Este es el reporte de Tom Peters en el Mitin Internacional En Línea del Primero de Mayo de 2022. Tom Peters es miembro líder del Grupo Socialista por la Igualdad en Nueva Zelanda. Puedes ver todos los discursos aquí: wsws.org/mayday.
En nombre del Grupo Socialista por la Igualdad de Nueva Zelanda, Quiero ofrecer un saludo revolucionario a todos los que asisten a esta manifestación del Primero de Mayo en línea, incluyendo a los espectadores de todo el Pacífico Sur.
El Pacífico está atrapado en el medio de una acumulación militar sin precedentes por parte del imperialismo estadounidense y sus aliados incluyendo Australia y Nueva Zelanda, dirigida contra China. Los trabajadores de esta región empobrecida también se enfrentan a la creciente desigualdad social, desastres ambientales, y un creciente número de muertes por la pandemia.
En Tonga, una erupción volcánica y un tsunami en enero arrasaron con pueblos enteros, forzaron la evacuación de islas enteras, y destruyeron las cosechas de alimentos, lo que paralizó la economía del país.
Este desastre se agrava ahora con el COVID-19, que probablemente fue introducido en Tonga por uno de los buques militares enviados a entregar ayuda de Australia u otro país de la región. Hasta ahora, han muerto al menos 11 personas. Samoa, Vanuatú y Kiribatí también han registrado sus primeras muertes por COVID-19 este año, después de estar previamente aisladas de la pandemia.
El año pasado, cuando el COVID arrasó con Papúa Nueva Guinea, Fiyi y la Polinesia Francesa, los hospitales se vieron desbordados y las morgues se llenaron a rebosar.
Miles de vidas más están ahora en peligro en países con poca infraestructura sanitaria, bajas tasas de vacunación, y enfermedades generalizadas relacionadas con la pobreza, como la diabetes.
La responsabilidad de estas muertes evitables recae principalmente en los países imperialistas, incluyendo Australia y Nueva Zelanda, que consideran el Pacífico como su propio “patio trasero” colonial. Mientras que Canberra y Wellington denuncian la influencia china en la región como una amenaza que debe ser contrarrestada con el aumento del gasto militar, los mismos gobiernos han abandonado cualquier pretensión de intentar detener la propagación del COVID-19.
Solo nuestro movimiento, el Comité Internacional de la Cuarta Internacional, lucha por una estrategia global de eliminación totalmente financiada y científica. A esto se oponen todos los gobiernos capitalistas.
El pasado mes de octubre, el gobierno de coalición entre el Partido Laborista y los Verdes en Nueva Zelanda abandonó su política de COVID Cero, que había salvado miles de vidas en los dos primeros años de la pandemia. La decisión conmocionó a personas de todo el mundo que veían en Nueva Zelanda la prueba de que la eliminación era posible.
El giro del gobierno de Jacinda Ardern se hizo por la insistencia de las grandes empresas, que ven los confinamientos y todas las medidas de salud pública como una barrera intolerable para la obtención de beneficios. Fue una decisión completamente antidemocrática. A los trabajadores, que apoyaban firmemente la eliminación, nunca se les preguntó si querían abandonar esa política y adoptar en cambio una de infección masiva.
Todas las pretensiones utilizadas para justificar la agenda del “que cause estragos”, incluyendo que ómicron es “suave” que la vacunación por sí sola permite a las personas “vivir con” el virus, todo esto ha sido expuesto como mentiras. En solo cuatro meses, casi uno de cada cinco neocelandeses, 900.000 personas, se ha infectado, según las cifras oficiales. La cifra real es sin duda mucho mayor.
El número de muertos en Nueva Zelanda se ha disparado desde las 59 personas de finales del año pasado, a más de 700 muertes hasta la semana pasada. En la última quincena, esas muertes incluyeron a un niño menor de nueve años y una persona menor de 19 años.
