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La CIA crea un grupo de trabajo sobre Cuba en medio de nuevas sanciones y advertencias de la ONU sobre una “Gaza silenciosa”

Al anunciar el jueves una nueva ronda de sanciones contra Cuba, el secretario de Estado, Marco Rubio, declaró que la “determinación” del presidente Donald Trump “es inquebrantable: Estados Unidos no tolerará a un Estado paria que alberga operaciones militares, de inteligencia y terroristas hostiles extranjeras a apenas 90 millas de suelo estadounidense”.

Embajada de EE.UU. en La Habana [Photo: US Department of State]

La amenaza se lanzó contra un país cuya red eléctrica colapsó dos veces en 24 horas esta semana, cuyos hospitales operan sin electricidad confiable, y cuya población está siendo privada de alimentos, medicinas y combustible por un bloqueo energético estadounidense deliberado.

El jueves, relatores de derechos humanos de las Naciones Unidas condenaron las medidas estadounidenses y advirtieron sobre una “Gaza silenciosa” en la isla, declarando que los alimentos “nunca deben usarse como instrumento de presión política”, y que las medidas que privan a sabiendas a una población de los medios para sobrevivir atentan contra las garantías más básicas del derecho a la vida.

Lo que la administración Trump está llevando a cabo es una guerra de exterminio no declarada contra casi 10 millones de personas, criminal según el derecho internacional, y dirigida a devolver a toda una sociedad un siglo atrás, con el fin de convertirla en una colonia.

Las sanciones anunciadas el jueves apuntan a cinco entidades cubanas y ocho personas, entre ellas subsidiarias del conglomerado militar GAESA, el ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, Álvaro López Miera, el jefe del Estado Mayor General, Roberto Legrá Sotolongo, y los agregados militares de Cuba en Rusia y China.

Llegaron un día después de que el New York Times revelara que la CIA ha establecido en secreto un grupo de trabajo sobre Cuba, sumando oficiales de casos que reclutan y manejan espías, analistas de inteligencia, personal de ciberoperaciones y especialistas en operaciones encubiertas de influencia. Según funcionarios que hablaron de forma anónima con el Times, el grupo de trabajo busca generar fisuras dentro de la élite política cubana, con la esperanza de reemplazar a los que consideran de “línea dura” por dirigentes más dispuestos a acceder a las exigencias de Trump.

El Times también reveló que la administración Trump ha revisado el Marco de Prioridades de Inteligencia Nacional para designar a Cuba como un blanco de “Prioridad 1”, junto con China, Irán y Rusia. Esto ha llevado a la Agencia de Seguridad Nacional, la Agencia Nacional de Inteligencia Geoespacial y otras a destinar más recursos de recolección de inteligencia, incluidos satélites, hacia la isla.

El Times afirma sin rodeos para qué sirve esto: la inteligencia “ayudará a las fuerzas armadas estadounidenses a actualizar sus opciones para una posible acción militar contra Cuba”.

Estas operaciones coinciden con una amplia reorganización de las fuerzas armadas estadounidenses en todo el hemisferio. A medianoche del lunes, el Comando Sur retiró a la Fuerza de Tarea Conjunta-Lanza del Sur —responsable de 63 ataques contra embarcaciones pesqueras acusadas de transportar drogas en el Caribe y el Pacífico oriental, que han matado a 221 personas en once meses—, y la reemplazó por la Fuerza de Tarea Conjunta-Hemisferio Occidental.

El jefe del Comando Sur, el general Francis Donovan, anunció que el nuevo mando, “el brazo de acción del Comando Sur de EE.UU” estará a cargo de “aplicar una fricción sistémica total sobre estas redes”, operando junto con “nuestras otras 18 naciones” en la Coalición de las Américas contra los cárteles. Su propósito es extender los ataques conjuntos desde aguas internacionales hacia el territorio soberano de los Estados latinoamericanos. Cuba figurará entre sus principales blancos, junto con la coordinación de la represión contra la oposición social en toda la región.

Con la debacle en la guerra contra Irán y la ira social en aumento por las redadas de ICE, los recortes en salud y el costo de vida, se contempla una operación contra Cuba como una “sorpresa de octubre”. Algunos asesores de Trump creen que el gobierno cubano “podría haber desaparecido para las elecciones legislativas intermedias de Estados Unidos en noviembre”, según el Times .

Semejante maniobra no estaría dirigida a impulsar la popularidad del Partido Republicano —solo el 15 por ciento de los estadounidenses respalda una guerra contra Cuba—. Proporcionaría el pretexto para manipular, o incluso cancelar, las elecciones de 2026, y para criminalizar a la oposición.

La última vez que la CIA estableció un grupo de trabajo sobre Cuba fue en 1960. Sus miembros supervisaron la invasión de Bahía de Cochinos de abril de 1961, en la cual unos 1.400 mercenarios exiliados, organizados y financiados por la CIA, desembarcaron en la isla. La operación fue aplastada por las fuerzas cubanas. Ante su fracaso, el Estado Mayor Conjunto redactó la Operación Northwoods, una propuesta desde entonces desclasificada para escenificar atentados terroristas en ciudades estadounidenses y secuestros de aviones de EE.UU., con el fin de fabricar un pretexto para invadir la isla.

