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Cuarenta años desde el intento de asesinato de Pinochet

Pablo Iglesias, de Podemos, idealiza la política de la desesperación

Pinochet participando en la celebración del noveno aniversario del golpe de Estado respaldado por Estados Unidos [Foto de wikimedia/Ben2 / CC BY 3.0] [Photo by wikimedia/Ben2 / CC BY 3.0]

El 7 de septiembre de 1986, una unidad de comando del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, un frente guerrillero creado por los estalinistas del Partido Comunista de Chile tendió una emboscada a la caravana de Augusto Pinochet en el Cajón del Maipo. Cinco de los guardaespaldas del dictador resultaron muertos. Pinochet solo sufrió una herida leve en la mano. Esa noche, en represalia, las fuerzas de seguridad de la dictadura secuestraron y asesinaron a cuatro activistas de izquierda.

Cuarenta años después, la pseudoizquierda conmemora el suceso como un acto de heroísmo. Pablo Iglesias, exlíder de Podemos y quien alguna vez fue viceprimer ministro de España, dedicó un episodio especial de su podcast La Base al aniversario. Su veredicto fue inequívoco:

Aquellos jóvenes del Frente Patriótico Manuel Rodríguez que organizaron el atentado contra Pinochet deben ser considerados héroes y heroínas de la libertad en Chile. Intentar matar a un dictador, a un asesino, es un acto moral y patriótico.

Y nuevamente:

No debería ser necesario evocar a Tomás de Aquino, a Juan de Mariana o a los revolucionarios franceses o estadounidenses para recordar que el tiranicidio es legítimo”.

El programa elogió la “lucha armada” del FPMR como “el único recurso disponible para los pueblos que aspiran a liberarse de la opresión,” y denunció a quienes califican el intento de asesinato como terrorismo como lacayos de “la derecha, la concertación y muchos sectores de gobierno”.

¿De qué se trata realmente todo esto? No es una defensa de la lucha contra la dictadura. Es la autojustificación política de un sector de la clase media alta que ha pasado tres décadas integrándose en el Estado capitalista y que ahora busca renovar sus credenciales “revolucionarias” idealizando una estrategia que el marxismo siempre ha rechazado y cuyo historial es un desastre absoluto para el mismo pueblo que dice defender.

La hipocresía de la pseudoizquierda

Comencemos con el hombre que hace estas declaraciones. Pablo Iglesias fue viceprimer ministro de España que llevó a Podemos a formar parte de un gobierno de coalición con el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) en enero de 2020.

El PSOE es el partido que, bajo el liderazgo de Pedro Sánchez, ha presidido el empobrecimiento cada vez mayor de la clase trabajadora española, el mantenimiento del aparato represivo heredado de la dictadura de Franco, la expansión del gasto militar y la participación de España en la alianza de la OTAN liderada por Estados Unidos. Podemos ingresó a este gobierno no para desafiar nada de esto, sino para administrarlo. Como documentó el World Socialist Web Site en ese momento, Podemos fue la “comadrona” del gobierno del PSOE, comprometido a imponer la austeridad de la UE y a aumentar el gasto militar. El propio Iglesias se convirtió en ministro de un gobierno que apoyó el genocidio en Gaza, envió armas a Israel y ha sido un participante leal en la escalada de la OTAN contra Rusia.

Tras haberse integrado en las mismas instituciones de la dominación burguesa a las que en su momento afirmaba oponerse, este estrato social ahora compensa adoptando posturas radicales: la idealización de la guerra de guerrillas, la glorificación del “asesinato de tiranos,” la celebración de luchas armadas que se encuentran a una distancia segura en el tiempo y el espacio de su propio y cómodo presente.

Nadie que haya pasado cuatro años en un gobierno que financió y armó un genocidio tiene la autoridad moral ni política para dar lecciones a nadie, y mucho menos sobre violencia política. Más aún, Iglesias y su círculo íntimo administraron directamente la violencia del Estado capitalista, la violencia de la guerra imperialista y la violencia de la austeridad. Su repentino redescubrimiento de la “violencia revolucionaria” tiene como fin ocultar su propio historial.

