El lunes, el ministro de Defensa alemán, Boris Pistorius, visitó Lituania para participar en el primer ejercicio de gran envergadura de la 45.ª Brigada Blindada de la Bundeswehr, estacionada en ese país. El hecho de que la visita se haya llevado a cabo precisamente en el 85.º aniversario de la invasión alemana de la Unión Soviética es más que una provocación. Demuestra la naturaleza de la ofensiva bélica de la OTAN contra Rusia en Ucrania, que cada vez está más dirigida por las potencias europeas y, en particular, por Berlín.
En el ejercicio “Freedom Shield” (Escudo de la Libertad), alrededor de 2.900 soldados de ocho países de la OTAN —una gran proporción de ellos de Alemania— se están entrenando en el campo de entrenamiento de Pabradė, a solo unos 20 kilómetros (12,4 millas) de la frontera con Bielorrusia. Participan alrededor de 800 vehículos, tanques, artillería y más de 300 drones. El ejercicio enfoca la guerra de alta tecnología en el flanco oriental de la OTAN: combate con y contra drones, la interacción de sistemas no tripulados con tanques y artillería, reconocimiento, despliegue rápido y operaciones de mando y control en las inmediaciones de Bielorrusia y el enclave ruso de Kaliningrado.
Se prevé que la brigada alemana esté plenamente operativa para fines de 2027, con 4.800 soldados y 200 empleados civiles. Alrededor de 1.800 miembros de la Bundeswehr ya están estacionados de manera permanente en Lituania. Se trata del primer estacionamiento permanente de una formación de combate alemana en el extranjero desde el final de la Segunda Guerra Mundial. En Rūdninkai, cerca de la frontera con Bielorrusia, se está construyendo una ciudad militar alemana: cuarteles, depósitos de municiones, áreas logísticas, talleres de mantenimiento para tanques y otros vehículos de combate, así como campos de tiro e instalaciones de entrenamiento.
Durante su visita, Pistorius dejó en claro que estos planes de guerra se llevarán a cabo mediante el reclutamiento forzoso. Aunque el gobierno federal afirma que quiere formar la brigada principalmente con voluntarios, el ministro de Defensa admitió que “probablemente” habrá soldados a los que habrá que obligar a alistarse. El inspector del Ejército, el teniente general Christian Freuding, fue más explícito: un ejército no funciona solo con el servicio voluntario, dijo. Añadió que se garantizaría que los soldados “reciban su misión en el momento y lugar adecuados”. Luego dijo: “Y estaremos operativos para fines de 2027. Punto”.
Este lenguaje es inequívoco. El gobierno federal no se está preparando para una «disuasión» abstracta, sino para la guerra contra Rusia. La Bundeswehr se está desplegando en el frente oriental, la sociedad se está militarizando, se está reintroduciendo el servicio militar obligatorio y, de ser necesario, se obligará a los soldados a desplegarse en la frontera con Rusia.
El momento en que se realizó la visita de Pistorius tiene una enorme importancia histórica. El 22 de junio de 1941, la Alemania nazi invadió la Unión Soviética. Esto marcó el inicio de la mayor guerra de aniquilación de la historia. Tres millones de soldados alemanes, 600.000 vehículos motorizados, 3.350 tanques, 7.000 piezas de artillería y 3.900 aeronaves cruzaron la frontera. El ejército invasor no solo llevaba armas, sino también planes detallados de exterminio. Lo acompañaban los Einsatzgruppen, cuya tarea consistía en asesinar sistemáticamente a comunistas, partisanos, judíos y sinti.
La guerra en el Este se planeó desde el principio como una guerra de aniquilación. Su objetivo no era solo la conquista militar, sino el exterminio del “bolchevismo judío”, la esclavitud y la aniquilación de la población eslava y la creación de un Lebensraum alemán en el Este. Se arrasaron pueblos enteros, se fusiló en masa a civiles, se condujo a los judíos a fosas y se los asesinó, y se mató sistemáticamente de hambre a los prisioneros de guerra soviéticos.
La Orden de los Comisarios ordenaba la ejecución inmediata de los comisarios políticos. El Decreto sobre la Jurisdicción Militar dejaba a la población civil prácticamente fuera de toda protección legal. El llamado Generalplan Ost preveía la expulsión, la esclavitud y el asesinato de millones de personas.
