Turquía se ha visto sacudida por protestas masivas que han involucrado a millones de personas desde el 19 de marzo. Este movimiento, que fue desencadenado por la detención de Ekrem İmamoğlu, alcalde de Estambul y candidato presidencial del Partido Popular Republicano Kemalista (CHP, todas las siglas en turco), por el Gobierno islamista del presidente Recep Tayyip Erdoğan, plantea cuestiones políticas críticas derivadas de la profunda crisis del sistema capitalista en Turquía y en todo el mundo.
La democracia en Turquía, que ha sido extremadamente frágil desde la fundación de la república en 1923, se tambalea bajo la presión de la escalada de la guerra imperialista global y la creciente desigualdad social. Los derechos democráticos básicos como el derecho al voto, el derecho al debido proceso, la libertad de expresión, la libertad de reunión y manifestación y la libertad de prensa están gravemente amenazados. El Gobierno de Erdoğan está desechando su legitimidad basada en las elecciones, la Constitución y el derecho.
Se ha lanzado una represión masiva propia de un Estado policial. Hasta el jueves, casi 2.000 personas habían sido detenidas y al menos 260 de ellas habían sido encarceladas ilegalmente. Entre los encarcelados hay líderes y miembros de muchos partidos de izquierda, incluidos el Partido Laborista (EMEP), el Partido de la Democracia Obrera (İDP), el Partido de la Izquierda, el Partido de los Trabajadores de Turquía (TİP), el Movimiento Comunista de Turquía (TKH) y el Partido Comunista de Turquía (TKP). Levent Dölek, vicepresidente del Partido Revolucionario de los Trabajadores (DİP) y académico de la Universidad de Estambul, fue arrestado por participar en una acción en solidaridad con el boicot estudiantil.
El Sosyalist Eşitlik Grubu (Grupo Socialista por la Igualdad), la sección turca del Comité Internacional de la Cuarta Internacional, independientemente de sus diferencias políticas con estos grupos, exige la liberación de todos los presos políticos y hace un llamamiento a las masas de trabajadores y jóvenes para que defiendan los derechos democráticos básicos.
Las protestas masivas de estudiantes y trabajadores en Estambul y casi todas las ciudades del país, desafiando las prohibiciones inconstitucionales de las manifestaciones y la represión policial, constituyen uno de los mayores movimientos antigubernamentales del mundo en el último período.
La crisis revolucionaria que estalló en Turquía es un presagio del futuro de otros países. Las causas objetivas que están movilizando a las amplias masas, la defensa de los derechos democráticos, la ira ante la asombrosa desigualdad social y la oposición a la interminable guerra imperialista, son globales. La cuestión candente que enfrenta la clase trabajadora en Turquía e internacionalmente es el desarrollo de una perspectiva política y una dirección revolucionarias.
La reelección de Donald Trump en los Estados Unidos y su intento de establecer una dictadura presidencial en interés de la oligarquía financiera han alentado y acelerado las tendencias autoritarias y fascistas en todo el mundo.
El establecimiento de un régimen autoritario en Turquía, como en los Estados Unidos, no se debe a las intenciones de tal o cual político, sino a las necesidades objetivas de la clase dominante. La dictadura de la oligarquía capitalista sobre la economía y la sociedad trae consigo un régimen dictatorial.
Como explicó el World Socialist Web Site sobre la elección de Trump:
... la llegada al poder de una segunda Administración de Trump representa el realineamiento violento de la superestructura política estadounidense para corresponder con las relaciones sociales reales que existen en los Estados Unidos.
Esto también es cierto en el caso de Turquía. Turquía es un país dividido por feroces antagonismos de clase y la clase dominante está sentada en un polvorín social que se dirige hacia una explosión. La dictadura presidencial, que ha entrado en una nueva fase con el arresto de İmamoğlu, está sobre todo dirigida contra la clase trabajadora.
Turquía, la 17ª economía más grande del mundo, lidera a Europa en desigualdad de ingresos y riqueza. La inflación oficial, que en un momento llegó al 80 por ciento, ha sido extremadamente alta desde 2022. Además de esto, el severo programa de austeridad perseguido por el Gobierno ha devastado los salarios reales y los niveles de vida de la clase trabajadora. Las tensiones de clase se han visto exacerbadas por la respuesta del Gobierno a la pandemia de COVID-19 a través de una transferencia masiva de riqueza de abajo hacia arriba.
Las políticas del Gobierno de Erdoğan, que llegó al poder por primera vez en 2002 e integró la economía turca en la economía mundial y la globalización capitalista más que nunca, provocaron cambios masivos en las relaciones de clase. La creciente proletarización y una clase obrera en crecimiento se han convertido en una fuente de mano de obra barata para el capital internacional y nacional. Si bien el 65 por ciento de la población vivía en ciudades en 2000, esta cifra ahora supera el 90 por ciento. Para 2022, la proporción de trabajadores asalariados era superior al 70 por ciento, frente al 48 por ciento en 2000. Con una fuerza laboral de 35 millones y grandes ciudades industriales, Turquía tiene una clase obrera altamente desarrollada y cada vez más militante.