Los orígenes del FPMR: la política del estalinismo

Pero la crítica debe ir más allá de la hipocresía del político pequeñoburgués de la calaña de Iglesias. La glorificación del FPMR por parte de la pseudoizquierda se basa en una falsificación de la historia, y eso debe ser desenmascarado si se quiere extraer las verdaderas lecciones políticas de la tragedia chilena.

El FPMR no surgió como una expresión independiente de la voluntad revolucionaria de las masas chilenas. Era el aparato militar del Partido Comunista estalinista, el mismo partido cuya política de colaboración de clases había allanado el camino, más que cualquier otro factor por sí solo, para la catástrofe del 11 de septiembre de 1973.

Dentro del gobierno de la Unidad Popular de Salvador Allende, el PC ocupaba el ala más a la derecha de la coalición. Fue el PC el que insistió en que el gobierno de Allende operara “dentro del marco de las instituciones burguesas del pasado”; fue el PC el que defendió el carácter “profesional” de las fuerzas armadas, el que rechazó armar a los trabajadores y el que sofocó activamente los Cordones Industriales, los órganos embrionarios del poder obrero que surgieron en las fábricas, e impidió que se convirtieran en instrumentos independientes del poder dual.

Cuando Orlando Millas, un destacado líder y miembro del Comité Central del PC, declaró que “la clase obrera alcanzará gradualmente el poder pleno… a medida que ganemos el control del aparato estatal,” estaba articulando la fórmula precisa que entregaría a la clase obrera chilena, desarmada y desorganizada, en manos de los militares. Cuando el poeta Pablo Neruda, estalinista y embajador de Allende en París, declaró sobre el ejército: “Lo amamos. Es el pueblo en uniforme”, estaba promoviendo el desarme ideológico que hizo posible el golpe.

Esto no fue un error. Fue la lógica política del estalinismo y su teoría del “socialismo en un solo país”, que hacía mucho había abandonado la perspectiva de la revolución socialista mundial y la movilización política independiente de la clase trabajadora, y que subordinaba a todo partido comunista a los intereses diplomáticos y comerciales de la burocracia soviética. En las décadas anteriores, la burocracia soviética había condicionado a sus contrapartes latinoamericanas para que trabajaran con los militares y bajo su mando, y les había enseñado que las llamadas “fuerzas sanas dentro de los ejércitos deben desempeñar un papel importante en el movimiento de liberación”. El sangriento resultado fue el 11 de septiembre de 1973.

La alternativa a la colaboración de clases del PC fue destruida activamente por el revisionismo del Secretariado Unificado. El Partido Socialista de los Trabajadores (SWP) de Estados Unidos, entonces la sección dominante de la Cuarta Internacional pablista, desempeñó un papel decisivo. Sus líderes glorificaron al régimen de Castro como sustituto de la construcción de un partido trotskista en la clase trabajadora, y transmitieron esta orientación por toda América Latina. La señal la dio la celebración que hizo el Secretariado Unificado de Ernesto Che Guevara, el radical argentino que, al igual que muchos intelectuales latinoamericanos de su generación, rechazó explícitamente la concepción marxista del papel revolucionario de la clase obrera.

Los pablistas llamaron a la juventud socialista de América Latina a rechazar una estrategia basada en la clase obrera, y el pablista boliviano Moscoso articuló la fórmula: en los países “donde existe una gran masa campesina con un problema agrario sin resolver, las guerrillas sacarán su fuerza del campesinado

.

