Las consecuencias de la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, que ya lleva siete meses, están estallando en todo el mundo en forma de una creciente indignación social y huelgas por el aumento de los precios de la energía y el incremento de los costos de los alimentos y otros productos de primera necesidad para miles de millones de personas.
En los últimos días, los medios de comunicación han informado sobre una serie de manifestaciones y huelgas, principalmente en los países en desarrollo de Asia y América Latina, donde los taxistas y los trabajadores no ven sentido en ir a trabajar cuando los salarios apenas cubren los costos del combustible.
En Portugal, por ejemplo, los conductores tocan la bocina y bloquean las carreteras en una marcha lenta para protestar contra los precios del diésel, que han alcanzado un máximo histórico de más de 9 dólares por galón. También se han registrado protestas y huelgas en Siria, Guatemala, Indonesia, Pakistán, Filipinas, India, Bangladés y Sri Lanka.
El impacto de la guerra en los precios mundiales de la energía ha sido catastrófico para la clase trabajadora. El petróleo crudo Brent, que oscilaba entre los 65 y los 75 dólares antes de la guerra, se disparó hasta alcanzar un máximo de aproximadamente 120 dólares por barril a finales de abril, antes de una breve y ilusoria tregua tras el anuncio de un alto el fuego a principios de mayo.
Con la reanudación de los intensos ataques de EE. UU. contra petroleros iraníes a principios de septiembre, los precios volvieron a dispararse por encima de los 100 dólares. Al momento de escribir este artículo, el crudo Brent se cotiza por encima de los 109 dólares por barril.
En EE. UU., los precios de la gasolina han subido aproximadamente un 39 por ciento desde que comenzó la guerra el 28 de febrero. El diésel —el elemento vital del transporte de carga, la agricultura y la distribución de alimentos— alcanzó el miércoles un máximo histórico promedio de 6,31 dólares por galón. Los precios del combustible para aviones han seguido una trayectoria paralela, lo que ha dejado en tierra las rutas de las aerolíneas de bajo costo y ha provocado fuertes aumentos en las tarifas aéreas y en el transporte aéreo de mercancías.
El cierre del Estrecho de Ormuz ha elevado el precio de la gasolina en las gasolineras en más del 50 por ciento a nivel mundial, mientras que el precio de alimentos básicos como los jitomates ha subido casi un 40 por ciento y la inflación global ha alcanzado el 3,8 por ciento, su nivel más alto desde 2023. Investigadores de la Universidad Brown estiman que la guerra ha sumado 100 mil millones de dólares solo a los costos energéticos de EE. UU., o aproximadamente 763 dólares por hogar, y ese total aumenta en aproximadamente 1 millón de dólares cada dos minutos.
Las repercusiones geopolíticas y financieras se extienden mucho más allá del Golfo Pérsico. Sana Jaffrey, profesora de la Universidad Nacional de Australia que investiga los conflictos y la construcción del Estado en Asia, planteó la pregunta central que enfrentan los gobiernos de todo el mundo. “¿De cuánta capacidad fiscal dispone Asia o el mundo en desarrollo en general para manejar esta crisis geopolítica?”, preguntó.
En declaraciones al New York Times el martes, Jaffrey dijo: “¿Qué pasará con los mercados financieros globales cuando esa capacidad comience a agotarse?”. Advirtió: “En algún momento, se convertirá en un problema de todos”. Para la clase trabajadora de todo el mundo, ese momento ya ha llegado.
El 28 de febrero de 2026, Estados Unidos e Israel lanzaron un ataque masivo e injustificado contra Irán sin una declaración de guerra ni la autorización del Congreso de Estados Unidos o del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. La guerra comenzó con el asesinato selectivo del jefe de Estado iraní y una campaña inmediata de ataques contra instalaciones militares, instalaciones gubernamentales e infraestructura energética en todo el país y en toda la región del Golfo Pérsico.
En cuestión de días, Irán cerró el Estrecho de Ormuz —por donde pasa aproximadamente el 20 por ciento de todo el petróleo crudo que se comercializa a nivel mundial, lo que equivale a entre 17 y 21 millones de barriles al día— y desencadenó lo que la Agencia Internacional de Energía (AIE) calificó como la “mayor interrupción del suministro en la historia del mercado mundial del petróleo”.
Los ataques contra la infraestructura energética afectaron a los países del Consejo de Cooperación del Golfo y, para el 11 de septiembre, el oleoducto Este-Oeste de Arabia Saudita había sido cerrado por completo. A estas interrupciones se suma ahora el cierre del estrecho de Bab al-Mandab por parte de los hutíes, gracias a su control de la costa y la ocupación de islas clave en la ruta del Mar Rojo hacia el Golfo de Adén.
El resultado combinado de este desastre bélico ha provocado una interrupción del 39 por ciento del comercio mundial y del 31 por ciento de los envíos globales, según estimaciones actuales. Se han visto afectadas refinerías desde la isla de Kharg hasta la Provincia Oriental de Arabia Saudita. El director de la AIE ha descrito las consecuencias como «el mayor desafío para la seguridad energética mundial de la historia».
