayo, la asociación berlinesa Vitsche organizó una «Semana del Recuerdo Ucraniano» con el objetivo declarado de liberar la cultura del recuerdo alemana de las «narrativas soviéticas» y, en su lugar, fortalecer el nacionalismo ucraniano. En la inauguración intervinieron el embajador ucraniano Oleksii Makeiev, el político del Partido Verde Robin Wagener y el historiador Kai Struve, presidente de la Comisión de Historiadores Germano-Ucranianos.

Además de eventos públicos y un nuevo y manipulador «museo interactivo» sobre la guerra en Ucrania en el Berlin Story Bunker, Vitsche también organizó una «marcha conmemorativa performativa» por Berlín-Mitte, en la que se reclamaba un lugar conmemorativo específico para las víctimas ucranianas de la guerra como contrapartida a los monumentos soviéticos. Según Vitsche, la memoria soviética no reconoce el «sufrimiento particular de Ucrania». «Todas las víctimas fueron contabilizadas como ciudadanos soviéticos; las identidades nacionales fueron borradas», afirman.

La munición teórica para esta campaña la proporciona, entre otros, la historiadora de Europa del Este Franziska Davies, investigadora del Centro Leibniz de Historia Contemporánea de Potsdam, quien también participó como ponente en la «Semana del Recuerdo Ucraniano».

En una detallada entrevista el 9 de mayo con la agencia estatal de noticias ucraniana Ukrinform, Davies describió sin rodeos a la Unión Soviética como un «imperio colonial ruso» y pidió una «descolonización» de la cultura del recuerdo, incluida la «reevaluación de los monumentos soviéticos». Sin embargo, lamentó que en Alemania aún haya una falta de conciencia al respecto.

Die Zeit también publicó una provocativa entrevista el 9 de mayo bajo el titular: «¿Puede esto seguir en pie?». En ella, la historiadora de arte ucraniana Yevheniia Moliar propuso modificar los monumentos con letreros, códigos QR e «intervenciones artísticas» con el fin de «romper el dominio ruso en estos lugares y también en toda Alemania».

No es casualidad que el segundo entrevistado sea nada menos que el académico de extrema derecha Jörg Baberowski, el hombre que ya en 2014 declaró que «Hitler no era malvado» y que sistemáticamente trivializa y justifica los crímenes nazis en la Unión Soviética. Como profesor de historia de Europa del Este en la Universidad Humboldt de Berlín, sigue desempeñando un papel clave en la reescritura de la historia y en la normalización de las opiniones de la extrema derecha de Alternativa para Alemania.

En la entrevista de Zeit en cuestión, señaló que el gobierno alemán no puede realizar ningún cambio en los monumentos conmemorativos sin rescindir el tratado con Rusia, para luego exigir precisamente eso en la misma frase: «Si fuera por mí, rescindiría el tratado». Moliar también aboga por destacar las diferentes nacionalidades de los soldados del Ejército Rojo enterrados allí.

La lógica de clase detrás de los ataques contra la Unión Soviética

Estos ataques nacionalistas contra la Unión Soviética se basan en una distorsión de la historia. Como demuestra Jochen Hellbeck en detalle en su último libro, «El enemigo mundial número 1», la guerra de Hitler en el Este se dirigió principalmente contra la Unión Soviética. En esa guerra, la expansión del imperialismo alemán hacia el Este convergió con el anticomunismo de los nazis, quienes propagaban la lucha contra el «bolchevismo judío» y buscaban revertir la Revolución de Octubre. Esta es la única forma de explicar las campañas de exterminio masivo de los nazis, de las que fueron víctimas 27 millones de ciudadanos soviéticos.

Los nazis trataron a todos los prisioneros de guerra soviéticos como representantes del despreciado bolchevismo y los sometieron a un «trato especial» bárbaro, en violación de la Convención de Ginebra de 1929. En consulta con la dirección nazi, el mando de la Wehrmacht hizo que más de 3 millones de los 5,7 millones de prisioneros de guerra soviéticos fueran asesinados deliberadamente mediante fusilamientos masivos, inanición, epidemias y trabajos forzados.

Por el contrario, millones de obreros y campesinos de todas las repúblicas soviéticas se unieron al Ejército Rojo para defender los logros de la Revolución de Octubre —y no por sus respectivas naciones—. Lucharon codo a codo por la Unión Soviética y salieron victoriosos a pesar de las políticas devastadoras de Stalin y del terror y la brutal persecución de las minorías y grupos nacionales por parte de la NKVD.