Las consecuencias se materializaron concretamente en Chile. Los líderes del Partido Obrero Revolucionario (POR), la sección chilena de la Cuarta Internacional, liquidaron su propia organización en 1964. Al año siguiente se incorporaron al Movimiento de la Izquierda Revolucionaria (MIR) castrista, con la intención declarada de empujarlo hacia la izquierda. El resultado real fue el contrario. Para 1968, los antiguos líderes del POR habían sido expulsados del MIR bajo presión, completando así su capitulación política ante el castrismo. La organización que habían abandonado, y la política que habían ayudado a forjar, renunció conscientemente a la clase obrera como sujeto revolucionario, sustituyéndola por el campesinado y las guerrillas con base en el campo, de acuerdo con la teoría cubana del “foco”. que sostenía que una pequeña vanguardia armada que operara en la periferia rural podía sustituir al poder organizado del proletariado.

La trayectoria del MIR siguió entonces la lógica de esa sustitución. Cuando estalló la lucha de clases en Chile a principios de la década de 1970 y los trabajadores comenzaron a construir sus propios órganos de poder en lucha directa contra la desestabilización patrocinada por Estados Unidos—en particular, los Cordones Industriales, el MIR, que había pasado el período anterior preparándose para la guerra de guerrillas rural, carecía de una estrategia para la clase trabajadora urbana. Osciló entre posturas de extrema izquierda y, en 1973, un giro centrista que lo subordinó al Frente Popular y a la legalidad burguesa de Allende justo en el momento en que los militares preparaban su asalto.

Los cuadros del MIR, jóvenes radicalizados que habían sido reclutados para un programa que negaba la centralidad de la clase trabajadora, fueron luego perseguidos y exterminados por la dictadura. La Operación Colombo fue solo uno de los exterminios que arrasaron con las filas del MIR. Fue la consecuencia lógica de la política del aventurerismo guerrillero: el sacrificio de una generación de jóvenes radicalizados en aras de una estrategia que había renunciado a la única clase capaz de derrotar a la dictadura, si se hubiera organizado bajo un liderazgo revolucionario. El hecho de que el proletariado quedara indefenso fue producto de una doble traición: el estalinismo del PC, que encadenó a los trabajadores al Frente Popular, y el pablismo, que glorificó a Castro y al guerrillerismo como sustituto del partido trotskista en la clase trabajadora, cuya construcción era la condición previa para la victoria.

La década de 1980: crisis, radicalización y la preparación para la “Transición”

El contexto en el que surgió el FPMR es esencial para comprender su carácter. Los primeros años de la década de 1980 fueron un período de crisis económica catastrófica en Chile. El experimento de los “Chicago Boys” de reestructuración neoliberal radical, impuesto por la dictadura bajo la tutela de Milton Friedman, colapsó con la crisis de la deuda de 1982. Chile entró en una de las depresiones más profundas de su historia. El desempleo se disparó a más del 20 por ciento. La base social del programa económico de la dictadura quedó devastada.

Esta catástrofe económica desencadenó una radicalización masiva de la clase trabajadora y las poblaciones. A partir de 1983, Chile se vio sacudido por oleadas de protestas a nivel nacional en las que trabajadores, comuneros, estudiantes y desempleados se enfrentaron a la dictadura en las calles. Este fue un auténtico movimiento de masas, y fue este movimiento—y no las acciones armadas de ningún grupo guerrillero—el que puso al régimen a la defensiva.

Esta radicalización se produjo en un vacío político que las fuerzas políticas burguesas se apresuraron a canalizar hacia una “transición” negociada que preservara el poder de la burguesía. La propia dictadura había sentado las bases para su eventual retirada. La Constitución de Pinochet de 1980 estableció el marco institucional para una “transición” que mantuviera las estructuras esenciales del dominio capitalista y garantizara la impunidad de los militares. Los Demócratas Cristianos (PDC) y el Partido Socialista (PS) “renovado” prepararon su regreso al poder dentro de este marco. Las discusiones entre el PS, el PDC y la derecha se llevaron a cabo precisamente sobre la base de la aceptación de la Constitución de 1980 y del papel de guardián de las fuerzas armadas.

Dentro de este marco político, el PC presentó al FPMR.

