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Informe al Noveno Congreso del Partido Socialista por la Igualdad

De la Declaración de Independencia a la Tercera Revolución Americana

Publicamos aquí el informe presentado por Tom Mackaman al Noveno Congreso del Partido Socialista por la Igualdad (EE.UU.). El Congreso se celebró del 2 al 7 de agosto de 2026. Este informe introdujo la sexta resolución, “De la primera a la tercera Revolución Americana”, que fue adoptada por unanimidad.

Hace doscientos cincuenta años esta semana, otro congreso de revolucionarios, el Segundo Congreso Continental, se reunía en Filadelfia, a solo 45 millas de la planta de Mack donde trabaja Will Lehman. Un mes antes, el 4 de julio de 1776, habían adoptado una resolución crucial propia: la Declaración de Independencia.

Vale la pena recordar las palabras de este, uno de los manifiestos revolucionarios que hicieron época en la historia.

La Declaración proclamó ante “las opiniones de la humanidad” la “verdad evidente por sí misma de que todos los hombres son creados iguales”—que nacen con “ciertos Derechos inalienables”—no derechos que sean otorgados o quitados por los gobiernos. Explicaba además que los gobiernos debían existir únicamente en la medida en que “garanticen estos derechos” y, más aún, que “siempre que cualquier Forma de Gobierno se vuelva destructiva de estos fines, es Derecho del Pueblo alterarla o abolirla”—es decir, existe un derecho originario a la revolución contra un gobierno tiránico.

Pero todo esto tenía que ser explicado “a un mundo imparcial”. En el centro de la teoría del contrato social de la Ilustración se encontraba la idea de una obligación recíproca que vinculaba al gobernante y al gobernado, al gobierno y al pueblo, siendo las contraprestaciones la lealtad y la protección. Cuando el Rey envió sus ejércitos en 1775 para aplastar la resistencia colonial, había retirado su protección; los colonos, a su vez, retiraron su lealtad. Esa era la teoría jurídica que otorgaba al pueblo el derecho a la rebelión—un proceso que, de hecho, ya estaba en marcha en los miles de comités de seguridad pública de base que se extendían entonces por las colonias. El propio Rey había hecho que la revolución no solo fuera permisible sino, como dijo Jefferson, el “derecho” e incluso el “deber” del pueblo.

Así, la Declaración procedió a enumerar las violaciones cometidas por el Rey, una acusación que se lee como si hubiera sido escrita tanto contra el actual ocupante de la Casa Blanca como contra el antiguo residente del Palacio de Buckingham. Condenaba a un gobierno que había desplegado “enjambres de funcionarios para acosar a nuestro pueblo y devorar su sustento”, que había “mantenido entre nosotros, en tiempos de paz, Ejércitos Permanentes… [que habían] procurado hacer al Poder Militar independiente y superior al Poder Civil”, y que había protegido a estos enjambres “del Castigo por cualesquiera Asesinatos que cometieran contra los Habitantes de estos Estados”.

Estos pasajes, referidos a los acontecimientos ocurridos en Boston y sus alrededores en 1775, describen igualmente bien a Minneapolis en 2026: enjambres de agentes federales enmascarados y no identificados enviados a acosar a familias trabajadoras e inmigrantes en sus propios vecindarios; el ejército permanente, que no rinde cuentas, de la Gestapo de ICE y la Patrulla Fronteriza; y la protección por “el poder civil” de los policías asesinos de Renée Good y Alex Pretti.

Nunca antes la contradicción entre los ideales universales proclamados en la Declaración y la realidad social había asumido una forma tan explosiva. El 250.º aniversario de la fundación de la república estadounidense encuentra a un orden político y social pudriéndose en vida. La Casa Blanca, que alguna vez fue el hogar de Adams, Jefferson, Madison y Lincoln, está ahora ocupada por una completa nulidad moral e intelectual, producto del oscuro nexo entre los bienes raíces, los juegos de azar de casino y el crimen organizado. Trump es, en todos los sentidos, la negación absoluta de los Padres Fundadores.