Si los crímenes de Stalin se están utilizando ahora para menospreciar la heroica lucha de los soldados del Ejército Rojo y para reforzar el nacionalismo de las antiguas repúblicas soviéticas, esto constituye una falsificación de la historia en dos aspectos.

En primer lugar, Stalin no fue el heredero legítimo de Lenin, sino el sepulturero de la Revolución Rusa. Tras la muerte de Lenin en 1924, la burocracia soviética bajo Stalin se hizo con el poder y transformó la URSS en una dictadura que oprimió a la clase trabajadora y asesinó a la flor y nata de la revolución en el Gran Terror de la década de 1930.

En segundo lugar, fue el propio Stalin quien resucitó el nacionalismo, lo que finalmente culminó en la disolución de la Unión Soviética por parte de la burocracia estalinista. Cuando los jefes de Estado de Rusia, Ucrania y Bielorrusia —Boris Yeltsin, Leonid Kravchuk y Stanislav Shushkevich— decidieron disolver la URSS el 8 de diciembre de 1991, sin ninguna legitimidad democrática, abrieron el territorio de la Unión Soviética a las ambiciones imperialistas y crearon la multitud de miniestados postsoviéticos que ahora se enfrentan entre sí, lo que constituye la base de la guerra en Ucrania.

La desaparición de la Unión Soviética y la rehabilitación de los movimientos nacionales en las repúblicas soviéticas que colaboraron con los nazis sirven al objetivo transparente de rehabilitar las viejas narrativas anticomunistas de los nazis, que se utilizaron para justificar la guerra contra la Unión Soviética. Al rehabilitar a los colaboradores, se rehabilita en última instancia a los nazis y se legitima la política bélica actual.

En un artículo para el Berliner Zeitung del 9 de mayo, la investigadora ucraniana del Holocausto Marta Havryshko advierte contra el mito de Bandera en Ucrania y cita un discurso pronunciado por un oficial del Tercer Cuerpo de Asalto, vinculado a Azov, en un acto conmemorativo de la 14.ª División de Granaderos de las SS: «Hace 83 años, miles de voluntarios ucranianos se unieron a la defensa de Europa contra una invasión de Moscú, tal como lo estamos haciendo hoy».

Havryshko, a quien el World Socialist Web Site defendió contra una campaña de desprestigio en Ucrania, comentó: «Los soldados ucranianos modernos han sido equiparados simbólicamente con hombres que juraron lealtad a Hitler y lucharon por el Tercer Reich». Continuó: «Según esta lógica, la Alemania nazi aparece como el mal menor en comparación con el Kremlin. La idea general es que la vida bajo Hitler era mejor que la vida bajo Stalin. Un peligroso deslizamiento hacia el revisionismo histórico y la apologética nazi».

Además, la distorsión de la historia contra la Unión Soviética tiene como objetivo eliminar el primer estado obrero del mundo —y, por lo tanto, la Revolución de Octubre— de los libros de historia y de la memoria colectiva. La Revolución Rusa de 1917 fue la mayor transformación de la historia y demuestra que es posible una alternativa al capitalismo. Asestó un duro golpe a la clase dominante e inspiró a los trabajadores y a los pueblos oprimidos de todo el mundo a levantamientos masivos y revoluciones. La independencia nacional de las antiguas colonias habría sido tan impensable sin la Revolución de Octubre como los logros sociales en las naciones industrializadas.

Hoy en día, todos estos logros están siendo atacados en todos los frentes. “Todo lo que había ocurrido tras la revolución —el auge de la clase obrera internacional, el monumental movimiento global de las masas oprimidas contra el imperialismo y los avances sociales que se ganaron tras la derrota de la Alemania nazi en 1945 y la victoria de la Revolución China en 1949— iba a ser revertido», explicó David North en su discurso del Primero de Mayo de este año, refiriéndose a las guerras de EE. UU. y a la contrarrevolución social.

Lo que las potencias imperialistas realmente buscan imponer con sus bombas y misiles, así como mediante el aplastamiento de los derechos sociales de los trabajadores, tiene su base ideológica en la eliminación de la Revolución de Octubre. Los políticos y los medios de comunicación creen seriamente que pueden simplemente borrar el acontecimiento más importante del siglo pasado.

Sin embargo, en realidad, tanto los horrores de la guerra mundial y el fascismo como las luchas de la clase trabajadora están profundamente arraigados en la conciencia de masas. Es por eso que la gran mayoría rechaza la política de la guerra. Pero para transformar este rechazo en un movimiento consciente, es esencial contrarrestar la falsificación de la historia y mantener viva la memoria del fascismo y la guerra, por un lado, y de la Revolución de Octubre, por el otro.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 9 de junio de 2026)

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