El FPMR: la lucha armada como sustituto de la política de clases

El FPMR se formó en diciembre de 1983 como el “brazo armado” del Partido Comunista, bajo el lema de la “Política de Rebelión Popular Masiva” y “todas las formas de lucha,” incluida la lucha armada. Sus cuadros se entrenaron en Cuba, la Unión Soviética, Bulgaria y Alemania Oriental. Sus principales líderes como Raúl Pellegrin, Cecilia Magni y José Joaquín Valenzuela Levi, eran producto de las academias militares cubanas y de la experiencia sandinista en Nicaragua.

La pseudoizquierda presenta esto como el reconocimiento tardío del PC de que solo la lucha armada podía derrotar a la dictadura. La realidad es todo lo contrario. El giro hacia la lucha armada no fue una ruptura con la política colaboracionista de clase del PC; fue la continuación de esa política por otros medios.

El PC no abandonó su orientación estratégica hacia una alianza con los demócratas cristianos y las fuerzas “democráticas” burguesas. Su programa siguió siendo el del “Frente Antifascista,” el “Gobierno Provisional” y la teoría de las dos etapas que posponía el socialismo indefinidamente.

Lo que cambió no fue el marco político, sino la incorporación de un instrumento militar diseñado para ejercer presión sobre la situación política con el fin de aumentar el costo de excluir al PC de la transición negociada y darle al partido influencia en sus negociaciones con la burguesía.

Este es el punto decisivo, y es el punto que la pseudoizquierda nunca enfrentará. El FPMR no era la expresión de una estrategia para el poder de la clase obrera. Era un sustituto de dicha estrategia. El PC, que había colaborado en la represión de la organización política y militar independiente de la clase obrera cuando formaba parte de la Unidad Popular entre 1970 y 1973, ahora empujaba cínicamente a sus jóvenes cuadros a acciones inútiles. El “heroísmo” que celebra Iglesias fue el heroísmo de los jóvenes, cuya gran mayoría eran jóvenes de clase trabajadora y residentes de barrios marginales como reconocen los propios testimonios del FPMR, y quienes fueron enviados, por un partido que había traicionado a la generación de sus padres, a llevar a cabo acciones que de ninguna manera podían alcanzar el objetivo político para el cual aparentemente se emprendían.

Los resultados fueron totalmente predecibles y resultaron catastróficos. Las 80 toneladas métricas de armas suministradas por Cuba en 1986 fueron descubiertas por los servicios de seguridad de la dictadura, que se apoderaron del 90 por ciento de ellas. El intento de asesinato contra Pinochet fracasó militarmente y le dio al régimen un pretexto para una ola de represión. Se declaró el estado de sitio. La policía secreta lanzó la Operación Albania en junio de 1987, asesinando a sangre fría a doce miembros del FPMR y presentando sus muertes como resultado de “enfrentamientos”. Después de que el PC abandonara la lucha armada que había iniciado para promover un regreso al poder a través de la negociación, una facción del frente guerrillero formó la facción “Autónoma” y continuó llevando a cabo actos de terrorismo individual, asesinando al senador de la UDI Jaime Guzmán en 1991 y secuestrando a Cristián Edwards, de la dinastía periodística, antes de ser perseguidos y aniquilados.

El veredicto final está escrito en los anales de la historia. Pinochet siguió siendo comandante del ejército hasta 1998 y murió como un hombre libre, sin haber sido castigado, en 2006. La “transición a la democracia” negociada entre los partidos de derecha y de centroizquierda dejó intactas todas las estructuras. La clase trabajadora no ganó nada. La burguesía se lo quedó todo. Y miles de jóvenes radicalizados fueron asesinados, encarcelados, torturados o exiliados al servicio de una estrategia que nunca podría haber dado otro resultado.

Esto es lo que Iglesias llama “heroísmo.” En realidad, fue el sacrificio masivo del segmento más militante de una generación en el altar de una estrategia política fallida.