Pero el asombroso declive que ha desembocado en Trump es la manifestación política de una transformación fundamental de las bases económicas y sociales del capitalismo estadounidense. En 1976, en la época del bicentenario, que muchos aquí recordarán, la deuda soberana de Estados Unidos ascendía a $627.000 millones, alrededor del 35 por ciento del PIB; el país todavía producía más de una cuarta parte de los vehículos automotores del mundo, y las finanzas representaban una pequeña fracción de la producción nacional. Desde entonces, la deuda se ha multiplicado cincuenta veces en términos nominales, hasta alcanzar casi $40 billones, o el 125 por ciento del PIB; las finanzas dominan la economía, mientras que la manufactura se ha reducido en más de la mitad. El dólar, desvinculado del oro por Nixon en 1971, valía $125 por onza en 1976, y ahora cotiza por encima de los $4.200, una caída de treinta y cuatro veces. En 1976, solo dos hombres podían ser llamados milmillonarios en dólares—Daniel Ludwig y John MacArthur. Hoy el país tiene 989 milmillonarios y, en junio de este año, produjo su primer billonario, Elon Musk, cuya fortuna individual equivale a alrededor del 4 por ciento de toda la producción económica del país. El 1 por ciento más rico de los estadounidenses posee ahora casi un tercio de la riqueza del país; la mitad inferior posee apenas el 2 por ciento.

Es para esta aristocracia financiera para la que gobierna Trump. Él es, en efecto, su encarnación viviente en toda su criminalidad, codicia, vulgaridad, estupidez, arrogancia y miseria moral. Pero lo que define más que cualquier otra cosa a esta casta pretoriana, que haría sonrojar hasta a Calígula, es su absoluto desprecio por los derechos democráticos. Su concentración de riqueza prácticamente inconcebible—sin precedentes en la historia de este país o de cualquier otro—es incompatible con formas democráticas de gobierno. La superestructura política debe ser puesta en conformidad con la realidad social. De ahí su ataque contra las conquistas democráticas y constitucionales establecidas mediante la Primera y la Segunda Revolución Americana: libertad de expresión y de reunión, juicio por jurado, igualdad ante la ley, protección contra la detención arbitraria, la tortura y la violencia del poder ejecutivo; y, como explicó Eric, la propia ciudadanía. Este es un orden que exige súbditos, no ciudadanos.

Esta aristocracia, además, se ve obligada a repudiar no solo las leyes e instituciones que alguna vez sirvieron a su dominio, sino también los principios y la historia de los que surgieron. Por encima de todo, debe destruir la idea de igualdad, la idea más poderosa de toda la historia estadounidense y mundial. Esto, inevitablemente, coloca a la oligarquía en rumbo de colisión con la clase obrera, para la cual los principios de la Declaración se sienten profundamente, emocionalmente, casi visceralmente. Durante demasiado tiempo los trabajadores estadounidenses han tolerado a esta oligarquía—pensando erróneamente, parafraseando el intercambio de Hemingway con Fitzgerald, que los ricos no son diferentes de usted y de mí; simplemente tienen más dinero. ¡Pero ay del rico que “se enseñorea” y se declara superior! Ninguna persona, como sabe todo trabajador, es mejor que otra. Eso es lo que enseñó la Declaración. Pero eso no es lo que piensa la clase dominante estadounidense.

El vicepresidente J.D. Vance, hablando ante el Claremont Institute en julio de 2025, rechazó la concepción tradicional de Estados Unidos como lo que los historiadores han llamado una “nación fundada en un credo”, basada en los principios universales de la Declaración. Estados Unidos es, para el vicepresidente, una nación racial völkisch, tal como Hitler concebía Alemania. Estados Unidos, insistió Vance, “no es solo una idea”, sino “un pueblo particular”; los Padres Fundadores no estaban unidos por lo que Washington llamó la “Causa gloriosa” de la revolución y los principios expuestos en la Declaración, sino por lo que Vance imagina que eran “cualidades compartidas”, tales como la “herencia” y los “modales y costumbres”.

“Si uno lo piensa”, explicó Vance, “identificar a Estados Unidos simplemente con estar de acuerdo con los principios... de la Declaración de Independencia, esa es una definición que es al mismo tiempo excesivamente inclusiva e insuficientemente inclusiva”. Es excesivamente inclusiva, según el pensamiento de Vance, porque extiende la nación a cualquiera que acepte el principio de igualdad de la Declaración; insuficientemente inclusiva, porque excluye la política de quienes rechazan la igualdad humana—a saber, los fascistas. Para que no quedara ninguna duda sobre su argumento, Vance defendió específicamente a individuos y grupos a los que la Liga Antidifamación ha identificado como “extremistas domésticos” de derecha. Creer en los principios de la Declaración excluiría injustamente, dijo Vance,

a muchas personas a las que la ADL calificaría de extremistas domésticos, aun cuando esos mismos estadounidenses tuvieron antepasados que lucharon en la Guerra Revolucionaria y en la Guerra Civil... Creo que las personas cuyos antepasados lucharon en la Guerra Civil tienen muchísimo más derecho sobre Estados Unidos que las personas que dicen que ellos no pertenecen.