Esta militancia se expresa en el crecimiento de los movimientos de huelgas salvajes, después de décadas en las que las confederaciones sindicales, ya sean progubernamentales o alineados con la oposición burguesa, ayudaron a reprimir la lucha de clases. El año 2024 terminó con los trabajadores metalúrgicos desafiando la prohibición de huelga de Erdoğan. Este año ha habido luchas de masas, desde mineros hasta trabajadores textiles, desde trabajadores de la salud hasta trabajadores de la construcción.
Los acontecimientos en Turquía han reivindicado rápidamente la siguiente evaluación de la Declaración de Año Nuevo del WSWS 2025:
Los últimos cinco años han estado dominados por la respuesta de la clase dominante a la crisis capitalista. Los próximos cinco años estarán dominados por un estallido explosivo de la lucha de clases, que ya está en marcha. Los trabajadores de todo el mundo se enfrentan a una guerra global en aumento; una pandemia de COVID-19 que continúa, junto con la aparición de nuevos patógenos como la gripe aviar H5N1 y la viruela símica; un asalto coordinado a los derechos democráticos básicos y un aumento masivo de la explotación y la necesidad social.
Detrás de estas crisis interrelacionadas hay una oligarquía que subordina a toda la sociedad al beneficio y la acumulación de riqueza personal. La lucha contra la oligarquía es, por su propia naturaleza, una tarea revolucionaria.
La misma oligarquía capitalista, representada por el Gobierno de Erdoğan, ha estado profundamente involucrada en las guerras de agresión imperialistas en Oriente Próximo, Asia central y África del norte durante casi 35 años en busca de sus intereses reaccionarios.
Desde el momento en que asumió el cargo, Erdoğan ha hecho todo lo posible para apoyar la agresión imperialista liderada por Estados Unidos: respaldó la guerra en Irak, envió tropas a Afganistán y ayudó en las guerras de cambio de régimen en Libia y Siria. Independientemente de sus críticas retóricas, ha apoyado el genocidio en curso del régimen sionista israelí en Gaza con el respaldo de Estados Unidos y la OTAN. Turquía, cuyo territorio contiene la ruta del oleoducto de Azerbaiyán a Israel, alberga bases de Estados Unidos y la OTAN dirigidas contra Irán y sus aliados. Su complicidad en el genocidio de los palestinos ha contribuido a la pérdida de credibilidad del Gobierno de Erdoğan.
La incapacidad del Gobierno para adaptarse completamente a la ofensiva de Estados Unidos y la OTAN contra Rusia, que se intensificó después del golpe de estado de 2014 en Ucrania, y su alianza con el movimiento nacionalista kurdo en la guerra por el cambio de régimen en Siria también aceleraron el giro dictatorial en Turquía. En medio de una guerra imperialista cada vez más intensa, las tensiones han aumentado a medida que Turquía ha tratado de maniobrar entre Estados Unidos y Rusia. Esto culminó con el golpe de Estado respaldado por la OTAN el 15 de julio de 2016, cuyo objetivo era derrocar a Erdoğan.
Después de que el intento de golpe fuera derrotado gracias a la oposición masiva, lanzó una violenta contraofensiva al declarar un estado de emergencia que duraría casi dos años. Un controvertido referéndum constitucional en 2017 otorgó a Erdoğan amplios poderes.
Como declaró el Sosyalist Eşitlik Grubu en ese momento:
La enmienda constitucional propuesta por Erdoğan muestra que incluso los trapos restantes de la democracia en Turquía ya no son compatibles con el impulso militarista y dictatorial de la clase dominante.... [E]l ya no puede tolerar la oposición política interna. Debe buscar poderes extraordinarios para aplastar la oposición de sectores rivales de la burguesía y de la oposición emergente en la clase trabajadora.
Desde entonces, con la pandemia de COVID-19 desde 2020, la guerra entre Estados Unidos y la OTAN con Rusia por Ucrania a partir de 2022 y el genocidio israelí en Gaza a partir de 2023, tanto la crisis del sistema capitalista mundial como la oposición de las masas trabajadoras y la juventud al imperialismo se han profundizado. Hoy, más que nunca, la burguesía turca necesita un régimen dictatorial para implementar una política en línea con la creciente agresión del imperialismo de Estados Unidos y la OTAN, que es odiado por la abrumadora mayoría del pueblo.
Turquía es vista como un aliado crítico en los planes del Gobierno de Trump para recolonizar Oriente Próximo bajo el dominio total del imperialismo estadounidense. Desde Palestina hasta el Líbano, desde Siria hasta Yemen, la agresión estadounidense-israelí apunta a un “nuevo Oriente Próximo” en el que se volverá a dibujar el mapa de la región. Irán, sobre el cual el imperialismo estadounidense perdió el control completo con la revolución de 1979, es visto como un obstáculo para este objetivo y está bajo la amenaza inminente de un ataque militar imperialista-sionista.