Lo que enseña el marxismo sobre el terrorismo individual

La celebración que hace la pseudoizquierda del “asesinato de tiranos” va en contra de más de un siglo de análisis marxista. La cuestión del terrorismo individual fue resuelta teóricamente por los fundadores del socialismo científico, y sus conclusiones han sido confirmadas por todas las experiencias históricas posteriores.

Plekhanov, en Socialismo y lucha política (1883), presentó la primera crítica marxista sistemática a la facción “Voluntad del Pueblo” del movimiento populista, que elevó el terror individual a método central de lucha. Plekhanov, aunque reconocía el heroísmo y el sacrificio personal, explicó que la lucha de individuos aislados no podía sustituir a la lucha de clases, y que la libertad política solo podía conquistarse mediante la acción organizada de la clase trabajadora. El terrorismo, al desviar la energía de los militantes más comprometidos hacia actos conspirativos, en realidad retrasó el desarrollo del movimiento de masas.

Lenin desarrolló este análisis en ¿Qué hacer? (1902). Su famosa formulación de que los “economistas” y los “terroristas” “se inclinan hacia extremos opuestos de una misma espontaneidad” —los primeros, hacia la espontaneidad del movimiento sindical puro; los segundos, hacia la espontaneidad de la “indignación apasionada de la intelectualidad”— fue directo al meollo del asunto. El terrorismo individual, al igual que el economismo, era un síntoma de la ausencia de conciencia de clase y de organización revolucionaria, no un sustituto de ellas. La tarea de los revolucionarios no era asesinar a opresores individuales, sino construir la organización política de la clase trabajadora para derrocar el sistema de opresión, la autocracia zarista.

Trotsky volvió a abordar el tema en Por qué los marxistas se oponen al terrorismo individual (1911), escrito tras la derrota de la revolución de 1905, cuando el giro de los eseristas (Revolucionarios Sociales) hacia el terrorismo individual estaba en su apogeo. Los marxistas no se oponen al terrorismo individual por razones morales abstractas, insistió. Se oponen a él porque es ineficaz: porque sustituye el heroísmo de las masas por el heroísmo de individuos aislados, porque desorganiza y desmoraliza a la clase trabajadora, porque le da al Estado un pretexto para intensificar la represión, y porque es el arma característica de la intelectualidad pequeñoburguesa, la cual, habiendo perdido la fe en las masas, busca un atajo hacia la revolución a través de actos individuales. El terror, concluyó Trotsky, no es una forma de lucha de clases. Es un sustituto de ella y, históricamente, florece precisamente cuando la lucha de clases está en retroceso.

La experiencia chilena de la década de 1980 confirmó cada elemento de este análisis. El terrorismo del FPMR no movilizó a las masas; sustituyó su movilización. No debilitó a la dictadura; le proporcionó a la dictadura una justificación para intensificar la represión, que recayó primero y con mayor dureza sobre la clase trabajadora y los pobres. No hizo avanzar la lucha por el socialismo; sirvió, objetivamente, como un instrumento a través del cual el Partido Comunista buscó negociar su propio lugar dentro del orden burgués. Y fue llevado a cabo, sobre todo, por la juventud, el sector cuya radicalización era genuina, cuya militancia era real y cuyas vidas eran prescindibles en los cálculos políticos de un partido que hacía mucho tiempo había dejado de representar otra cosa que no fueran sus propios intereses.

La verdadera lección

Los líderes martirizados del FPMR—Raúl Pellegrin, Cecilia Magni, José Valenzuela Levi y otros—, junto con los miles de jóvenes que pasaron por sus filas, se radicalizaron por la brutalidad de la dictadura, por la catástrofe de 1973, por la pobreza y la represión de la década de 1980, y por el ejemplo de Cuba y Nicaragua, que los estalinistas y los castristas presentaban como modelos de revolución.

Su valentía fue real. Su compromiso fue real. Su sacrificio fue real. Lo que era falso, y lo que los destruyó, fue la política para la que fueron reclutados. Les dijeron que el asesinato de un dictador era el camino hacia la revolución. Les dijeron que la vanguardia armada podía sustituir al poder organizado de la clase trabajadora. Les dijeron que Cuba y Nicaragua —regímenes nacionalistas pequeñoburgueses, dependientes de la Unión Soviética y hostiles tanto a la clase trabajadora como al internacionalismo socialista— eran el modelo a imitar.