Entre los grupos que la ADL define como extremistas de derecha se encuentra nada menos que el Ku Klux Klan, que surgió como un rechazo violento al resultado de la Guerra Civil, es decir, la liberación de los esclavos y la extensión de los derechos democráticos, incluida la ciudadanía por nacimiento, como explicó Eric London, a sus descendientes.

Cuando precisamente este tipo de pensamiento fue planteado por los exaltados defensores de la esclavitud y los antiinmigrantes Know Nothing de la década de 1850, Abraham Lincoln se opuso a él. En un discurso que pronunció en Chicago en 1858, Lincoln explicó que la creencia en los principios de igualdad hacía que todos, incluidos los inmigrantes, que aceptaban la Declaración fueran como uno solo con quienes habían librado la Revolución Americana, “como si fueran sangre de la sangre y carne de la carne de los hombres que escribieron esa Declaración”. La creencia en la igualdad, dijo Lincoln, era “el cordón eléctrico… que une... los corazones de los hombres… mientras el amor por la libertad exista en las mentes de los hombres en todo el mundo”.

Pero Vance no lee a Lincoln. Lee a Curtis Yarvin, uno de los progenitores de la llamada Ilustración Oscura, mencionado anteriormente por Evan Blake. Rechazando las premisas centrales de la Ilustración—la idea del progreso histórico y que uno debe, siguiendo la famosa exhortación de Kant, “atreverse a saber” las respuestas a por qué las cosas son como son—Yarvin sostiene que la democracia es un experimento fallido, descarta la igualdad como una ilusión destructiva y aboga por reemplazar el gobierno constitucional por una autoridad ejecutiva altamente centralizada, al estilo de un director ejecutivo (CEO), que no responda ante ningún electorado, lo que acertadamente denominamos bonapartismo en la segunda resolución. Como escribe en A Gentle Introduction to Unqualified Reservations:

[El] punto final de la fragmentación [es] el sufragio universal. Al comienzo del proceso entrópico, el Estado tiene un propietario, guardián y fideicomisario: la Corona. Al final del proceso, una porción igualmente microscópica de autoridad es confiada a cada residente que, sin demasiada comicidad, pueda ser presentado como capaz de utilizarla responsablemente. Así, la autocomplacencia ritual de la democracia, toda la teoría del progreso, es un edificio fraudulento construido para racionalizar lo que en realidad es un declive.

Los escritos de Yarvin han sido acogidos y financiados por círculos influyentes dentro de la oligarquía de Silicon Valley, incluido Peter Thiel, el multimillonario cofundador de PayPal y Palantir. Es bien sabido que Thiel fue decisivo en la selección de Vance como compañero de fórmula de Trump. Pero había tomado a Vance bajo su tutela mucho antes. Este último, después de graduarse de la Facultad de Derecho de Yale, fue a trabajar para la firma de inversiones de Thiel, Mithril Capital, y en 2022 Thiel aportó $15 millones a la campaña de Vance para el Senado—la mayor donación individual a cualquier candidato al Senado en ese ciclo—convirtiendo a Vance menos en el senador por Ohio que en el senador de Thiel.

Thiel resumió el pensamiento de la oligarquía en un ensayo de 2009, escribiendo: “Ya no creo que la libertad y la democracia sean compatibles”. Por libertad, por supuesto, quiere decir su libertad para aplastar toda oposición a su obtención de ganancias. Su ideología, de hecho, no va más allá de sus intereses materiales: Palantir construye infraestructura de vigilancia y análisis de datos para la NSA, el FBI y el Departamento de Seguridad Nacional, de modo que un Estado tecnopolicial que actúa en nombre de la aristocracia constituye la base tanto de su filosofía charlatanesca como de su lucrativo negocio. El ser social, como decimos, determina la conciencia social.