El precedente venezolano muestra un ejemplo más reciente. En octubre de 2025, Trump confirmó públicamente que había autorizado a la CIA a llevar a cabo operaciones encubiertas y potencialmente letales dentro de Venezuela. Tres meses después, el 3 de enero, fuerzas especiales estadounidenses capturaron al presidente Nicolás Maduro y a su esposa sin sufrir una sola baja: su ubicación era conocida, sus defensas estaban mapeadas, y el terreno político estaba preparado para que Delcy Rodríguez y su hermano instalaran un protectorado estadounidense que le ha entregado a Washington el control sobre el petróleo, las finanzas y la política exterior venezolanos.

Quién infiltró a quién

El 20 de julio, el Departamento de Estado publicó un informe de 100 páginas, “Cuba: la capital del comunismo del siglo XXI”, que desde entonces ha promovido en redes sociales varias veces por semana. Su tesis es que La Habana ha pasado seis décadas infiltrando agentes en los movimientos sociales estadounidenses y en el propio gobierno de EE.UU.: que el movimiento por los derechos civiles, la oposición a la guerra de Vietnam, las protestas tras el asesinato policial de George Floyd y los movimientos actuales contra ICE y el genocidio en Gaza fueron, en buena medida, dirigidos desde Cuba.

Rubio le dijo a Fox News la semana pasada que Cuba es “una verdadera superpotencia” del espionaje y la influencia, y que, respecto los últimos movimientos de protesta, “no tienen nada de orgánicos”.

Las revelaciones de esta semana establecen la verdadera dirección de la penetración estatal. Están insertando a oficiales de casos, ciberoperativos y especialistas en influencia estadounidenses en Cuba, con satélites reasignados en su órbita y la preparación de opciones militares.

El registro histórico no admite ambigüedad. Washington impuso su embargo parcial en 1960, ampliado en 1962. En marzo de 1960, la CIA hizo estallar el buque La Coubre en el puerto de La Habana, sincronizando las cargas en sucesión para que los socorristas que respondían a la primera explosión quedaran atrapados por la segunda; murieron más de 100 personas. La contrainteligencia cubana documentó 638 planes distintos para asesinar a Castro. Luis Posada Carriles, entrenado por la CIA en Fort Benning, organizó el atentado de 1976 contra el vuelo 455 de Cubana, que mató a los 73 pasajeros a bordo, incluido el equipo juvenil nacional de esgrima. Los investigadores sitúan el saldo del terrorismo dirigido o vinculado a EE.UU. contra Cuba desde 1959 en más de 3.000 muertos. Ni un solo perpetrador ha sido procesado.

Desde que Trump declaró a Cuba una “emergencia nacional” en enero, la agresión estadounidense se ha vuelto genocida. Washington ha impuesto un embargo energético que amenaza con aranceles punitivos contra cualquier país que le venda petróleo a la isla, junto con sucesivos paquetes de sanciones que congelan los activos de decenas de entidades y funcionarios cubanos.

En mayo, el Departamento de Justicia de EE.UU. acusó a Raúl Castro, de 94 años, por cargos conectados a dos aeronaves derribadas en 1996 y operadas por provocadores vinculados a la CIA. Combinada con la acumulación militar en el Caribe y ahora con operaciones encubiertas sobre el terreno, la acusación es un pretexto manifiestamente fabricado para justificar un ataque militar.

La respuesta de La Habana: un país en venta

Frente a esta arremetida, el gobierno cubano ha apelado no a la clase obrera, sino a la élite gobernante estadounidense.

El 14 de mayo, recibió en La Habana al director de la CIA, John Ratcliffe, quien exigió “cambios fundamentales” en una reunión con altos funcionarios cubanos, entre ellos Raúl Guillermo Rodríguez Castro, nieto del expresidente. Desde entonces, La Habana ha anunciado la reestructuración económica más radical desde 1959: privatizaciones, el desmantelamiento de las protecciones laborales e invitaciones abiertas al capital extranjero.

El carácter de estos llamados es inconfundible. El viceministro de Relaciones Exteriores, Carlos Fernández de Cossío, le declaró al New York Times que La Habana no se opondría a un complejo turístico de marca Trump en Cayo Santa María: “Si él quiere hacerlo pacíficamente, no vemos ninguna razón específica para excluirlo... Si es la administración Trump, en principio, no tenemos razón para negarnos”.

El viceministro de Comercio Exterior, Carlos Luis Jorge Méndez, le declaró a The National: “Queremos que los empresarios estadounidenses sepan y comprendan que Cuba es un país abierto a la inversión... en sectores que van de la minería y el turismo hasta los bienes raíces, la banca y las finanzas”.

El régimen que sobrevivió a 66 años de campañas de terror y provocaciones de la CIA negocia ahora los términos de su propia sumisión con el director de la CIA, y le ofrece la isla de vuelta a la oligarquía estadounidense que la manejó como casino y burdel bajo Batista.

Este es el callejón sin salida del nacionalismo burgués. Ni La Habana ni los gobiernos de “izquierda” de México, Brasil y Colombia —cómplices en todo momento del bloqueo de combustible— defenderán al pueblo cubano.

La única fuerza capaz de detener este crimen es la clase obrera internacional. Los estibadores, y los trabajadores del transporte, el petróleo y la logística en Estados Unidos y a nivel internacional deben negarse a hacer cumplir el bloqueo y exigir su fin inmediato, junto con la entrega del combustible, los alimentos y las medicinas que Cuba necesita. La amenaza de guerra contra Cuba, la construcción de la dictadura en el interior y la persecución de los socialistas son un único proceso, y deben ser respondidos mediante la movilización industrial y política de los trabajadores en todas partes contra la guerra y el fascismo, sobre la base de un programa socialista.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 07/08/2026).

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