La misma tragedia se repitió en toda América Latina: en Argentina, con los Montoneros y el ERP; en Uruguay, con los Tupamaros; en Perú, con Sendero Luminoso; en Colombia, con las FARC y el ELN. Generaciones de jóvenes radicalizados fueron sacrificados en nombre de la política del aventurerismo guerrillero, mientras que los partidos burgueses, incluida la “izquierda”, esperaban a que pasara la tormenta y luego negociaban su regreso al poder en términos que dejaban intactas la estructura de clases y el aparato represivo. La pseudoizquierda de hoy, que idealiza estos movimientos desde la seguridad de sus plataformas mediáticas y puestos universitarios, es la heredera política directa de los partidos que enviaron a esos jóvenes a la muerte.

¿Por qué, entonces, Pablo Iglesias celebra el FPMR en 2026? Tras integrarse en el Estado capitalista en Grecia, España, Chile, Argentina, Brasil y otros lugares, los partidos de la pseudoizquierda como Podemos implementaron medidas de austeridad, respaldaron la guerra imperialista y reprimieron a la clase trabajadora. En todas partes, el resultado ha sido el mismo: la desmoralización de los trabajadores y la juventud que alguna vez depositaron sus esperanzas en la pseudoizquierda, y el auge de la extrema derecha, que se alimenta del vacío dejado por su traición.

La pseudoizquierda no puede defender su historial, así que huye hacia un pasado idealizado. No puede ofrecer un programa, así que propone el asesinato de un dictador individual como sustituto del derrocamiento de todo un sistema social. Esta perspectiva perniciosa apunta directamente a la juventud radicalizada de hoy, que se enfrenta al auge del fascismo, a la amenaza de una guerra mundial y a la crisis capitalista cada vez más profunda, y que busca una forma de contraatacar. A estos jóvenes, la pseudoizquierda les ofrece una política de desesperación: la glorificación de la violencia individual, el culto a la guerra de guerrillas y el rechazo de la lucha de masas organizada de la clase trabajadora por considerarla “obsoleta”.

¿Cuál es, entonces, la respuesta para los jóvenes que quieren luchar contra la amenaza de la dictadura, la represión y la guerra? Es la construcción del poder político independiente de la clase trabajadora, en la lucha contra el capitalismo mismo.

La lucha contra la dictadura hoy en día es inseparable de la lucha contra el capitalismo, porque la dictadura es la forma que adopta el dominio capitalista cuando la burguesía ya no puede gobernar por medios democráticos. La lucha contra la represión es inseparable de la lucha contra el Estado, porque el Estado es el instrumento del dominio de clase. Y la lucha contra la guerra es inseparable de la lucha contra el imperialismo, porque la guerra es la continuación de la lucha imperialista por los mercados y las esferas de influencia.

Estas luchas solo pueden ser ganadas por la clase trabajadora internacional, organizada sobre la base de un programa socialista, bajo la dirección de un partido revolucionario construido en la tradición de Marx, Engels, Lenin y Trotsky. Este es el programa del Comité Internacional de la Cuarta Internacional.

A los jóvenes que hoy se están radicalizando ante la amenaza del fascismo y la guerra, les decimos: no repitan la tragedia de sus predecesores. No permitan que su militancia sea desviada hacia el callejón sin salida del terrorismo individual por las mismas fuerzas que traicionaron a las generaciones que les precedieron. La clase trabajadora sigue siendo el sujeto revolucionario de la historia. Solo ella —organizada, consciente e internacional— es capaz de destruir el sistema capitalista y las dictaduras, la represión y las guerras que este genera. Construyan la dirección que la clase trabajadora requiere. Construyan secciones del CICI en Chile y en toda América Latina.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 13 de septiembre de 2026)

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