Pero el ataque contra la Ilustración—y contra la Revolución Americana como uno de sus más elevados logros políticos—no ha provenido únicamente de la derecha, sino también de lo que pasa por izquierda. En The Frankfurt School, Postmodernism and the Politics of the Pseudo-Left, David North rastrea los orígenes filosóficos de estas tendencias, tan influyentes en los campus universitarios, mostrando cómo repudiaron la confianza de la Ilustración en la razón, la verdad objetiva, el progreso histórico y la posibilidad misma de un conocimiento científico de la sociedad, reemplazándolos por el irracionalismo, el relativismo y la reducción de la realidad a “narrativas” contrapuestas. Los escritos de los posmodernistas, sin duda, son arcanos y básicamente ilegibles. Sin embargo, se han filtrado fuera de las aulas universitarias y han sembrado diversas ideologías antimarxistas, incluida lo que llamamos política de identidad, que rechaza a la clase como la “narrativa” o categoría social decisiva y sustituye la lucha contra el capitalismo por la raza, el género y la sexualidad.

Detrás de estas ideologías se encuentra una capa social distinta de la propia oligarquía, pero dependiente de ella, un estrato privilegiado más amplio que hemos descrito como el “10 por ciento”: la acomodada clase media-alta, enriquecida por décadas de financiarización y inflación de los activos. Concentrada en los medios de comunicación, los niveles intermedios de la administración empresarial, la burocracia estatal y, de manera importante, las universidades y el aparato sindical, esta capa constituye la principal base social del Partido Demócrata y de la pseudoizquierda, cuya política tiene como objetivo desviar la oposición al capitalismo hacia luchas por la distribución de privilegios dentro del marco del orden social existente.

Esta fue la capa social a la que el New York Times dirigió su Proyecto 1619, que proclamó que la Revolución Americana fue una contrarrevolución librada para defender la esclavitud y que la Guerra Civil fue una disputa entre hermanos blancos racistas igualmente dedicados a la represión de los negros, quienes, en palabras de la creadora del proyecto, Nikole Hannah-Jones, habían “luchado solos” para redimir la democracia estadounidense.

Este no es el lugar para una revisión completa de la decisiva intervención del World Socialist Web Site contra el Proyecto 1619. Se alienta a los camaradas a leer nuestro volumen, mencionado por Kristina en su presentación. Pero permítanme señalar que el WSWS respondió inmediatamente con un análisis devastador que apareció poco después de la publicación del Proyecto. Luego organizamos conferencias en importantes universidades y publicamos una serie de entrevistas con destacados historiadores de la Revolución Americana y la Guerra Civil, incluidos Gordon Wood, James McPherson, James Oakes, Victoria Bynum y Richard Carwardine. Expusimos las falsificaciones del Proyecto, alteramos los términos del debate y proporcionamos un foro al que recurrieron los historiadores en defensa de la verdad histórica contra la mitología racialista del Times. Todo esto está incluido en el volumen de Mehring Books.

Esta intervención no ha cesado, y culminó hace poco más de un mes en un importante seminario web, “La Revolución Americana y su lugar en la historia: de la guerra contra la monarquía a ‘No Kings’”, con motivo del 250.º aniversario de la Declaración de Independencia. Moderado conjuntamente por David y Eric, el evento reunió a Sean Wilentz, Adam Hochschild, así como a Oakes y Carwardine. No es una jactancia decir que nuestro seminario web fue la única discusión seria sobre la Revolución convocada durante el año del aniversario—un hecho que en sí mismo merece una seria reflexión. El seminario web defendió el carácter histórico-mundial de la Revolución, siguió sus principios a través de la Guerra Civil y los movimientos obreros que le siguieron, y estableció la conexión entre el ataque contra 1776 y el ataque de la administración Trump contra los derechos democráticos. Ha atraído a muchos miles de espectadores internacionalmente, demostrando el hambre de historia entre los trabajadores y los jóvenes.

Permítanme ahora plantear dos preguntas que creo que no deben darse por sentadas: ¿Por qué intervenimos para defender la Revolución Americana? ¿Y qué significa esa intervención respecto de la crisis actual? O, expresado de una manera algo diferente, ¿de qué procesos objetivos es expresión esa intervención?

Al responder, quiero subrayar primero lo que no fue: una improvisación ingeniosa o una táctica recién concebida. Más bien, es coherente con toda la historia de nuestro movimiento internacional y surge de ella.

