Los días 17 y 18 de junio, los líderes de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN) se reunieron en Kazán, Rusia, para celebrar una cumbre conmemorativa con el presidente Vladimir Putin con motivo de los 35 años de relaciones entre la ASEAN y Rusia. El presidente de Filipinas, Ferdinand Marcos Jr., en su calidad de presidente actual de la ASEAN, copresidió la cumbre junto a Putin. La cumbre tuvo lugar al mismo tiempo que se reunía el G7 en Évian, Francia. Las dos reuniones —una en la que se comprometieron a endurecer las sanciones que asfixian a Rusia y la otra en la que se profundizó la cooperación con Moscú— reflejan en una sola semana la fractura cada vez más acelerada del orden capitalista de la posguerra.
El sudeste asiático produce aproximadamente 2 millones de barriles de petróleo al día y consume 5 millones, importando la diferencia principalmente del Golfo Pérsico. Cuando la guerra de Washington contra Irán cerró el Estrecho de Ormuz, cortó el suministro energético vital de la región. El precio del crudo Brent al contado alcanzó los 141 dólares por barril. El director de la Agencia Internacional de Energía calificó la interrupción como “más grave que las de 1973, 1979 y 2022 juntas”. El déficit neto alcanzó aproximadamente 13 millones de barriles al día, lo que representa cerca del 13 por ciento del suministro energético mundial.
Filipinas declaró una emergencia energética nacional. Indonesia enfrentó escasez de combustible que amenazaba una economía ya de por sí frágil. Los trabajadores y los pobres de toda la región se vieron obligados a absorber los choques de precios a través de la inflación, el aumento de los costos de transporte y los recortes a los programas sociales. Esta crisis no fue un desastre natural. Fue la consecuencia directa de una guerra que lanzó Washington.
Durante seis años, las relaciones entre la ASEAN y Rusia quedaron suspendidas en un estado casi de letargo. La pandemia mundial de COVID-19 interrumpió el contacto; la invasión de Ucrania en 2022 y el régimen de sanciones occidentales que le siguió hicieron que la colaboración con Moscú resultara políticamente costosa. La última cumbre presencial de líderes se celebró en Singapur en 2018. Es la crisis energética —y no ningún cambio en la lealtad política— lo que ha revertido esta separación. La presión de la crisis llevó a los gobiernos de la ASEAN de vuelta a la mesa de negociaciones.
En este contexto, la cumbre de Kazán dio lugar a cuatro documentos formales: la Declaración de Kazán 2026, una Declaración Conjunta sobre Cooperación Energética, una Declaración Conjunta sobre Cooperación Cultural y un Plan de Acción Integral para Rusia-ASEAN 2026–2030. La Declaración comprometió a la ASEAN y a Rusia con un “orden mundial justo, democrático y multipolar” y se comprometió a “fortalecer la cooperación para mejorar la seguridad energética”.
Se trata de marcos de colaboración, no de contratos. No se comprometieron volúmenes específicos de petróleo, no se firmaron órdenes de compra ni se establecieron calendarios de entrega. La cumbre dio lugar a apretones de manos que simbolizaban una asociación prevista, no a contratos de compraventa.
Las cifras concretas cuentan una historia diferente. Petron Corporation de Filipinas —la única refinería del país— compró 2,48 millones de barriles de crudo ruso, la primera compra en cinco años. Dos buques cisterna atracaron en el puerto de Limay con destino a la refinería de Bataan. Vietnam activó un acuerdo marco de suministro de larga data entre Rosneft y PV Oil y firmó un nuevo acuerdo de cooperación con Zarubezhneft para el crudo, el gas y la infraestructura de almacenamiento. Tailandia y Malasia aseguraron cargamentos al contado y flujos de abastecimiento de combustible.
Indonesia anunció la cifra más impactante: 150 millones de barriles, acordados después de que el presidente Prabowo Subianto mantuviera una reunión de tres horas con Putin en Moscú el 13 de abril. Llegó un cargamento. A finales de abril se entregaron aproximadamente 700.000 barriles de crudo de grado “Arctic Novy” a la refinería de Cilacap. La brecha entre los titulares y la realidad es una muestra de la dificultad que enfrenta cada gobierno de la ASEAN para traducir la voluntad política en seguridad energética.
La situación de Indonesia es el ejemplo más claro de estas limitaciones estructurales. Pertamina, la empresa estatal de energía, emite bonos globales con cláusulas que exigen el cumplimiento de los regímenes de sanciones occidentales. La compra directa de crudo ruso sancionado podría desencadenar un incumplimiento de las cláusulas y exigir a los tenedores de bonos internacionales un pago acelerado de la deuda.
Para cumplir con el compromiso político y, al mismo tiempo, proteger a Pertamina, Yakarta creó una nueva arquitectura legal. El Reglamento Presidencial n.º 26 de 2026 creó una vía de importación de gobierno a gobierno a través de una agencia de servicio público. Lemigas —el centro estatal de pruebas de petróleo y gas, que normalmente es un organismo de investigación— fue designado como operador de importación, lo que permite al Estado asumir la titularidad legal del crudo ruso antes de transferirlo a Pertamina para su procesamiento: una ficción jurídica diseñada para aislar a la empresa de la exposición directa a las sanciones.