Las consecuencias políticas de estas interrupciones ya son visibles en las calles y plazas de todos los continentes. A continuación se presenta un resumen parcial de las protestas que han estallado en los últimos días, con base en los informes disponibles:
• Siria: Las manifestaciones más grandes desde la caída del régimen de Assad hace dos años estallaron después de que el gobierno anunciara aumentos temporales de hasta el 40 por ciento en los precios de la gasolina, el diésel y otros productos derivados del petróleo. Los manifestantes quemaron llantas y autos en varias ciudades, expresando su furia contra un gobierno de transición que había prometido la reconstrucción, pero que ahora se encuentra frente a un colapso energético.
• Guatemala: Estallaron protestas masivas cuando el último aumento en los precios del petróleo elevó los costos más allá del alcance de los hogares pobres y de clase trabajadora. Los manifestantes quemaron llantas y vehículos, bloqueando las principales carreteras en lo que los observadores describieron como uno de los disturbios más intensos que ha vivido el país en años.
• Portugal: Los conductores organizaron una serie de caravanas a paso lento en las principales carreteras, haciendo sonar las bocinas en una protesta coordinada, después de que el diésel alcanzara un máximo histórico de más de 2,17 euros por litro —más de 9 dólares por galón—. Las manifestaciones, que recuerdan al movimiento francés de los gilets jaunes (chalecos amarillos), están poniendo a prueba al gobierno del primer ministro Luís Montenegro.
• Indonesia: La escasez de combustible y las largas filas en las gasolineras han interrumpido el transporte y el comercio. Las huelgas de taxistas y jornaleros se han extendido por las principales ciudades, ya que los trabajadores informan que sus ingresos ya no cubren los costos básicos de energía.
• Pakistán: Las filas para obtener combustible, que se extienden por millas, han ralentizado la actividad económica en un país que ya se encuentra bajo una fuerte presión por parte del Fondo Monetario Internacional. Las protestas contra los aumentos de precios se han sumado a manifestaciones antigubernamentales más amplias en Karachi y Lahore.
• Filipinas: La escasez de energía, relacionada con la interrupción de las importaciones del Golfo, ha provocado apagones rotativos y protestas frente a las oficinas de las empresas de electricidad. Los trabajadores del sector del transporte de Manila han organizado paros laborales para exigir subsidios para el combustible.
• India: El aumento de los costos del diésel y del gas licuado de petróleo (GLP) para cocinar ha provocado manifestaciones en varios estados, donde los partidos de oposición han organizado marchas para exigir controles de precios. El gobierno del primer ministro Narendra Modi enfrenta una presión cada vez mayor, ya que tanto la población rural como la urbana de bajos recursos se ven afectadas simultáneamente.
El World Socialist Web Site ha insistido, desde las primeras horas de la guerra, en que lo que está ocurriendo no puede entenderse como producto de la patología personal de Donald Trump. Es la manifestación de la crisis histórica del imperialismo estadounidense y del impulso por superar esta crisis mediante la imposición de una nueva redistribución colonial de los recursos mundiales.
La apropiación del petróleo venezolano, el ataque a Irán y la escalada de la confrontación con China son componentes de este proceso. Son frentes de una única guerra global que se libra para reorganizar el mundo bajo el control hegemónico de Estados Unidos y aplastar a cualquier Estado que se resista a subordinarse a los dictados de Washington y Wall Street.
Irán fue elegido como objetivo porque el control de los recursos energéticos de Oriente Medio es la palanca estratégica clave en el conflicto más amplio con China, que había estado importando más del 70 por ciento de su consumo diario de petróleo, proveniente en su mayor parte de Irán.
Como advirtió el WSWS inmediatamente después del 28 de febrero de 2026: “Esta guerra no resolverá la crisis social interna de la sociedad estadounidense, ni revertirá el prolongado deterioro de la posición global del capitalismo estadounidense. Todas estas contradicciones, tanto internas como internacionales, se intensificarán. La guerra misma se intensificará inevitablemente y abarcará a todo el planeta”.
Estas advertencias han resultado acertadas. Las contradicciones del capitalismo —entre la producción globalizada y el sistema de Estados-nación, entre el carácter social de la producción y la propiedad privada de los medios de producción— no pueden resolverse por sí mismas. Se encaminan hacia una confrontación revolucionaria con la clase trabajadora.
Mientras estas contradicciones se profundizan, impulsando a las grandes potencias hacia una nueva conflagración mundial, también están generando un movimiento de la clase trabajadora. Las protestas que ahora estallan desde Damasco hasta Dhaka y Lisboa son los primeros temblores de esa erupción revolucionaria y se intensificarán. La tarea que tiene ante sí la clase trabajadora es unificar estas luchas bajo la bandera del internacionalismo socialista y un programa consciente que una a los trabajadores más allá de las fronteras en oposición no solo a esta guerra o a estos precios de la energía, sino a todo el sistema capitalista que ha producido ambos.
Artículo publicado originalmente en inglés el 16 de septiembre de 2025)
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