Hemos afirmado que el propósito de este Congreso es poner la práctica del partido en consonancia con las tareas impuestas a la clase obrera por la crisis actual. Es igualmente cierto, cabe añadir, que no puede alcanzarse tal aproximación a la realidad objetiva sin una interpretación objetiva del pasado. “Costosamente adquirida”, escribió Luxemburgo en El folleto Junius, “es la comprensión por parte de la clase obrera moderna de su vocación histórica”. Como saben los camaradas, una parte extraordinaria de nuestro trabajo se ha dedicado a la lucha contra la falsificación histórica: la defensa de Trotsky por David North contra las fabricaciones de académicos; la denuncia por el PSG de los intentos de rehabilitar a Hitler; la lucha del año pasado contra un escritor pagado por fuentes desconocidas para difamar a Gerry Healy.

Por supuesto, el propio Trotsky libró una feroz lucha contra lo que llamó la Escuela Stalinista de Falsificación. La mentira, explicó, es el cemento de la reacción política. Nosotros, como orgullosos herederos de su gran tradición, somos sumamente sensibles a las mentiras sobre la historia. Nuestro vigor a menudo toma por sorpresa incluso a nuestros enemigos, como han descubierto Robert Service, Nikole Hannah-Jones, Jörg Baberowski y el desafortunado Aidan Beatty.

Tampoco nuestra defensa de la Revolución Americana constituye algún nuevo rumbo.

Hace treinta años, David North escribió un ensayo crítico, Igualdad, los derechos del hombre y el nacimiento del socialismo, que rastreaba los orígenes en la Ilustración de la concepción moderna de la igualdad a través de las revoluciones Americana y Francesa, insistiendo en que la lucha por una auténtica igualdad social estuvo presente en el nacimiento mismo de las revoluciones democráticas. Prestó particular atención a la sustitución por Jefferson de la defensa de la “propiedad” de Locke por “la búsqueda de la felicidad” en la Declaración de Independencia, argumentando que esto dotó a la concepción de los derechos humanos de la Revolución de una significación universal cuya lógica democrática iba mucho más allá de los límites históricos de la sociedad burguesa. Como concluyó North: “El espíritu revolucionario de la Ilustración anima los principios y las luchas del Partido Socialista por la Igualdad”.

En efecto, así es. Y lo ha sido desde el principio, como lo demuestra el informe de David de 1995 a los miembros de la Workers League, publicado como el folleto The Workers League and the Founding of the Socialist Equality Party, en el que explicó el origen del propio nombre de nuestro partido. La demanda de igualdad social, escribió, “evoca las tradiciones igualitarias que están tan profundamente arraigadas en las tradiciones genuinamente democráticas y revolucionarias de los trabajadores estadounidenses”, pues “todas las grandes luchas sociales de la historia estadounidense han inscrito en sus banderas la demanda de igualdad social”. Esto fue incorporado a Los fundamentos históricos e internacionales del Partido Socialista por la Igualdad (EE.UU.). El hecho de que todas las secciones del CICI hayan adoptado este nombre expresa la explosiva significación revolucionaria de la igualdad, no solo en Estados Unidos, sino en todo el mundo.

Y podemos remontarnos aún más atrás. En 1951, James P. Cannon, fundador del trotskismo estadounidense, escribió que cuando los delegados de 1776 declararon: “Sostenemos que estas verdades son evidentes por sí mismas”, ellos “pusieron en marcha algo que abrió una nueva era de promesas para toda la humanidad”. La Revolución, escribió, tenía “un contenido progresista que ningún desarrollo reaccionario podría jamás borrar por completo”, y señaló el abandono de esta herencia democrática como “uno de los mayores errores del radicalismo estadounidense”.

Y aún más atrás. Trotsky, en Su moral y la nuestra, defendió la Guerra Civil estadounidense como una guerra revolucionaria, invocando la negativa de Lincoln a “vacilar ante los medios más severos” una vez que estos se hicieron necesarios para alcanzar “un gran objetivo histórico planteado por el desarrollo de una nación joven”. Anteriormente, en 1925, respondiendo a los dirigentes del Partido Laborista británico por dudar de que Cromwell pudiera ser llamado “un pionero del movimiento obrero”, Trotsky insistió en que “los trabajadores británicos avanzados tendrán que redescubrir la revolución inglesa y encontrar dentro de su envoltura eclesiástica la poderosa lucha de las fuerzas sociales”—argumentando, en esa misma obra, que el propio reformismo británico parasitaba las grandes revoluciones que lo habían precedido, “tales como la Revolución Francesa y la Guerra Civil de Estados Unidos”.