Tal agresión no puede llevarse a cabo sin el apoyo de Turquía, que comparte una larga frontera con Irán. Ankara, que desempeñó un papel importante en el ascenso al poder de la milicia Hayat Tahrir al-Sham (HTS) afiliada a al-Qaeda en Siria en diciembre de 2024, es vista como una parte crítica de un eje antiiraní liderado por Estados Unidos, junto con el nuevo régimen en Damasco y el movimiento nacionalista kurdo, con el que Turquía está tratando de llegar a un acuerdo a través del líder encarcelado del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), Abdullah Öcalan.
Es por eso que Trump quiere trabajar en estrecha colaboración con Erdoğan, a quien llama “un buen líder” y “mi amigo”. Erdoğan habló con Trump por teléfono tres días antes de la detención de İmamoğlu. El enviado de Trump para Oriente Próximo describió la llamada telefónica como “genial” y “transformadora”. El ministro de Relaciones Exteriores turco, Hakan Fidan, recibió una cálida bienvenida en Washington del 25 al 26 de marzo, en medio de arrestos y protestas masivas en Turquía. En los mismos días, X/Twitter de Elon Musk bloqueó el acceso a numerosas cuentas que transmitían protestas y brutalidad policial en Turquía.
Las potencias imperialistas europeas también ven al Gobierno de Erdoğan como un aliado crítico en medio de las crecientes tensiones con Estados Unidos y la profundización de la crisis en la OTAN. Las potencias europeas, que quieren continuar la guerra en Ucrania en oposición a un acuerdo de paz de Estados Unidos con Rusia, han formado una “coalición de los dispuestos” y planean enviar tropas de la OTAN a Ucrania como “fuerzas de paz”. Se cree que Turquía, que controla los estrechos desde el Mediterráneo hasta el mar Negro y tiene la segunda fuerza militar más grande de la OTAN, está desempeñando un papel importante en estos planes incendiarios que podrían desencadenar un conflicto nuclear en nombre de la “paz”.
El acuerdo inmundo entre la UE y Turquía contra los refugiados también afecta significativamente los cálculos de Erdoğan, quien espera que sus aliados europeos harán la vista gorda ante la represión de la oposición política en Turquía, a pesar de su postura pro-UE y pro-OTAN. Ankara acoge a unos 5 millones de refugiados que han huido de las guerras imperialistas y sus consecuencias, especialmente en Siria, y les impide cruzar a Europa.
El Sosyalist Eşitlik Grubu pide la liberación de İmamoğlu y de todos los demás miembros del CHP arrestados en violación de su derecho a un juicio justo. Sin embargo, esto no implica ningún apoyo político para el CHP. Por su propia naturaleza, el CHP no puede avanzar en la lucha por los derechos democráticos. Por el contrario, el CHP está tratando de desviar el movimiento de masas hacia el marco electoral y así reprimirlo. Al igual que el Gobierno de Erdoğan, se opone a un movimiento revolucionario de la clase obrera que desafíe el sistema capitalista y el dominio burgués del que provienen estos problemas fundamentales.
El CHP es un partido nacionalista burgués que está alineado con las mismas potencias imperialistas que colaboran con el Gobierno de Erdoğan y ha demostrado una vez más que es incapaz de defender los derechos democráticos. Para calmar los temores de la burguesía turca de una revolución, el CHP buscó tranquilizar a las potencias imperialistas y obtener su apoyo al declarar que es un “partido de la OTAN”. Numerosas tendencias políticas estalinistas y pablistas también han cumplido su papel de impedir el desarrollo de una alternativa socialista revolucionaria al subordinar completamente el movimiento de masas a la dirección y la política del CHP.
La debilidad y capitulación política del CHP como partido burgués es parte de un fenómeno global. Como explicó León Trotsky, quien codirigió la Revolución de Octubre de 1917 con Vladímir Lenin y fundó la Cuarta Internacional en 1938, en su teoría de la revolución permanente, ninguna facción de la burguesía en el mundo en la época actual puede defender consistentemente la democracia, la igualdad social y una política antiimperialista. Estas tareas recaen en la clase trabajadora, que crea toda la riqueza social y paga el precio de la guerra imperialista. La tarea de establecer el poder obrero e implementar políticas socialistas no es nacional sino internacional, y solo puede lograrse mediante la victoria de la revolución socialista a escala global.
La clase obrera en Turquía debe tomar su lugar en esta lucha contra la guerra imperialista y el autoritarismo bajo la consigna de la Federación Socialista de Oriente Próximo. La cuestión fundamental en Turquía y en todos los países es construir un partido revolucionario que dirija el movimiento en desarrollo de la clase obrera. Esto significa construir el Comité Internacional de la Cuarta Internacional y los Partidos Socialistas por la Igualdad afiliados a él. Quienes estén de acuerdo con esta perspectiva deben actuar en consecuencia y participar en la construcción del Sosyalist Eşitlik Partisi (Turquía).
(Artículo publicado originalmente en inglés el 27 de marzo de 2024)