El balance fue espantoso. Al menos 27 millones de ciudadanos soviéticos perdieron la vida, la gran mayoría de ellos civiles. Tres millones de prisioneros de guerra soviéticos fueron asesinados o murieron a causa del hambre, el frío y los trabajos forzados. Solo el bloqueo de Leningrado se cobró la vida de cientos de miles de civiles. En Babi Yar, cerca de Kiev, escuadrones de la muerte alemanes fusilaron a 33.771 judíos —hombres, mujeres y niños— en dos días. En los meses siguientes, decenas de miles más fueron asesinados en ese mismo lugar.
Lituania fue uno de los países donde los nazis y sus colaboradores locales cometieron crímenes particularmente espantosos. Antes de la guerra, Vilna era un importante centro de la vida judía. Tras la invasión alemana, los judíos de Lituania fueron privados de sus derechos, confinados en guetos y asesinados a una velocidad impresionante. En Ponary, cerca de Vilna, unidades alemanas y auxiliares lituanos fusilaron a decenas de miles de judíos, comunistas, prisioneros de guerra soviéticos e intelectuales polacos. El exterminio de los judíos de Lituania es uno de los capítulos más horribles del Holocausto.
El hecho de que los tanques alemanes vuelvan a avanzar hacia la frontera rusa precisamente en este país demuestra que el imperialismo alemán se está expandiendo nuevamente hacia el este, 85 años después del inicio de la guerra de aniquilación. Lo que se proclamó después de 1945 como “Nunca más” se ha convertido desde hace mucho en su contrario. Los crímenes del imperialismo alemán se minimizan, se relativizan o se ocultan, mientras Alemania busca una vez más convertirse en la principal potencia militar de Europa.
La nueva estrategia militar presentada en abril por Pistorius y el inspector general Carsten Breuer formula este objetivo abiertamente. Se define a Rusia como el principal adversario. Se pretende convertir a la Bundeswehr en el “ejército convencional más fuerte de Europa”. El Estado, la economía y la sociedad deben alinearse con la guerra en el marco de la “defensa total”. El Plan de Operaciones Alemania transforma a la República Federal en un centro logístico para las operaciones de la OTAN en el frente oriental. Carreteras, ferrocarriles, puertos, aeropuertos, hospitales, empresas, administraciones y la fuerza laboral se están incorporando a la planificación bélica.
La brigada en Lituania es un elemento central de esta estrategia. Alemania no solo quiere mover tropas, armas y suministros en la retaguardia, sino estar presente en el frente mismo. La frase de Friedrich Merz, que ahora incluso aparece en la pared del histórico ayuntamiento de Vilna, resume el programa: “La seguridad de Lituania es también nuestra seguridad. La protección de Vilna es la protección de Berlín”. La clase dominante alemana vuelve a definir a Europa del Este como el campo de acción estratégico de la política de poder alemana.
Esta política está indisolublemente ligada a la escalada de la guerra de la OTAN en Ucrania.
Durante la visita de Zelensky a Berlín en abril, Alemania y Ucrania firmaron una “asociación estratégica” que impulsa la fusión de la industria armamentística alemana con el aparato bélico ucraniano. Alemania apoya la producción de drones, sistemas de defensa aérea, municiones y sistemas de armas de largo alcance.
Durante su visita a Kiev en mayo, Pistorius anunció que Alemania y Ucrania tenían la intención de desarrollar y producir conjuntamente drones y otros sistemas de armas no tripulados con alcances de hasta 1.500 kilómetros (932 millas). Esto permite lanzar ataques contra Moscú y San Petersburgo, así como contra centros industriales, puertos, aeródromos y centros de mando en el interior de Rusia —lo cual ya está ocurriendo con creciente frecuencia—.
La afirmación de que se trata de defender a Ucrania o a Europa contra un agresor ruso es una mentira política. La OTAN provocó la guerra mediante su expansión hacia el este, que se prolongó durante décadas; el golpe de Estado de 2014 en Kiev, respaldado por Washington y Berlín; y la transformación sistemática de Ucrania en un puesto avanzado militar contra Rusia. Desde la invasión rusa en febrero de 2022, las potencias de la OTAN han intensificado aún más la guerra. Suministran armas, entrenan a soldados ucranianos, proporcionan datos de reconocimiento y de selección de objetivos, coordinan la logística y facilitan ataques en el interior de Rusia.