Y se remonta a Lenin, quien en 1918, escribiendo a la clase obrera estadounidense desde una Rusia soviética sitiada, calificó a la Primera Revolución Americana como “una de esas grandes guerras, realmente liberadoras, realmente revolucionarias, de las que ha habido tan pocas en comparación con el enorme número de guerras de conquista”.

Y se remonta, finalmente, al propio Marx, quien escribió a Lincoln en nombre de los trabajadores de Europa que el destino de la Guerra Civil “llevaba consigo el destino de su clase”.

Presento estos ejemplos tanto para mostrar la continuidad de nuestra posición sobre esta cuestión como porque se ha convertido en la posición más común dentro de la pseudoizquierda negar que la Revolución Americana fuera realmente una revolución. Se plantean posiciones similares contra la gran Revolución Francesa de 1789. La idea de que no fueron revoluciones, o de que simplemente volvieron a imponer viejas estructuras de poder bajo nuevos nombres, es un pensamiento moderno. Nadie en el siglo XIX pensaba esto.

Y tampoco lo hizo ninguno de los grandes marxistas. El marxismo no juzga las revoluciones según normas morales abstractas, sino por su lugar objetivo en el desarrollo de las fuerzas productivas y la emancipación de la humanidad. Y fue desde este punto de vista que los marxistas clásicos desarrollaron una extraordinaria discusión estratégica en torno a la relación entre las revoluciones democráticas y la revolución socialista. Este es un tema que el camarada David ha abordado en conferencias y escritos a lo largo de los años. Y es una discusión a la que no se puede hacer justicia aquí, pero una premisa dentro de ella es pertinente: la comprensión de que las revoluciones democrático-burguesas habían desempeñado un papel necesario en la preparación del camino para la clase obrera y la revolución socialista, idea que quizá pueda resumirse en el concepto de las “tareas democráticas de la revolución”.

Medida según ese criterio objetivo, el de la realización de las tareas democráticas básicas, la Revolución Americana fue ciertamente un gran acontecimiento progresista de importancia histórica mundial, como escribió Marx en su carta a Lincoln y como escribió Lenin en su carta a los trabajadores estadounidenses.

La Primera Revolución Americana hizo añicos el dominio colonial y monárquico y estableció la república democrática, así como las condiciones cívicas básicas para la actividad política. Barrió con los privilegios hereditarios, puso fin a la autoridad establecida de la Iglesia, rompió las restricciones mercantilistas que habían atado a las colonias al Imperio británico, proclamó los derechos universales del hombre y, mediante su ejemplo, ayudó a inspirar la Revolución Francesa, abriendo la Era de la Revolución Democrática. Rechazando una nacionalidad fundada en la sangre y la lealtad heredada—que la oligarquía busca ahora imponer—1776 promovió la concepción revolucionaria de una comunidad política basada en el nacimiento y la ciudadanía, de modo que la nueva república pudiera convertirse en lo que Tom Paine llamó un “asilo para la humanidad”. Sentó las bases para la vasta expansión del mercado capitalista y, con ella, el surgimiento de la burguesía estadounidense y la infancia de la clase obrera.

La Segunda Revolución Americana, la Guerra Civil, completó la revolución democrática al destruir la esclavitud de bienes muebles, derrocar a la oligarquía esclavista y transformar la Constitución mediante las Enmiendas Decimotercera, Decimocuarta y Decimoquinta. La Decimocuarta Enmienda finalmente dio expresión constitucional a la ciudadanía por nacimiento implícita en la primera Revolución, extendiéndola a los millones de esclavos y personas de ascendencia africana que habían sido objeto del fallo Dred Scott de la Corte Suprema. Forjó el mayor mercado capitalista del mundo y, en el mismo proceso histórico, dio nacimiento a la clase capitalista más formidable y peligrosa del mundo y a su destacamento más poderoso de la clase obrera.