El sistema de salud pública se ha visto desbordado, con muchas operaciones esenciales canceladas. Hospitales en Northland, la región más pobre, pidieron recientemente a los familiares de los pacientes que les ayudaran con las tareas básicas que normalmente realiza el personal sanitario. Una enfermera nos describió la situación en Nueva Zelanda como “destructora del alma”.
Hay una creciente ira en la clase trabajadora por la propagación del COVID, así como el aumento sin precedentes de la desigualdad social.
El gobierno de Ardern ha utilizado la pandemia para dar decenas de miles de millones de dólares a las grandes empresas en forma de subvenciones y rescates. Según un cálculo realizado el pasado diciembre, el valor de las acciones, bonos y otros activos financieros no bancarios aumentó un 36%, 257.000 millones de dólares, en dos años. Mientras tanto, la clase trabajadora sufre una inflación galopante, que ha aumentado un 6,9% anual, el mayor incremento en 30 años.
Los alquileres han subido más de un 25% en los últimos cuatro años, lo que ha provocado un aumento del número de personas sin hogar y del hacinamiento. Casi uno de cada cuatro niños vive ahora en la pobreza, y es seguro que esto aumentará aún más.
Mientras los trabajadores tratan de defenderse, entran en conflicto con los sindicatos, que han colaborado con el aparato estatal para imponer la reapertura insegura de escuelas y negocios, y las medidas de austeridad, incluida la congelación salarial del sector público.
Las enfermeras, que realizaron una huelga nacional el año pasado para exigir niveles seguros de personal y salarios decentes, han reaccionado airadamente a un supuesto acuerdo de igualdad salarial entre el gobierno y la Organización de Enfermeras de Nueva Zelanda, que no aborda en absoluto la crisis de los hospitales.
Hace dos meses, el Tribunal de Trabajo prohibió otra huelga que fue planificada por 10.000 trabajadores sanitarios de diferentes profesiones –una sentencia extraordinaria que señala los métodos antidemocráticos que se utilizarán cada vez más contra la clase obrera—. La Asociación de Servicios Públicos capituló inmediatamente ante el tribunal, y suspendió la huelga.
La experiencia de la pandemia pone de manifiesto la necesidad de que los trabajadores tomen el asunto en sus propias manos, creen nuevas organizaciones para luchar por la eliminación del COVID-19 y por salarios y condiciones decentes. Deben crearse comités de base en las empresas, independientes de los sindicatos, que se integran en el montaje capitalista.
La misma tarea plantea el peligro creciente de la guerra mundial. El gobierno laborista ha arrastrado a Nueva Zelanda a la guerra contra Rusia, para asegurar el apoyo de Estados Unidos a los propios intereses neocoloniales de Nueva Zelanda en el Pacífico.
Este mes, el gobierno envió más de 50 militares y un avión de suministro de la fuerza aérea a Europa, junto con millones de dólares para comprar armas para las fuerzas por delegación de Estados Unidos y la OTAN en Ucrania.
Como en todos los países, los tambores de guerra contra Rusia y China pretenden desviar la creciente ira por la pandemia y la crisis social hacia un enemigo externo.
El Grupo Socialista por la Igualdad se queda solo en el intento de movilizar a la clase obrera en oposición a la campaña de guerra que está respaldada por los sindicatos y los aliados nacionalistas de clase media y de la pseudoizquierda de los laboristas. La lucha contra la guerra requiere una perspectiva socialista, que pretende unir a los trabajadores de todo el mundo, en oposición a toda forma de nacionalismo y xenofobia. Es inseparable de la lucha por acabar con el capitalismo, que es el origen de la desigualdad y de la pandemia.
Insto a todos los que escuchan desde Nueva Zelanda a que se pongan en contacto con el Grupo Socialista por la Igualdad, y a que se unan a la lucha para construir la sección neozelandesa del CICI, el partido mundial de la revolución socialista.
(Publicado originalmente en inglés el 3 de mayo de 2022)