Al hacerlo, Berlín está colaborando con un régimen en Kiev que se apoya abiertamente en fuerzas fascistas y rehabilita a los colaboradores nazis ucranianos de la Segunda Guerra Mundial. La veneración de Stepan Bandera, Andriy Melnyk y la Organización de Nacionalistas Ucranianos (OUN) no es un fenómeno marginal, sino parte de la ideología oficial del Estado. Estas fuerzas colaboraron con los nazis durante esa guerra y participaron en pogromos antisemitas, limpieza étnica y asesinatos en masa. Hoy en día se les honra como “héroes nacionales” mientras que las potencias imperialistas afirman estar defendiendo la “democracia” y la “libertad”.
Esta propaganda en sí misma tiene una inquietante continuidad histórica. Hitler tampoco justificó abiertamente la invasión de la Unión Soviética con la conquista, el saqueo y el exterminio. En su proclama del 22 de junio de 1941, afirmó que Alemania siempre había deseado la paz, pero se había visto obligada a actuar por la supuesta amenaza de Moscú. La subyugación de la mitad de Europa se presentó como una medida de protección, la agresión militar como defensa y la guerra de agresión como un ataque preventivo. Un comunicado del Alto Mando de la Wehrmacht afirmaba: “Para repeler el peligro inminente procedente del Este, la Wehrmacht alemana atacó el 22 de junio, a las 3 de la madrugada, en medio del enorme despliegue de fuerzas enemigas”.
También en Lituania resulta evidente actualmente cuán estrechamente está ligada la política bélica alemana a la reescritura de la historia. En las instalaciones de la Bundeswehr en Rūdninkai, la ampliación del área de entrenamiento militar amenaza con desplazar un sitio conmemorativo dedicado a los partisanos judíos. El gobierno federal afirmó oficialmente que trabajaría para preservar el antiguo campamento partisano. Pero la realidad cuenta otra historia: en los terrenos históricos de la resistencia judía y de izquierda contra los nazis, se está construyendo una infraestructura militar para los tanques alemanes y la próxima guerra contra Rusia.
Según un informe de la revista Der Spiegel, el Ministerio de Cultura lituano, responsable del asunto, no considera que el antiguo campamento de partisanos sea digno de protección. Como estructura de propaganda, el sitio histórico entra en el ámbito de la prohibición lituana de la “promoción de regímenes totalitarios y autoritarios y su ideología”. En consecuencia, “podría ser eliminado como objeto público”.
Las autoridades lituanas de extrema derecha y anticomunistas están condenando así a los partisanos judíos porque lucharon junto a las fuerzas soviéticas contra la Alemania nazi. “Sus actividades se consideran hostiles hacia la población local y la soberanía lituana”, cita Der Spiegel a un portavoz.
Esto lo dice todo. Mientras se honra a los colaboradores nazis ucranianos y se integra a las fuerzas de extrema derecha en el aparato bélico de la OTAN, la memoria de la resistencia judía y comunista contra el fascismo está siendo desplazada y prohibida. Al mismo tiempo, quienes hoy luchan contra la guerra, el fascismo y el militarismo son perseguidos y criminalizados —desde opositores de izquierda a la guerra, como el trotskista Bogdan Syrotiuk en Ucrania, hasta opositores al rearme en Alemania.
El gobierno de Merz-Klingbeil no es idéntico al régimen nazi. Pero las fuerzas objetivas que impulsan una vez más a la clase dominante hacia la guerra y la dictadura son las mismas que en la década de 1930: los apetitos imperialistas del capitalismo alemán, la lucha por las materias primas, los mercados, las esferas de influencia y el poder geopolítico. Al igual que en la Primera y la Segunda Guerra Mundial, el control sobre Europa del Este y Ucrania desempeña un papel central. El imperialismo alemán está intentando nuevamente organizar a Europa bajo su liderazgo y hacer retroceder militarmente a Rusia para obtener acceso al continente euroasiático.
El Partido Socialista por la Igualdad (Sozialistische Gleichheitspartei) es el único partido en Alemania que ha llamado a este desarrollo por su nombre desde el principio, ha advertido sobre sus consecuencias y, al mismo tiempo, ha formulado una perspectiva viable en contra de él. El desarrollo de una devastadora Tercera Guerra Mundial solo puede detenerse mediante la movilización independiente de la clase trabajadora internacional. Los trabajadores y los jóvenes de Alemania, Rusia, Ucrania, Europa y Estados Unidos no tienen ningún interés en ser masacrados por las ganancias y los intereses de las grandes potencias de sus clases dominantes. La respuesta a la guerra, al rearme y al fascismo es la construcción de un movimiento socialista internacional contra su causa: el sistema capitalista.
(Artículo publicado originalmente en inglés el 22 de junio de 2026)