La gran lucha de los socialistas siempre ha sido imbuir a esa clase, nuestra clase, del conocimiento de su historia, de su posición en la sociedad capitalista y, derivado de ello, de su destino revolucionario. Esta ha sido, sin duda, una lucha difícil, librada como lo ha sido en el centro mismo del imperialismo mundial, dentro de una clase obrera de mil y una razas, nacionalidades, lenguas y religiones diferentes, y una que se desarrolló históricamente bajo la sombra social y cultural de una vasta pequeña burguesía. Pero, como hemos señalado, los tiempos están cambiando la forma de pensar de los trabajadores.

Mencioné anteriormente los intensos debates entre los marxistas del siglo XIX y comienzos del XX sobre la relación entre la revolución democrática y la revolución socialista. De esos debates surgió la Teoría de la Revolución Permanente de Trotsky. Una vez más, David tiene conferencias cruciales relacionadas con esto, entre ellas “Las revoluciones de 1848: los fundamentos históricos de la estrategia marxista” y “Testigos de la Revolución Permanente”—ambas recopiladas en La Revolución Rusa y el siglo XX inconcluso.

El extraordinario desarrollo de la estrategia revolucionaria realizado por Trotsky se presenta a menudo como una explicación de por qué, en países de desarrollo capitalista tardío, las tareas democráticas de la revolución no pueden ser completadas por la burguesía. Esta “aplicación” es, por supuesto, correcta, como se demostró positivamente en Rusia y negativamente en decenas de otras ocasiones en Asia, África y América Latina. Pero la Teoría de la Revolución Permanente va más allá de eso. Su significado más profundo es que, en la época del imperialismo mundial, la burguesía en su conjunto ha agotado su papel históricamente progresista. En la situación mundial actual, la teoría de la revolución permanente sigue siendo el fundamento esencial de la estrategia revolucionaria. En todos los países, la defensa de los derechos democráticos ya no puede separarse de la lucha por el poder obrero y las medidas socialistas, llevada a cabo sobre la base de una estrategia internacional de la clase obrera mundial. La Teoría de la Revolución Permanente no se aplica únicamente a lo que alguna vez se denominó países atrasados. Expresa la realidad de la revolución global de la clase obrera en la época del imperialismo, y posee una actualidad, incluso una inminencia, mayor que nunca. El internacionalismo es la clave.

Las grandes figuras de la Primera y la Segunda Revolución Americana—Jefferson, Paine y Franklin; Lincoln y Frederick Douglass, entre muchos otros—fueron, en un sentido limitado, internacionalistas. Nunca pensaron que estuvieran dedicados a crear proyectos meramente nacionales, como demostró el fallecido Gordon Wood en un importante capítulo de su Radicalism of the American Revolution. Sus escritos y discursos están repletos de referencias a la “humanidad” y a la fraternidad universal. Imaginaban que sus revoluciones podrían inspirar un mundo fraternal y armonioso. Cuando Jefferson escribió “Todos los hombres son creados iguales”, no quiso decir “todos los varones blancos ricos”—esta última interpretación, por cierto, une a los políticos identitarios con los nacionalistas blancos. Quiso decir lo que dijo.

Ese descubrimiento, y esa audaz afirmación de la igualdad universal, derribaron la sabiduría convencional de un mundo de desigualdad humana sancionado divinamente que había prevalecido desde la Edad Media. Ese Antiguo Régimen nunca podría volver a recomponerse, y nunca lo hará, con disculpas a los señores Yarvin, Vance y Thiel. Pero las condiciones objetivas aún no habían sido creadas en 1776, 1789 o 1865 para hacer real, en un sentido material, la proclamación de igualdad de la Declaración.

Ahora sí lo han sido. El propio capitalismo ha creado lo que los revolucionarios anteriores solo podían intuir: una economía global integrada y una clase obrera cuyo trabajo, cadenas de suministro y luchas atraviesan todas las fronteras. La idea de la fraternidad universal está arraigada en relaciones sociales objetivas. Los trabajadores de hoy, por primera vez en la historia, poseen las condiciones materiales que hacen concreta la promesa formulada por Tom Paine en 1775. Tienen en sus manos, en un sentido mucho más literal de lo que la Gran Pluma de aquella revolución podría haber imaginado, “comenzar el mundo de nuevo”. La Tercera Revolución Americana será internacional, inseparable de la lucha de los trabajadores en todas partes, o no será nada en absoluto.

Por lo tanto, insto a la adopción de esta Resolución.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 14 de septiembre de 2026)

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