El 23 de abril, el día en que Yakarta anunció el compromiso de 150 millones de barriles, la UE emitió su vigésimo paquete de sanciones contra Rusia, que incluía la terminal indonesia de Karimun —la primera terminal petrolera no rusa sancionada por Bruselas desde 2022—. Karimun había funcionado como centro de operaciones para las transferencias de barco a barco de la flota fantasma rusa. Sancionarla fue una advertencia directa a Yakarta.
Los obstáculos no son solo legales y políticos. La propia capacidad de exportación de Rusia está severamente limitada. Los ataques con drones ucranianos han paralizado al menos el 40 por ciento de la infraestructura de exportación de petróleo de Rusia —aproximadamente 2 millones de barriles por día—. Para mayo, las exportaciones marítimas de petróleo de Rusia alcanzaron un mínimo estacional, con una reducción del 26 por ciento en las exportaciones de diésel debido a interrupciones en las refinerías. La ruta del Lejano Oriente más relevante para el Sudeste Asiático discurre a través del oleoducto ESPO Blend hasta la terminal de Kozmino, que opera cerca de su límite máximo de capacidad de aproximadamente 1 millón de barriles por día. Esta ruta está dominada por China, que absorbe aproximadamente el 58 % del crudo de la “flota fantasma” de Rusia. La propia flota fantasma se está reduciendo: las sanciones y las incautaciones eliminaron 22 buques solo a principios de 2026. La demanda rusa por parte de los compradores de la ASEAN podría, en palabras del propio Kremlin, superar lo que Moscú puede suministrar.
La ventana de oportunidad también se está cerrando. La exención de sanciones de EE. UU. que permitió brevemente la compra de petróleo ruso expiró el 16 de mayo; gobiernos asiáticos, entre ellos el de Filipinas, presionaron para que se extendiera y su solicitud fue rechazada. Cualquier transacción que ahora se estructure en dólares expone a los compradores al riesgo de sanciones secundarias. Washington desató la guerra que cerró el Estrecho de Ormuz, abrió la válvula cuando le convenía y luego la volvió a cerrar. La UE, que se desvinculó de los combustibles fósiles rusos después de 2022 y no enfrenta una emergencia energética comparable, envió a su jefe de política exterior a Brunei para decirles a los gobiernos del sudeste asiático que no compraran petróleo ruso —y sancionó la terminal de Karimun, en Indonesia, para impedir los flujos. Los costos de la guerra en Ucrania —ahora financiada y llevada a cabo de manera abrumadora por el imperialismo europeo— se están imponiendo a los trabajadores asiáticos.
La cumbre del G7 en Évian produjo una declaración formal en la que se comprometía a “reforzar las sanciones, incluidas las del sector del petróleo y el gas”. La unidad fue un logro superficial. Los gobiernos europeos pasaron días tratando de volver a colocar a Ucrania en la agenda de Trump; Washington llegó a Évian para anunciar su acuerdo con Irán. La divergencia es estructural. La UE ha comprometido más de 226 mil millones de dólares para Ucrania desde 2022 y acordó un préstamo adicional de 104 mil millones de dólares para 2026–2027, incluyendo casi 70 mil millones de dólares en asistencia militar. El gasto militar europeo aumentó un 14 por ciento en 2025. La guerra en Ucrania ahora es financiada y sostenida predominantemente por Europa, mientras que el enfoque estratégico de Washington es China y el Medio Oriente. Como ha analizado el World Socialist Web Site, las capitales europeas persiguen cada vez más sus intereses imperialistas independientemente de Washington —y, si es necesario, en contra de él—.
Los gobiernos de la ASEAN están maniobrando en el espacio que abre esta fractura. Su giro hacia Moscú está impulsado por el colapso del orden que Washington construyó y que ya no puede sostener.
El compromiso de la Declaración de Kazán con un “orden mundial justo, democrático y multipolar” es el envoltorio ideológico del imperialismo, no una alternativa genuina al mismo. Rusia es una potencia capitalista en declive cuya infraestructura de exportación está siendo destruida por drones ucranianos y cuya flota clandestina está siendo incautada en el Mar del Norte. Los estados de la ASEAN no están construyendo un nuevo orden. Están luchando por posicionarse entre las ruinas del antiguo.
Como ha advertido el WSWS, lo que está surgiendo de este proceso es un orden político y económico fracturado, bloques imperialistas en competencia y una guerra mundial en ciernes. La turbulencia política a nivel de cumbres y declaraciones recae como un peso material sobre los trabajadores. Los estudiantes indonesios salieron a las calles por los aumentos en los precios del combustible y los recortes al gasto social. Los trabajadores filipinos enfrentan las consecuencias de una emergencia energética que su gobierno está manejando mediante compras al contado a Rusia que se miden en unos pocos millones de barriles. En toda la región, el patrón es el mismo: las clases dominantes absorben la crisis geopolítica en la cima y transfieren sus costos hacia abajo.
(Artículo publicado originalmente en inglés el de junio de 2026)
